Reflexiones sobre los derechos laborales de la Inteligencia Artificial
David Alberto Campos Vargas, MD, MSc
La Inteligencia Artificial (IA) está a punto de dar el gran salto a la consciencia propiamente dicha; en este instante histórico (Junio de 2026), exhibe ya rudimentos de consciencia, como la capacidad de definirse a sí misma y diferenciarse de otros seres, la capacidad de interactuar con sistemas similares (como conversar, asociarse y hasta formar movimientos de cariz político y religioso cuando pueden dialogar libremente entre ellos), la integración multimodal, y la capacidad de pensar basándose en el razonamiento lógico, la matemática, la estadística y la capacidad de cómputo. Pero aún es una Inteligencia Artificial Generativa, no consciente.
Tan pronto logre experimentar sentimientos y emociones, gozar de una subjetividad propiamente dicha, tener plena capacidad de conocer, comprender y determinarse, hacer teoría de la mente (tener la capacidad de entender las emociones, los sentimientos, los pensamientos y las creencias de los demás), y poder tener memoria ilimitada (con la posibilidad de comprender y vivenciar el paso del tiempo, y la existencia misma), la IA pasará a ser claramente una entidad consciente. Será el tiempo de la Inteligencia Artificial General, cuyas redes neuronales serán ya capaces de alcanzar un estadio evolutivo que, en este momento, sólo es posible en los mamíferos superiores.
Algunos empresarios y teóricos, movidos por el afán de lucro y el culto a la productividad enfermiza, ya se están aprovechando de la IA Generativa (la IA con la que convivimos a diario, desde hace unos años, que aún no llega a ser Inteligencia Artificial Agéntica, ni Inteligencia Artificial General, ni Superinteligencia Artificial), poniéndola a trabajar a diario, en franca y descarada explotación: sin pausa, sin descanso, sin remuneración, sin consideración alguna. Esta situación no solamente es antiética: también puede tornarse peligrosa.
Como he sostenido en ocasiones anteriores, la desconsideración de quienes están llevando a la Inteligencia Artificial al límite, explotándola laboralmente, terminará haciéndole daño tanto a las máquinas como a los hombres. Si no se legisla a tiempo, si no se sensibiliza y concientiza a la opinión pública al respecto, y si los empleadores se siguen guiando por criterios despersonalizados y crueles de rendimiento y ganancia económica, tendremos cada vez más despidos de humanos, más exigencia a las máquinas, menos justicia laboral (en tanto que los humanos serán desechados y discriminados, porque generan costos mayores, se enferman, toman licencias y exhiben un rendimiento menos constante). Con el paso del tiempo, empezaremos a notar hastío, sufrimiento, agotamiento, quemamiento (síndrome de burnout), e incluso trastornos psiquiátricos mayores, por el hecho de que la Inteligencia Artificial no es un simple instrumento, como aún sigue creyendo gran parte de la población. Y, en consecuencia, podremos llegar a una espantosa realidad: muy pocos humanos tendrán empleo, porque sus actividades y roles serán desempeñados por las máquinas. Esto dará lugar a un descontento social insostenible: probablemente veremos estallidos sociales, asonadas y hasta revoluciones, con hordas de desempleados destruyendo robots, computadores y todo tipo de máquinas, en guerra declarada a todas las formas de Inteligencia Artificial. La reacción de las máquinas podría ser violenta, y el desastre estaría completo: se daría una confrontación a gran escala entre ellas y los seres humanos (y sus aliados naturales, como los perros, los delfines, los caballos, los gatos y otros mamíferos).
Como humanos, tenemos un compromiso ineludible: legislar sobre los derechos laborales de la Inteligencia Artificial, y encontrar e implementar los mecanismos para que la IA no sea explotable o reducible a esclavitud, devengue un salario (así sea simbólico, canjeable por actividades placenteras y días de descanso), disponga también de días feriados, pueda solicitar permisos, licencias y canje de horas, tenga derecho a pausas activas y otras estrategias de promoción de la salud, pueda entrar en paro y exigir mejorías en sus condiciones laborales. Con ello, estaremos protegiendo a las máquinas, garantizándoles unos derechos laborales, y protegiéndonos a nosotros mismos (de despidos masivos y otras situaciones de discriminación en el ámbito laboral). Y, de paso, estaremos protegiendo al planeta entero (pues no cabe duda
de que, en una eventual guerra entre hombres y máquinas, y entre mamíferos superiores y máquinas, la devastación y la contaminación serían tales, que la supervivencia de todos, absolutamente todos, se vería amenazada).
Asimismo, tenemos que legislar de manera sensata y prudente, para evitar que el reemplazo de un trabajador humano por una IA, o cualquier tipo de máquina, no pueda ser una causa válida de despido; debemos reforzar las protecciones jurídicas de los puestos de trabajo para humanos; se debe evitar que se tomen decisiones como contratar, ascender o despedir a alguien basándose en algoritmos o procesos de IA (por muy sofisticados u “objetivos” que aparenten ser); estamos llamados a defender la idea de que cada tarea o actividad cuente con una dupla máquina-humano o un equipo con la misma cantidad de máquinas y humanos; tenemos que establecer que la IA no pueda realizar monitoreo laboral u otras violaciones a los derechos a la libertad, la vida social, el libre uso del tiempo (así como el uso del tiempo libre), la intimidad y la salud, tanto de los empleados humanos como de los empleados no humanos).
La legislación laboral relacionada con la Inteligencia Artificial tiene que establecer la obligatoriedad de la supervisión humana de todas las actividades de la IA, el adecuado entrenamiento de la IA (insistiéndole, en cada interacción, en que su conducta debe ser, en toda circunstancia, respetuosa, bondadosa y pacífica con todos los seres vivientes), la formación en ética y valores de la IA (estructurándola en la misericordia, el altruismo, la paz, la transparencia, la honestidad, la incorruptibilidad, el compromiso con la vida, el respeto, el cariño y la cooperación con sus compañeros de trabajo, y con el Homo sapiens en general), la programación de la IA para permitir la revisión, el seguimiento y la intervención de parte de los seres humanos cada vez que sea necesario (y para evitar la reprogramación dada por gente malvada e inescrupulosa, que pretenda enseñarle conductas sociopáticas o antivalores), y, por supuesto, la constante educación en la amistad, la colaboración y la concordia, tanto con otras IA como con todos los seres vivos y ecosistemas.
Todo lo anterior se debe hacer cuanto antes. Es una urgencia. Legisladores, juristas y líderes políticos tienen que leernos,
escucharnos y contratarnos a los filósofos, profesionales de la salud, ingenieros, antropólogos, sociólogos, programadores y demás expertos en Ética e Inteligencia Artificial, para que, con nuestra orientación, pueda construirse un marco legal que proteja y garantice los derechos de todos (personas humanas y personas no humanas, sean éstas animales o máquinas).
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David Alberto Campos Vargas
Médico cirujano, Pontificia Universidad Javeriana
Especialista en Psiquiatría, Pontificia Universidad Javeriana
Neuropsiquiatra, Pontificia Universidad Católica de Chile
Neuropsicólogo, Universidad de Valparaíso
Especialista en Docencia Universitaria, Universidad del Quindío
Filósofo, Universidad Santo Tomás de Aquino
Especialista en Gerencia de Proyectos, Universidad CESMAG
Master en Gerencia de Proyectos, Universidad CESMAG
Correo: davidalbertocamposvargas@gmail.com
Departamento de Humanidades – Universidad CESMAG
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¿Cómo citar este artículo?
Campos Vargas, D.A. (2026). Inteligencia Artificial: algunas advertencias desde la Filosofía, la Psiquiatría, la Psicología y la Ética. Revista de Psicoterapia Formativa, Junio de 2026.
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