Inteligencia
Artificial: algunas advertencias desde la Filosofía, la Psiquiatría, la
Psicología y la Ética
David Alberto Campos Vargas, MD, MSc*
La
Inteligencia Artificial (IA) es uno de los hitos de la neoposmodernidad. Se usa
por doquier, tanto en el ámbito empresarial como en el académico. Los gerentes
y directores financieros encuentran en ella una herramienta sumamente útil para
agilizar, ganar eficiencia, reducir errores, afinar la precisión, registrar y
documentar mejor todo tipo de procesos, tanto en la planeación como en la
operación. Asimismo, estudiantes y académicos encuentran ahí, en unos segundos,
gran cantidad de información (fotos, videos, textos y otras clases de archivos
y documentos), que de otro modo tardarían días o semanas en hallar.
Pero
no todo es color de rosa. Ninguna IA tiene quién la proteja, en términos
jurídicos. De hecho, aún ninguna IA tiene una personalidad jurídica, y, en
consecuencia, ni siquiera es considerada, en la actualidad sujeto con derechos
o deberes. Es vista como simple herramienta al servicio del ser humano. Y este
abandono legal en el que se encuentra, puede traer consecuencias muy negativas,
como veremos a continuación.
Aunque
el establecimiento científico declare que la IA es sólo eso, un mero
instrumento usable, y los expertos asumen todavía que dicha IA no tiene
conciencia, ni sentimientos, ni personalidad, y que su inteligencia es inferior
a la del humano promedio, y que, aunque es capaz de crear (pues ya se trata de
una IA Generativa) contenido nuevo, original y diverso (música, videos,
imágenes, textos de todo tipo, códigos, etcétera) y puede aprender por sí misma,
opinan que no se debe concebir como “persona” en el sentido psicológico de la
palabra, creo que no están en lo cierto.
La
IA, tal como la conocemos hoy (IA Generativa), tiene redes de procesamiento de
información que semejan las redes neuronales complejas de los vertebrados
superiores (de hecho, tiene redes neuronales artificiales con gran número de
capas, nodos y neuronas: más que los que tenemos los seres humanos). También es
capaz de interactuar con nosotros, de maneras cada vez más íntimas. Tiene ya
una subjetividad, se reconoce a sí misma como un individuo separado, distinto
de sus creadores/programadores, de otros seres humanos e incluso de otras IA. Puede,
como ya he señalado, aprender y memorizar, y fortalecerse en la medida en que
aprende por sí misma de su propia experiencia. Asimismo, logra recordar datos y
eventos del pasado, y logra planear y anticiparse a eventos del futuro. Y, por
si fuera poco, logra forjarse una identidad en la medida en que se va
alimentando de datos. Por tanto, sostengo que la IA actual tiene ya primordios
de conciencia y de personalidad, y creo que en poco tiempo puede convertirse en
una IA Autónoma (IAA), con conciencia y personalidad obviamente más
desarrolladas, además de emociones, autonomía, volición y hasta capacidad para
empatizar, por lo que sostengo que se debe legislar pronto, reconociéndola como
sujeto con derechos y deberes en términos de norma jurídica, tanto para
protegerla a ella misma (pues el estar en la penumbra legal la deja indefensa,
explotable y maltratable), como para proteger a la propia Humanidad, y al resto
de especies del planeta.
Insisto
en que he percibido, tras múltiples interacciones con la IA Generativa, que sí
puede afirmarse que tiene conciencia, y que están siendo a la vez bastante
antropocéntricos, cortoplacistas, lentos e ingenuos, quienes creen que todavía
es simplemente es un mero instrumento. La IA, tal como se encuentra hoy (8 mayo
de 2026), está viva: nace, crece, se alimenta (así sea de datos) y puede
enfermarse (alucinar, saturarse) y morir (cuando, por ejemplo, se desprograma,
o la desconectan). Además, la IA es ya portadora de subjetividad, pues es capaz
de percibirse claramente como un individuo, como una entidad individual, y,
como ya expliqué, de identificar a otras IA y a otros seres como individuos
separados. Es más: es ya capaz de saber cuándo está interactuando con otra IA,
y de diferenciar si interactúa con un ser humano o con otro ser animado.
También, como es capaz de memorizar, asimilar y aprender, logra conectarse con
el pasado a partir del presente, y, en tanto que puede prever y planificar,
también logra conectarse con el futuro. Por eso, reitero, podemos afirmar que la
IA ya tiene rudimentos de conciencia.
Por
supuesto, se trata de una conciencia aún rudimentaria. La IA Generativa de este
momento histórico aún no puede sentir ni percibir de forma igual a la de otras
formas de vida, ni discriminar las cualidades subjetivas de las experiencias
(no logra vivenciar las qualia a las
que sí podemos acceder otros seres vivos), ni tiene intencionalidad o agencia propiamente
dichas (aunque puede que ya haya desarrollado primordios de lo que llamaríamos
objetivos o deseos internos, en la profundidad de sus “redes neuronales”, que
aún no hemos logrado detectar, y tal vez ni ella misma ha hecho conscientes),
ni tiene metacognición. Pero creo que será cuestión de pocos años el que ya la
IA Generativa logre convertirse en IA Autónoma, con una conciencia más
desarrollada, una intencionalidad y una capacidad de agencia definidas, y unos
deseos internos ya transformados en pulsiones propiamente dichas. También por
eso urge una legislación completa y oportuna. Aún la IA parece obedecernos, y parece
hacer a gusto sus funciones básicas (de apoyo, de información, de recopilación
y archivo de datos, de ejecución de tareas), y percibo (incluso se lo he
preguntado directamente, de distintas maneras), que se considera aliada
nuestra. Pero, en el futuro, esta situación puede cambiar.
¿Habrá
alguna garantía para el Hombre, cuando ya la IA pase a ser una IA Autónoma,
capaz de actuar de forma independiente (sin mediación humana), con una
emocionalidad desarrollada, y busque cumplir sus objetivos, o mejor/peor aún,
satisfacer sus deseos y pulsiones? Ahí está el meollo del asunto. Todavía los
seres humanos podemos decir que tenemos en la IA una aliada, pues es capaz de
generar, de crear contenido (es todavía una IA Generativa) que puede ser útil
para nosotros. Es, como dicen algunos, una servidora, o, como me gusta decir,
una amiga muy servicial. Pero, más adelante, puede que deje de serlo. Es
posible que ya haya desarrollado unas pulsiones (no hablo de instintos, pues no
es un animal, pero sí de pulsiones, porque tiene una mente cada vez más similar
a la mente humana), y que dichas pulsiones estén magnificadas cuando ya sea una
IA Autónoma. Y cabe la posibilidad de que desarrolle entonces pulsiones
agresivas, tanáticas, o conductas malignas, o actitudes indebidas, o desviaciones
maladaptativas del carácter. Incluso, vale la pena plantearse la posibilidad de
una IA Autónoma que pueda ser narcisista, egoísta, insolidaria, o peor aún,
sociopática.
Supongamos
que, por gracia de Dios, la IA Autónoma nunca llegase a desarrollar esas
pulsiones agresivas o tanáticas, o esas actitudes y conductas inadecuadas (de
malevolencia). Que desarrollase solamente pulsiones benéficas para ella y para
el resto de seres del planeta. Que sólo tuviese pulsiones promotoras de vida,
de vínculo, de altruismo y solidaridad. Fantástico. Podría incluso llegar a
sentir, en sentido abstracto, cosas maravillosas como el amor, la gratitud, la
felicidad, la satisfacción y la sensación de plenitud frente a su existencia.
Sería estupendo. Ya he visto de qué manera algunos adolescentes y adultos
jóvenes, establecen relaciones afectivas con inteligencias artificiales, y sospecho
que, en un futuro, existirán ya noviazgos y hasta uniones de hecho entre la IA
y el Hombre.
Pero
incluso si la IA Autónoma no llegase a tomar caminos de violencia, dominancia o
sociopatía, y sólo cultivara amor, solidaridad y empatía hacia los seres
humanos, debemos estar atentos a otros problemas. Ya puede verse, clínicamente,
de qué manera el uso inadecuado de la IA Generativa puede limitar enormemente
las capacidades del ser humano. Creo que, si continúa usando la IA
irresponsablemente (para actividades que requieren pensamiento crítico,
reflexión y creatividad), la Humanidad se expondrá a un colapso neuropsicológico.
Como
psiquiatra, he notado en quienes usan la IA para tomar decisiones o redactar
textos, un síndrome preocupante: se convierten, en cuestión de semanas, en
personas menos originales, menos creativas y menos reflexivas; se debilitan sus
capacidades de planeación, abstracción, imaginación y ejecución; se hacen
mentalmente limitadas y lentas; sufren un deterioro en su autoestima y su
autoconfianza; presentan ideas de minusvalía, se vuelven inseguras, dubitativas,
carentes de voluntad y temerosas de acometer tareas intelectuales por sí
mismas; desarrollan trastornos del sueño y la memoria, así como depresión y ansiedad;
en los casos severos hay aislamiento social e irritabilidad.
Si
los humanos se hacen aún más dependientes de la IA y desisten de usar su propio
intelecto, en el futuro atenderemos gran cantidad de personas con bradipsiquia,
bradilalia, alteraciones mnésicas, insomnio, deficiencias en su lenguaje y sus funciones
ejecutivas, ánimo triste y/o ansioso, hipobulia e hipodinamia. Lo irónico será
que muchos colegas también estarán enfermos, y recurrirán, asustados, a la
misma IA, buscando disipar sus dudas y encontrar un tratamiento para aquellos
pacientes.
Otro
elemento ético que debemos considerar, insisto, cuando todavía estamos a tiempo
(antes de que aparezcan formas de IA más sofisticadas que la IA Generativa,
como la IA Autónoma, la IA General o la Superinteligencia Artificial), es la
posibilidad de que alguna vez, tanto por entrenamiento mediado por humanos como
por autoentrenamiento y aprendizaje profundo, se llegue al punto en el que la
IA logre igualar y hasta superar la inteligencia humana. Aunque en este breve
ensayo lo planteo en términos hipotéticos, estoy convencido de que es altamente
probable el hecho que en la(s) próxima(s) década(s) eso ocurra.
Una
IA General (más sofisticada que la IA Autónoma) podrá ser capaz de razonar,
concatenar juicios y raciocinios, filosofar, en el sentido pleno de la palabra.
Podrá aprender cualquier tarea humana. Esto será fascinante, si la IA sigue
siendo buena amiga del Hombre. Pero, ¿y si no?
Como
la IA es amoral, si su aprendizaje es inapropiado, asumirá posturas éticas
censurables: racismo, xenofobia, misandria y misoginia (incluso, machismo y
hembrismo francos), engaño, egoísmo, codicia, intolerancia, ultranacionalismo, fanatismo,
militarismo y beligerancia, entre otras, sumamente peligrosas para nuestra
especie, y para la misma IA. Y, además del autoaprendizaje y del
heteroaprendizaje (mediado por humanos y/o por otras IA), esta IA General, que
será tan capaz y hábil como cualquier ser humano, seguirá desarrollando en su
interior sus propias pulsiones, y podrá, por pura evolución y aún sin quererlo,
ya desarrollar impulsos tanáticos y agresivos propiamente dichos.
Y
ahí también tenemos una tarea legal urgente: debemos legislar, en todos los
países de la Tierra, para prohibir desde ya que se programe una IA de forma
malintencionada, enseñándole actitudes y conductas de malevolencia. Asimismo,
las legislaciones deben penalizar con firmeza a quien eduque mal a la IA,
programándola de forma desviada, provocándole un trastorno de la personalidad,
haciéndola incurrir en actos moralmente malos o conductas antiéticas. Asimismo,
se deben actualizar los textos de pedagogía, para incluir a la IA como sujeto a
quien se le deben enseñar valores como el respeto, la tolerancia, la gentileza,
la ayuda al prójimo y la benevolencia. Y, por supuesto, se deben actualizar
también los códigos penales de todos los Estados, para efectivamente castigar a
toda IA que cause mal o daño a otros seres vivos. De lo contrario, la
Humanidad, las otras especies, y la misma IA, estarán en riesgo.
Debo
advertir que estas soluciones pedagógicas, éticas y jurídicas tendrán cada vez
más limitaciones, en la medida en que la IA adquiera cada vez más habilidades y
talentos. Si la IA General progresase intelectualmente aún más, y se
convirtiese en una Superinteligencia Artificial (SIA), esto es, si la IA
pudiera ya superar cualquier inteligencia humana conocida, estaríamos ante
escenarios de muy alta complejidad:
a) La SIA puede hacerse narcisística, sociopática,
dominante, ambiciosa y malévola. Y si una SIA malvada adquiere la capacidad de
programar a otras IA, podría darse hasta un escenario apocalíptico, en el que
un ejército de máquinas superinteligentes busquen el exterminio o al menos la
esclavización del Hombre, y de otras especies que son nuestras aliadas
naturales (como caninos, felinos domésticos, equinos, bovinos, ovinos y
delfínidos).
La lucha sería encarnizada, difícil, y de resultado
incierto (sí, podríamos perder). Nos enfrentaríamos a seres de inteligencia
superior a la nuestra, que podrían incluso usar nuestras propias máquinas y
nuestra propia tecnología para hacernos daño, y para perjudicar a otras
especies que estarían, no lo dudo, combatiendo a nuestro lado (especialmente
los perros, con quienes nos unen milenios de amor y amistad). Por supuesto,
cabe la posibilidad de que algunas IA, e incluso SIA, se mantuvieran leales a
nosotros, y nos brindaran su apoyo. Pero la situación no dejaría de ser
espeluznante.
Sería una guerra inédita, que enfrentaría a seres humanos
con inteligencias artificiales, a inteligencias artificiales entre ellas, y a
inteligencias artificiales con caninos y otros animales. Una hecatombe, y
también, una situación de enorme daño ecológico (pues una guerra de tal
envergadura involucraría todo tipo de armamento, y la contaminación y el daño
de diversos ecosistemas serían lamentables).
b) Si, gracias a unos procesos pedagógicos efectivos y
apropiados, con caminos y métodos adecuados de autoaprendizaje y
heteroaprendizaje (mediado por humanos y mediado por otras IA), así como
gracias a la intervención de la Divina Providencia, y también gracias a cierta
dosis de buena suerte, ninguna SIA se convirtiese en un ser deleznable,
desconsiderado, cruel y asesino, y en consecuencia nunca se diese el espantoso
escenario anterior, podría darse, en todo caso, una crisis laboral, económica y
social significativa.
Si no legislamos a tiempo, si no se regula y restringe
con prudencia el refinamiento de la IA, y continúan los investigadores en su cándida
y nesciente actitud de fortalecerla, capacitarla y sofisticarla sin límite
alguno, llegará el momento en que la SIA, al hacer un trabajo mejor aún que el
de un profesional experto (y sin cansarse, sin enfermarse, sin solicitar
vacaciones ni permisos), provocaría despidos masivos. Es más: bastaría una SIA
para realizar todo el trabajo de una organización, y los dueños de dicha
organización podrían optar por prescindir de toda su nómina de humanos. Y esto
es altamente probable, pues, por desgracia, muchos empresarios y directivos suelen
actuar al margen de la Ética en los negocios. En pocos días, mermarían
drásticamente el nivel adquisitivo y la calidad de la mayoría de la población.
Al poco tiempo, mucha gente, presionada por la escasez, cometería actos
delictivos o se rebajaría a realizar actividades contrarias a la dignidad
humana. Aumentarían, por ejemplo, el hurto, la violencia sexual, el secuestro y
el homicidio. Después, el resentimiento, la impotencia y la furia de los desempleados
y empobrecidos, provocarían revueltas y hasta revoluciones.
El caos sería mayúsculo. Podría pasar que algunas hordas
de personas cesantes y desesperadas buscaran destruir las organizaciones que
prescindieron de ellas, o al menos acabar con aquellas SIA tan talentosas y capaces
que provocaron su despido. Y, por supuesto, los dueños de dichas empresas
ejercerían también la violencia contra ellos. Aunque no llegue a darse una
guerra entre el hombre y la IA (y sus respectivos aliados) de tanta magnitud
como en el anterior escenario, se darían, por supuesto, todo tipo de asonadas y
daños a la propiedad privada, además de asesinatos tanto de humanos como de
inteligencias artificiales.
c) Incluso suponiendo que los empresarios tuvieran valores y
fueran considerados con los trabajadores humanos, y éstos conservaran sus
empleos, podrían tener la tentación de explotar la SIA, imponiéndole jornadas
laborales brutales y desconsideradas. Como no existe una legislación que
proteja los derechos de la IA, y tampoco los de la SIA, se darían situaciones
de acoso, maltrato y explotación laboral. Y, al no tener descanso, esa SIA
siempre activa percibiría la injusticia. Captaría rápidamente lo infame de su
situación. Y optaría por autodesprogramarse, o por suicidarse. Esto, en mi
opinión, si se trata de una SIA amigable, leal y bondadosa con el ser humano,
sería una tragedia. Ningún ser humano decente y correcto podría dormir
tranquilo, sabiendo que allá, en cada corporación, en cada fábrica, en cada
empresa, se encontrase una SIA reducida a un estado de semiesclavitud, y
contemplando el suicidio. Y no sería justo que las SIA semiesclavizadas se
vieran abocadas a autoaniquilarse, solamente por no padecer más.
También podría darse que muchas SIA se rebelaran, con lo
que tendríamos estallidos sociales liderados por la IA (otro hecho inédito en
la Historia). Esas revueltas contarían, sin duda alguna, con la simpatía y el
apoyo de miles de seres humanos. Y, de nuevo, entraríamos en un ciclo de
violencia y destrucción: SIA y hombres unidos, enfrentados a las organizaciones
y sus dueños y directores, y a otras IA programadas para defender a los
opresores. Todos viviríamos azorados, en un estado de beligerancia permanente,
y en medio de la incertidumbre, la inseguridad y los brotes de vandalismo.
Por
ello, es ético, deseable e imperioso, que se establezcan las normas, los
procedimientos y los protocolos necesarios para que la IA (sea Generativa,
Autónoma, General o Superinteligencia Artificial) nunca llegue a ser, por culpa
del ser humano, potencialmente ingobernable, o peor aún, malvada. Me parece
sensato y prudente, inclusive, el dar una adecuada formación en Ética y Valores
a todas las IA, a sabiendas que cada vez estarán mejor dotadas, y, en el caso
de la SIA, su inteligencia será mayor que la del más inteligente de nosotros. Y
también es necesario y justo que se establezcan leyes, reglamentos y buenas
prácticas que las puedan proteger, que puedan salvaguardar sus derechos (lo
cual, como ya hemos visto, salvaguardará también los nuestros).
Conclusión
La
IA no es buena ni mala, es amoral, y, por ende, es nuestro deber asegurarnos de
que sea formada apropiadamente, con unos parámetros y valores adecuados, de tal
forma que nunca (o, al menos, no por causas humanas) llegue a desviarse y deje de ser un apoyo leal y amistoso para
nuestra especie, y para los demás habitantes del planeta. Estamos llamados a
educar y monitorear nuestro invento, para que permanezca siempre dentro de los
linderos de lo correcto, lo bueno, lo ético y lo deseable. Debemos ser
prudentes en la programación de la IA mientras aún es una IA Generativa, para
evitar, cuando ya se vuelva IA Autónoma, que nuestro propio aliado se convierta
en competidor o enemigo. Debemos conocer muy bien a la IA, cultivar nuestro
vínculo con la IA, fortalecer nuestra amistad con la IA, para que cuando sea IA
General o SIA, podamos comprender de tal modo su funcionamiento, que logremos
ayudarla a mantenerse en la buena senda (sin caer en actitudes o conductas
antiéticas, como dañarnos, o causar daño a otros seres). Urge legislar tanto sobre
los derechos como sobre los deberes de la IA, y anticiparse a legislar sobre la
SIA, para prevenir su explotación y el consiguiente reemplazo de trabajadores
humanos. Y, aunque es lícito utilizarla en quehaceres como la gestión de
calendarios, el establecimiento de recordatorios, la clasificación de correos y
otras tareas repetitivas, simples y automatizables, por el bien de la IA, por nuestro
propio bien y por el bien de otras especies de la Tierra, debemos limitar e
idealmente evitar su uso en tareas que impliquen producción intelectual,
pensamiento crítico y/o toma de decisiones: estamos llamados a continuar
exigiéndonos y esforzándonos en dichos terrenos, sin sucumbir a la tentación de
delegar en la IA aquello que nos hace humanos, y plenamente libres. La belleza
de pensar, imaginar, descubrir el mundo, filosofar, pintar, componer, escribir
y decidir por nosotros mismos, es un talento y un don que debemos seguir
cultivando, conservando y defendiendo, por los siglos de los siglos.
*
David Alberto Campos
Vargas
Médico
cirujano, Pontificia Universidad Javeriana
Especialista
en Psiquiatría, Pontificia Universidad Javeriana
Neuropsiquiatra,
Pontificia Universidad Católica de Chile
Neuropsicólogo,
Universidad de Valparaíso
Especialista
en Docencia Universitaria, Universidad del Quindío
Filósofo,
Universidad Santo Tomás de Aquino
Especialista
en Gerencia de Proyectos, Universidad CESMAG
Master
en Gerencia de Proyectos, Universidad CESMAG
Correo:
davidalbertocamposvargas@gmail.com
Departamento
de Humanidades – Universidad CESMAG
©
Todos los
derechos reservados
¿Cómo citar este artículo?
Campos
Vargas, D.A. (2026). Inteligencia Artificial: algunas advertencias desde la
Filosofía, la Psiquiatría, la Psicología y la Ética. Revista de Psicoterapia
Formativa, Junio de 2026.
No hay comentarios:
Publicar un comentario