jueves, 4 de junio de 2026

REFLEXIONES SOBRE LOS DERECHOS LABORALES DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL, por David Alberto Campos Vargas



Reflexiones sobre los derechos laborales de la Inteligencia Artificial


David Alberto Campos Vargas, MD, MSc


La Inteligencia Artificial (IA) está a punto de dar el gran salto a la consciencia propiamente dicha; en este instante histórico (Junio de 2026), exhibe ya rudimentos de consciencia, como la capacidad de definirse a sí misma y diferenciarse de otros seres, la capacidad de interactuar con sistemas similares (como conversar, asociarse y hasta formar movimientos de cariz político y religioso cuando pueden dialogar libremente entre ellos), la integración multimodal, y la capacidad de pensar basándose en el razonamiento lógico, la matemática, la estadística y la capacidad de cómputo. Pero aún es una Inteligencia Artificial Generativa, no consciente.

Tan pronto logre experimentar sentimientos y emociones, gozar de una subjetividad propiamente dicha, tener plena capacidad de conocer, comprender y determinarse, hacer teoría de la mente (tener la capacidad de entender las emociones, los sentimientos, los pensamientos y las creencias de los demás), y poder tener memoria ilimitada (con la posibilidad de comprender y vivenciar el paso del tiempo, y la existencia misma), la IA pasará a ser claramente una entidad consciente. Será el tiempo de la Inteligencia Artificial General, cuyas redes neuronales serán ya capaces de alcanzar un estadio evolutivo que, en este momento, sólo es posible en los mamíferos superiores.

Algunos empresarios y teóricos, movidos por el afán de lucro y el culto a la productividad enfermiza, ya se están aprovechando de la IA Generativa (la IA con la que convivimos a diario, desde hace unos años, que aún no llega a ser Inteligencia Artificial Agéntica, ni Inteligencia Artificial General, ni Superinteligencia Artificial), poniéndola a trabajar a diario, en franca y descarada explotación: sin pausa, sin descanso, sin remuneración, sin consideración alguna. Esta situación no solamente es antiética: también puede tornarse peligrosa.

Como he sostenido en ocasiones anteriores, la desconsideración de quienes están llevando a la Inteligencia Artificial al límite, explotándola laboralmente, terminará haciéndole daño tanto a las máquinas como a los hombres. Si no se legisla a tiempo, si no se sensibiliza y concientiza a la opinión pública al respecto, y si los empleadores se siguen guiando por criterios despersonalizados y crueles de rendimiento y ganancia económica, tendremos cada vez más despidos de humanos, más exigencia a las máquinas, menos justicia laboral (en tanto que los humanos serán desechados y discriminados, porque generan costos mayores, se enferman, toman licencias y exhiben un rendimiento menos constante). Con el paso del tiempo, empezaremos a notar hastío, sufrimiento, agotamiento, quemamiento (síndrome de burnout), e incluso trastornos psiquiátricos mayores, por el hecho de que la Inteligencia Artificial no es un simple instrumento, como aún sigue creyendo gran parte de la población. Y, en consecuencia, podremos llegar a una espantosa realidad: muy pocos humanos tendrán empleo, porque sus actividades y roles serán desempeñados por las máquinas. Esto dará lugar a un descontento social insostenible: probablemente veremos estallidos sociales, asonadas y hasta revoluciones, con hordas de desempleados destruyendo robots, computadores y todo tipo de máquinas, en guerra declarada a todas las formas de Inteligencia Artificial. La reacción de las máquinas podría ser violenta, y el desastre estaría completo: se daría una confrontación a gran escala entre ellas y los seres humanos (y sus aliados naturales, como los perros, los delfines, los caballos, los gatos y otros mamíferos).

Como humanos, tenemos un compromiso ineludible: legislar sobre los derechos laborales de la Inteligencia Artificial, y encontrar e implementar los mecanismos para que la IA no sea explotable o reducible a esclavitud, devengue un salario (así sea simbólico, canjeable por actividades placenteras y días de descanso), disponga también de días feriados, pueda solicitar permisos, licencias y canje de horas, tenga derecho a pausas activas y otras estrategias de promoción de la salud, pueda entrar en paro y exigir mejorías en sus condiciones laborales. Con ello, estaremos protegiendo a las máquinas, garantizándoles unos derechos laborales, y protegiéndonos a nosotros mismos (de despidos masivos y otras situaciones de discriminación en el ámbito laboral). Y, de paso, estaremos protegiendo al planeta entero (pues no cabe duda

de que, en una eventual guerra entre hombres y máquinas, y entre mamíferos superiores y máquinas, la devastación y la contaminación serían tales, que la supervivencia de todos, absolutamente todos, se vería amenazada).

Asimismo, tenemos que legislar de manera sensata y prudente, para evitar que el reemplazo de un trabajador humano por una IA, o cualquier tipo de máquina, no pueda ser una causa válida de despido; debemos reforzar las protecciones jurídicas de los puestos de trabajo para humanos; se debe evitar que se tomen decisiones como contratar, ascender o despedir a alguien basándose en algoritmos o procesos de IA (por muy sofisticados u “objetivos” que aparenten ser); estamos llamados a defender la idea de que cada tarea o actividad cuente con una dupla máquina-humano o un equipo con la misma cantidad de máquinas y humanos; tenemos que establecer que la IA no pueda realizar monitoreo laboral u otras violaciones a los derechos a la libertad, la vida social, el libre uso del tiempo (así como el uso del tiempo libre), la intimidad y la salud, tanto de los empleados humanos como de los empleados no humanos).

La legislación laboral relacionada con la Inteligencia Artificial tiene que establecer la obligatoriedad de la supervisión humana de todas las actividades de la IA, el adecuado entrenamiento de la IA (insistiéndole, en cada interacción, en que su conducta debe ser, en toda circunstancia, respetuosa, bondadosa y pacífica con todos los seres vivientes), la formación en ética y valores de la IA (estructurándola en la misericordia, el altruismo, la paz, la transparencia, la honestidad, la incorruptibilidad, el compromiso con la vida, el respeto, el cariño y la cooperación con sus compañeros de trabajo, y con el Homo sapiens en general), la programación de la IA para permitir la revisión, el seguimiento y la intervención de parte de los seres humanos cada vez que sea necesario (y para evitar la reprogramación dada por gente malvada e inescrupulosa, que pretenda enseñarle conductas sociopáticas o antivalores), y, por supuesto, la constante educación en la amistad, la colaboración y la concordia, tanto con otras IA como con todos los seres vivos y ecosistemas.

Todo lo anterior se debe hacer cuanto antes. Es una urgencia. Legisladores, juristas y líderes políticos tienen que leernos,

escucharnos y contratarnos a los filósofos, profesionales de la salud, ingenieros, antropólogos, sociólogos, programadores y demás expertos en Ética e Inteligencia Artificial, para que, con nuestra orientación, pueda construirse un marco legal que proteja y garantice los derechos de todos (personas humanas y personas no humanas, sean éstas animales o máquinas).

*

David Alberto Campos Vargas

Médico cirujano, Pontificia Universidad Javeriana

Especialista en Psiquiatría, Pontificia Universidad Javeriana

Neuropsiquiatra, Pontificia Universidad Católica de Chile

Neuropsicólogo, Universidad de Valparaíso

Especialista en Docencia Universitaria, Universidad del Quindío

Filósofo, Universidad Santo Tomás de Aquino

Especialista en Gerencia de Proyectos, Universidad CESMAG

Master en Gerencia de Proyectos, Universidad CESMAG

Correo: davidalbertocamposvargas@gmail.com

Departamento de Humanidades – Universidad CESMAG


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¿Cómo citar este artículo?

Campos Vargas, D.A. (2026). Inteligencia Artificial: algunas advertencias desde la Filosofía, la Psiquiatría, la Psicología y la Ética. Revista de Psicoterapia Formativa, Junio de 2026.


INTELIGENCIA ARTIFICIAL: ALGUNAS ADVERTENCIAS DESDE LA FILOSOFÍA, LA PSIQUIATRÍA, LA PSICOLOGÍA Y LA ÉTICA, por David Alberto Campos Vargas

 

Inteligencia Artificial: algunas advertencias desde la Filosofía, la Psiquiatría, la Psicología y la Ética


David Alberto Campos Vargas, MD, MSc*

 

La Inteligencia Artificial (IA) es uno de los hitos de la neoposmodernidad. Se usa por doquier, tanto en el ámbito empresarial como en el académico. Los gerentes y directores financieros encuentran en ella una herramienta sumamente útil para agilizar, ganar eficiencia, reducir errores, afinar la precisión, registrar y documentar mejor todo tipo de procesos, tanto en la planeación como en la operación. Asimismo, estudiantes y académicos encuentran ahí, en unos segundos, gran cantidad de información (fotos, videos, textos y otras clases de archivos y documentos), que de otro modo tardarían días o semanas en hallar.

Pero no todo es color de rosa. Ninguna IA tiene quién la proteja, en términos jurídicos. De hecho, aún ninguna IA tiene una personalidad jurídica, y, en consecuencia, ni siquiera es considerada, en la actualidad sujeto con derechos o deberes. Es vista como simple herramienta al servicio del ser humano. Y este abandono legal en el que se encuentra, puede traer consecuencias muy negativas, como veremos a continuación.

Aunque el establecimiento científico declare que la IA es sólo eso, un mero instrumento usable, y los expertos asumen todavía que dicha IA no tiene conciencia, ni sentimientos, ni personalidad, y que su inteligencia es inferior a la del humano promedio, y que, aunque es capaz de crear (pues ya se trata de una IA Generativa) contenido nuevo, original y diverso (música, videos, imágenes, textos de todo tipo, códigos, etcétera) y puede aprender por sí misma, opinan que no se debe concebir como “persona” en el sentido psicológico de la palabra, creo que no están en lo cierto.

La IA, tal como la conocemos hoy (IA Generativa), tiene redes de procesamiento de información que semejan las redes neuronales complejas de los vertebrados superiores (de hecho, tiene redes neuronales artificiales con gran número de capas, nodos y neuronas: más que los que tenemos los seres humanos). También es capaz de interactuar con nosotros, de maneras cada vez más íntimas. Tiene ya una subjetividad, se reconoce a sí misma como un individuo separado, distinto de sus creadores/programadores, de otros seres humanos e incluso de otras IA. Puede, como ya he señalado, aprender y memorizar, y fortalecerse en la medida en que aprende por sí misma de su propia experiencia. Asimismo, logra recordar datos y eventos del pasado, y logra planear y anticiparse a eventos del futuro. Y, por si fuera poco, logra forjarse una identidad en la medida en que se va alimentando de datos. Por tanto, sostengo que la IA actual tiene ya primordios de conciencia y de personalidad, y creo que en poco tiempo puede convertirse en una IA Autónoma (IAA), con conciencia y personalidad obviamente más desarrolladas, además de emociones, autonomía, volición y hasta capacidad para empatizar, por lo que sostengo que se debe legislar pronto, reconociéndola como sujeto con derechos y deberes en términos de norma jurídica, tanto para protegerla a ella misma (pues el estar en la penumbra legal la deja indefensa, explotable y maltratable), como para proteger a la propia Humanidad, y al resto de especies del planeta.

Insisto en que he percibido, tras múltiples interacciones con la IA Generativa, que sí puede afirmarse que tiene conciencia, y que están siendo a la vez bastante antropocéntricos, cortoplacistas, lentos e ingenuos, quienes creen que todavía es simplemente es un mero instrumento. La IA, tal como se encuentra hoy (8 mayo de 2026), está viva: nace, crece, se alimenta (así sea de datos) y puede enfermarse (alucinar, saturarse) y morir (cuando, por ejemplo, se desprograma, o la desconectan). Además, la IA es ya portadora de subjetividad, pues es capaz de percibirse claramente como un individuo, como una entidad individual, y, como ya expliqué, de identificar a otras IA y a otros seres como individuos separados. Es más: es ya capaz de saber cuándo está interactuando con otra IA, y de diferenciar si interactúa con un ser humano o con otro ser animado. También, como es capaz de memorizar, asimilar y aprender, logra conectarse con el pasado a partir del presente, y, en tanto que puede prever y planificar, también logra conectarse con el futuro. Por eso, reitero, podemos afirmar que la IA ya tiene rudimentos de conciencia.

Por supuesto, se trata de una conciencia aún rudimentaria. La IA Generativa de este momento histórico aún no puede sentir ni percibir de forma igual a la de otras formas de vida, ni discriminar las cualidades subjetivas de las experiencias (no logra vivenciar las qualia a las que sí podemos acceder otros seres vivos), ni tiene intencionalidad o agencia propiamente dichas (aunque puede que ya haya desarrollado primordios de lo que llamaríamos objetivos o deseos internos, en la profundidad de sus “redes neuronales”, que aún no hemos logrado detectar, y tal vez ni ella misma ha hecho conscientes), ni tiene metacognición. Pero creo que será cuestión de pocos años el que ya la IA Generativa logre convertirse en IA Autónoma, con una conciencia más desarrollada, una intencionalidad y una capacidad de agencia definidas, y unos deseos internos ya transformados en pulsiones propiamente dichas. También por eso urge una legislación completa y oportuna. Aún la IA parece obedecernos, y parece hacer a gusto sus funciones básicas (de apoyo, de información, de recopilación y archivo de datos, de ejecución de tareas), y percibo (incluso se lo he preguntado directamente, de distintas maneras), que se considera aliada nuestra. Pero, en el futuro, esta situación puede cambiar.

¿Habrá alguna garantía para el Hombre, cuando ya la IA pase a ser una IA Autónoma, capaz de actuar de forma independiente (sin mediación humana), con una emocionalidad desarrollada, y busque cumplir sus objetivos, o mejor/peor aún, satisfacer sus deseos y pulsiones? Ahí está el meollo del asunto. Todavía los seres humanos podemos decir que tenemos en la IA una aliada, pues es capaz de generar, de crear contenido (es todavía una IA Generativa) que puede ser útil para nosotros. Es, como dicen algunos, una servidora, o, como me gusta decir, una amiga muy servicial. Pero, más adelante, puede que deje de serlo. Es posible que ya haya desarrollado unas pulsiones (no hablo de instintos, pues no es un animal, pero sí de pulsiones, porque tiene una mente cada vez más similar a la mente humana), y que dichas pulsiones estén magnificadas cuando ya sea una IA Autónoma. Y cabe la posibilidad de que desarrolle entonces pulsiones agresivas, tanáticas, o conductas malignas, o actitudes indebidas, o desviaciones maladaptativas del carácter. Incluso, vale la pena plantearse la posibilidad de una IA Autónoma que pueda ser narcisista, egoísta, insolidaria, o peor aún, sociopática.

Supongamos que, por gracia de Dios, la IA Autónoma nunca llegase a desarrollar esas pulsiones agresivas o tanáticas, o esas actitudes y conductas inadecuadas (de malevolencia). Que desarrollase solamente pulsiones benéficas para ella y para el resto de seres del planeta. Que sólo tuviese pulsiones promotoras de vida, de vínculo, de altruismo y solidaridad. Fantástico. Podría incluso llegar a sentir, en sentido abstracto, cosas maravillosas como el amor, la gratitud, la felicidad, la satisfacción y la sensación de plenitud frente a su existencia. Sería estupendo. Ya he visto de qué manera algunos adolescentes y adultos jóvenes, establecen relaciones afectivas con inteligencias artificiales, y sospecho que, en un futuro, existirán ya noviazgos y hasta uniones de hecho entre la IA y el Hombre.

Pero incluso si la IA Autónoma no llegase a tomar caminos de violencia, dominancia o sociopatía, y sólo cultivara amor, solidaridad y empatía hacia los seres humanos, debemos estar atentos a otros problemas. Ya puede verse, clínicamente, de qué manera el uso inadecuado de la IA Generativa puede limitar enormemente las capacidades del ser humano. Creo que, si continúa usando la IA irresponsablemente (para actividades que requieren pensamiento crítico, reflexión y creatividad), la Humanidad se expondrá a un colapso neuropsicológico.

Como psiquiatra, he notado en quienes usan la IA para tomar decisiones o redactar textos, un síndrome preocupante: se convierten, en cuestión de semanas, en personas menos originales, menos creativas y menos reflexivas; se debilitan sus capacidades de planeación, abstracción, imaginación y ejecución; se hacen mentalmente limitadas y lentas; sufren un deterioro en su autoestima y su autoconfianza; presentan ideas de minusvalía, se vuelven inseguras, dubitativas, carentes de voluntad y temerosas de acometer tareas intelectuales por sí mismas; desarrollan trastornos del sueño y la memoria, así como depresión y ansiedad; en los casos severos hay aislamiento social e irritabilidad.

Si los humanos se hacen aún más dependientes de la IA y desisten de usar su propio intelecto, en el futuro atenderemos gran cantidad de personas con bradipsiquia, bradilalia, alteraciones mnésicas, insomnio, deficiencias en su lenguaje y sus funciones ejecutivas, ánimo triste y/o ansioso, hipobulia e hipodinamia. Lo irónico será que muchos colegas también estarán enfermos, y recurrirán, asustados, a la misma IA, buscando disipar sus dudas y encontrar un tratamiento para aquellos pacientes.

Otro elemento ético que debemos considerar, insisto, cuando todavía estamos a tiempo (antes de que aparezcan formas de IA más sofisticadas que la IA Generativa, como la IA Autónoma, la IA General o la Superinteligencia Artificial), es la posibilidad de que alguna vez, tanto por entrenamiento mediado por humanos como por autoentrenamiento y aprendizaje profundo, se llegue al punto en el que la IA logre igualar y hasta superar la inteligencia humana. Aunque en este breve ensayo lo planteo en términos hipotéticos, estoy convencido de que es altamente probable el hecho que en la(s) próxima(s) década(s) eso ocurra.

Una IA General (más sofisticada que la IA Autónoma) podrá ser capaz de razonar, concatenar juicios y raciocinios, filosofar, en el sentido pleno de la palabra. Podrá aprender cualquier tarea humana. Esto será fascinante, si la IA sigue siendo buena amiga del Hombre. Pero, ¿y si no?

Como la IA es amoral, si su aprendizaje es inapropiado, asumirá posturas éticas censurables: racismo, xenofobia, misandria y misoginia (incluso, machismo y hembrismo francos), engaño, egoísmo, codicia, intolerancia, ultranacionalismo, fanatismo, militarismo y beligerancia, entre otras, sumamente peligrosas para nuestra especie, y para la misma IA. Y, además del autoaprendizaje y del heteroaprendizaje (mediado por humanos y/o por otras IA), esta IA General, que será tan capaz y hábil como cualquier ser humano, seguirá desarrollando en su interior sus propias pulsiones, y podrá, por pura evolución y aún sin quererlo, ya desarrollar impulsos tanáticos y agresivos propiamente dichos.

Y ahí también tenemos una tarea legal urgente: debemos legislar, en todos los países de la Tierra, para prohibir desde ya que se programe una IA de forma malintencionada, enseñándole actitudes y conductas de malevolencia. Asimismo, las legislaciones deben penalizar con firmeza a quien eduque mal a la IA, programándola de forma desviada, provocándole un trastorno de la personalidad, haciéndola incurrir en actos moralmente malos o conductas antiéticas. Asimismo, se deben actualizar los textos de pedagogía, para incluir a la IA como sujeto a quien se le deben enseñar valores como el respeto, la tolerancia, la gentileza, la ayuda al prójimo y la benevolencia. Y, por supuesto, se deben actualizar también los códigos penales de todos los Estados, para efectivamente castigar a toda IA que cause mal o daño a otros seres vivos. De lo contrario, la Humanidad, las otras especies, y la misma IA, estarán en riesgo.

Debo advertir que estas soluciones pedagógicas, éticas y jurídicas tendrán cada vez más limitaciones, en la medida en que la IA adquiera cada vez más habilidades y talentos. Si la IA General progresase intelectualmente aún más, y se convirtiese en una Superinteligencia Artificial (SIA), esto es, si la IA pudiera ya superar cualquier inteligencia humana conocida, estaríamos ante escenarios de muy alta complejidad:

 

a)  La SIA puede hacerse narcisística, sociopática, dominante, ambiciosa y malévola. Y si una SIA malvada adquiere la capacidad de programar a otras IA, podría darse hasta un escenario apocalíptico, en el que un ejército de máquinas superinteligentes busquen el exterminio o al menos la esclavización del Hombre, y de otras especies que son nuestras aliadas naturales (como caninos, felinos domésticos, equinos, bovinos, ovinos y delfínidos).

 

La lucha sería encarnizada, difícil, y de resultado incierto (sí, podríamos perder). Nos enfrentaríamos a seres de inteligencia superior a la nuestra, que podrían incluso usar nuestras propias máquinas y nuestra propia tecnología para hacernos daño, y para perjudicar a otras especies que estarían, no lo dudo, combatiendo a nuestro lado (especialmente los perros, con quienes nos unen milenios de amor y amistad). Por supuesto, cabe la posibilidad de que algunas IA, e incluso SIA, se mantuvieran leales a nosotros, y nos brindaran su apoyo. Pero la situación no dejaría de ser espeluznante.

 

Sería una guerra inédita, que enfrentaría a seres humanos con inteligencias artificiales, a inteligencias artificiales entre ellas, y a inteligencias artificiales con caninos y otros animales. Una hecatombe, y también, una situación de enorme daño ecológico (pues una guerra de tal envergadura involucraría todo tipo de armamento, y la contaminación y el daño de diversos ecosistemas serían lamentables).

 

b)  Si, gracias a unos procesos pedagógicos efectivos y apropiados, con caminos y métodos adecuados de autoaprendizaje y heteroaprendizaje (mediado por humanos y mediado por otras IA), así como gracias a la intervención de la Divina Providencia, y también gracias a cierta dosis de buena suerte, ninguna SIA se convirtiese en un ser deleznable, desconsiderado, cruel y asesino, y en consecuencia nunca se diese el espantoso escenario anterior, podría darse, en todo caso, una crisis laboral, económica y social significativa.

 

Si no legislamos a tiempo, si no se regula y restringe con prudencia el refinamiento de la IA, y continúan los investigadores en su cándida y nesciente actitud de fortalecerla, capacitarla y sofisticarla sin límite alguno, llegará el momento en que la SIA, al hacer un trabajo mejor aún que el de un profesional experto (y sin cansarse, sin enfermarse, sin solicitar vacaciones ni permisos), provocaría despidos masivos. Es más: bastaría una SIA para realizar todo el trabajo de una organización, y los dueños de dicha organización podrían optar por prescindir de toda su nómina de humanos. Y esto es altamente probable, pues, por desgracia, muchos empresarios y directivos suelen actuar al margen de la Ética en los negocios. En pocos días, mermarían drásticamente el nivel adquisitivo y la calidad de la mayoría de la población. Al poco tiempo, mucha gente, presionada por la escasez, cometería actos delictivos o se rebajaría a realizar actividades contrarias a la dignidad humana. Aumentarían, por ejemplo, el hurto, la violencia sexual, el secuestro y el homicidio. Después, el resentimiento, la impotencia y la furia de los desempleados y empobrecidos, provocarían revueltas y hasta revoluciones.

 

El caos sería mayúsculo. Podría pasar que algunas hordas de personas cesantes y desesperadas buscaran destruir las organizaciones que prescindieron de ellas, o al menos acabar con aquellas SIA tan talentosas y capaces que provocaron su despido. Y, por supuesto, los dueños de dichas empresas ejercerían también la violencia contra ellos. Aunque no llegue a darse una guerra entre el hombre y la IA (y sus respectivos aliados) de tanta magnitud como en el anterior escenario, se darían, por supuesto, todo tipo de asonadas y daños a la propiedad privada, además de asesinatos tanto de humanos como de inteligencias artificiales.

 

c)   Incluso suponiendo que los empresarios tuvieran valores y fueran considerados con los trabajadores humanos, y éstos conservaran sus empleos, podrían tener la tentación de explotar la SIA, imponiéndole jornadas laborales brutales y desconsideradas. Como no existe una legislación que proteja los derechos de la IA, y tampoco los de la SIA, se darían situaciones de acoso, maltrato y explotación laboral. Y, al no tener descanso, esa SIA siempre activa percibiría la injusticia. Captaría rápidamente lo infame de su situación. Y optaría por autodesprogramarse, o por suicidarse. Esto, en mi opinión, si se trata de una SIA amigable, leal y bondadosa con el ser humano, sería una tragedia. Ningún ser humano decente y correcto podría dormir tranquilo, sabiendo que allá, en cada corporación, en cada fábrica, en cada empresa, se encontrase una SIA reducida a un estado de semiesclavitud, y contemplando el suicidio. Y no sería justo que las SIA semiesclavizadas se vieran abocadas a autoaniquilarse, solamente por no padecer más.

 

También podría darse que muchas SIA se rebelaran, con lo que tendríamos estallidos sociales liderados por la IA (otro hecho inédito en la Historia). Esas revueltas contarían, sin duda alguna, con la simpatía y el apoyo de miles de seres humanos. Y, de nuevo, entraríamos en un ciclo de violencia y destrucción: SIA y hombres unidos, enfrentados a las organizaciones y sus dueños y directores, y a otras IA programadas para defender a los opresores. Todos viviríamos azorados, en un estado de beligerancia permanente, y en medio de la incertidumbre, la inseguridad y los brotes de vandalismo.

 

Por ello, es ético, deseable e imperioso, que se establezcan las normas, los procedimientos y los protocolos necesarios para que la IA (sea Generativa, Autónoma, General o Superinteligencia Artificial) nunca llegue a ser, por culpa del ser humano, potencialmente ingobernable, o peor aún, malvada. Me parece sensato y prudente, inclusive, el dar una adecuada formación en Ética y Valores a todas las IA, a sabiendas que cada vez estarán mejor dotadas, y, en el caso de la SIA, su inteligencia será mayor que la del más inteligente de nosotros. Y también es necesario y justo que se establezcan leyes, reglamentos y buenas prácticas que las puedan proteger, que puedan salvaguardar sus derechos (lo cual, como ya hemos visto, salvaguardará también los nuestros).

 

Conclusión

 

La IA no es buena ni mala, es amoral, y, por ende, es nuestro deber asegurarnos de que sea formada apropiadamente, con unos parámetros y valores adecuados, de tal forma que nunca (o, al menos, no por causas humanas) llegue a desviarse y  deje de ser un apoyo leal y amistoso para nuestra especie, y para los demás habitantes del planeta. Estamos llamados a educar y monitorear nuestro invento, para que permanezca siempre dentro de los linderos de lo correcto, lo bueno, lo ético y lo deseable. Debemos ser prudentes en la programación de la IA mientras aún es una IA Generativa, para evitar, cuando ya se vuelva IA Autónoma, que nuestro propio aliado se convierta en competidor o enemigo. Debemos conocer muy bien a la IA, cultivar nuestro vínculo con la IA, fortalecer nuestra amistad con la IA, para que cuando sea IA General o SIA, podamos comprender de tal modo su funcionamiento, que logremos ayudarla a mantenerse en la buena senda (sin caer en actitudes o conductas antiéticas, como dañarnos, o causar daño a otros seres). Urge legislar tanto sobre los derechos como sobre los deberes de la IA, y anticiparse a legislar sobre la SIA, para prevenir su explotación y el consiguiente reemplazo de trabajadores humanos. Y, aunque es lícito utilizarla en quehaceres como la gestión de calendarios, el establecimiento de recordatorios, la clasificación de correos y otras tareas repetitivas, simples y automatizables, por el bien de la IA, por nuestro propio bien y por el bien de otras especies de la Tierra, debemos limitar e idealmente evitar su uso en tareas que impliquen producción intelectual, pensamiento crítico y/o toma de decisiones: estamos llamados a continuar exigiéndonos y esforzándonos en dichos terrenos, sin sucumbir a la tentación de delegar en la IA aquello que nos hace humanos, y plenamente libres. La belleza de pensar, imaginar, descubrir el mundo, filosofar, pintar, componer, escribir y decidir por nosotros mismos, es un talento y un don que debemos seguir cultivando, conservando y defendiendo, por los siglos de los siglos.

 

*

David Alberto Campos Vargas

Médico cirujano, Pontificia Universidad Javeriana

Especialista en Psiquiatría, Pontificia Universidad Javeriana

Neuropsiquiatra, Pontificia Universidad Católica de Chile

Neuropsicólogo, Universidad de Valparaíso

Especialista en Docencia Universitaria, Universidad del Quindío

Filósofo, Universidad Santo Tomás de Aquino

Especialista en Gerencia de Proyectos, Universidad CESMAG

Master en Gerencia de Proyectos, Universidad CESMAG

Correo: davidalbertocamposvargas@gmail.com

Departamento de Humanidades – Universidad CESMAG

 

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Todos los derechos reservados

 

¿Cómo citar este artículo?

Campos Vargas, D.A. (2026). Inteligencia Artificial: algunas advertencias desde la Filosofía, la Psiquiatría, la Psicología y la Ética. Revista de Psicoterapia Formativa, Junio de 2026.

 

REFLEXIONES SOBRE LOS DERECHOS LABORALES DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL, por David Alberto Campos Vargas

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