viernes, 31 de marzo de 2023

LA DEPRESIÓN COMO APRENDIZAJE, por David Alberto Campos Vargas


LA DEPRESIÓN COMO APRENDIZAJE


David Alberto Campos Vargas, MD*


Está claro que la depresión es una enfermedad médica. No tiene que ver con falta de voluntad ni con debilidad. Es un síndrome psiquiátrico, con evidentes escenarios clínicos y un manejo médico para cada uno de ellos.

Lo que pasa es que como no se trata de una herida abierta y visible, como no evidencia hemorragia, mucha gente ignorante se encarga de torturar a quienes la padecen con cuentos tan cándidos como ofensivos. En consecuencia, los que sufren de esta enfermedad, además de tener que lidiar con ella, tienen entonces que enfrentarse a la incomprensión, los comentarios estresantes y poco empáticos, y a veces la manifiesta hostilidad de sus familiares y conocidos.

Los distintos tipos de depresión son una clara condición médica con un correlato biológico innegable. Insisto: el problema no radica en una supuesta pusilanimidad personal, ni en una supuesta debilidad de carácter, ni en una supuesta mediocridad de espíritu. Por eso la pueden padecer personas con una formidable fuerza de voluntad, personas luchadoras y determinadas. Por eso la pueden padecer personas fuertes, vigorosas y rebosantes de energía. Por eso la pueden padecer personas inteligentes, brillantes y talentosas.

Se deprimen líderes, organizadores, empresarios y deportistas de alto rendimiento. Se deprimen científicos, filósofos, héroes y veteranos. Se deprimen también las personas profundamente espirituales, místicos, pastores, sacerdotes y monjes. No es fragilidad, ni mucho menos una falla en la personalidad. No es un capricho. No es falta de fe. No es pecado. No es cobardía. No es pobre capacidad de esfuerzo, La depresión es enfermedad, y como tal, debe abordarse profesionalmente.

La depresión no es un invento de esta época; siempre ha existido, a lo largo de la Historia: lo que sucede es que hasta hace muy poco tuvo por fin un lugar claro en la nosografía y la psicología médica. La gravedad de una depresión mal manejada no es alharaca de psiquiatras. A diario, en todas partes del mundo, la gente se suicida. Casi siempre, detrás de esos suicidios, está la depresión. También a diario, millares de personas llegan tarde a trabajo, o no asisten, o, si llegan, lo hacen a media máquina. En más de la mitad de ellas, existe algún tipo de depresión.

Esta enfermedad afecta el rendimiento, la productividad y la eficiencia. Enlentece, en todos los contextos. Las personas y las familias, las ciudades y las naciones, son afectados por ella, a nivel económico, social y político. La depresión también empaña y limita al espíritu del hombre, y por eso subyace a muchas existencias alejadas de la plenitud, siendo el común denominador de proyectos de vida frustrados o estancados. Debido a eso, estoy convencido que la depresión no diagnosticada o mal manejada es una de las condiciones médicas que más relacionada está con la infelicidad del ser humano y los problemas del mundo. Si todos los seres humanos tuvieran una vida plena, difícilmente desplegarían conductas de insolidaridad, mezquindad y violencia.  

Teniendo en cuenta lo anterior, se hace imperioso que las personas consulten a tiempo. Que se haga un diagnóstico y que se inicie un tratamiento razonable, pertinente y certero. Sin embargo, también por ahí los mitos hacen mucho daño. Además de los consabidos cuentos, como que “todo es ponerle ganas”, o que "eso es falta de fe", o que “no hay que ser desagradecidos con la vida”, o las patéticas intervenciones con las que intentan “motivarlos” ("A mí nunca me ha dado eso", "Yo sí sé enfrentar los problemas, y por eso nunca he pensado en matarme", "Eso es que a usted lo(a) consintieron mucho, y se volvió mimado(a)"), los que rodean al paciente no saben brindarle ayuda. 

Y, por desgracia, los que sí reconocen que la depresión de su allegado es una dolencia, dan todo tipo de rodeos antes de buscarle una cita con el especialista en Psiquiatría. Lo habitual es que primero lo lleven con una vecina rezandera, un yerbatero, o un brujo. Siguen pasando los días. Si la persona aún no ha atentado contra su vida, siguen perdiendo tiempo valioso: la llevan a alguna comunidad parroquial, la saturan con material multimedia de "motivación", la bombardean con mensajes bienintencionados pero agotadores. Continúa corriendo el tiempo. 

Si aún no ha atentado contra su vida, llevan al deprimido donde un supuesto "experto” (que suele ser un charlatán que ni siquiera es médico, y que ejerce de manera ilícita y flagrante), o lo intentan “curar” en algún sitio de teguas o chamanes. De ahí, más angustiado aún, el pobre paciente prosigue su trágica romería y es llevado con algún guía religioso. Si se trata de una persona ética y sensata, dicho guía le indica que consulte a un especialista, pero no siempre ocurre así. 

Y si no se ha suicidado ya, el paciente consulta a un médico general o a un psicólogo al cabo de varias semanas de haber iniciado sus síntomas. A veces ya la enfermedad ha remitido un poco, y el paciente, si aún vive, tiene que lidiar con comentarios ofensivos como: “¿Si ve?, usted no tenía nada”, o "Fíjese, nadie le ha dado con el diagnóstico, eso es que usted no tiene nada".

Y qué desgracia, muchos médicos generales y psicólogos subestiman la gravedad de la situación. En vez de proceder con eficiencia, y solicitar valoración por Psiquiatría, muchos "terapeutas" hacen alguna intervención floja (un consejito trillado, una frase que consideran “motivacional”, y que ya ha oído antes el sufrido paciente, o una falsa "terapia" poco estructurada), y llenos de narcisismo (o peor aún, a veces con el afán de hacerse un dinero a costa del paciente), evitan derivarlo a tiempo con un psiquiatra. En vez de remitir con prontitud a ese ser humano que sufre, muchos médicos generales se contentan con formular un sedante (casi siempre el menos adecuado). No tienen ni idea de la Psiquiatría, pues se formaron con la tonta idea de que no es una especialidad útil, y pasaron por ella sin mayor interés en el pregrado. O peor aún, de que es algo "fácil", que no es sino decir una burrada y recetar algo que deje fundido al paciente. Por culpa de ellos, muchos pacientes con depresión son sometidos a un sufrimiento innecesario. Por ese mal hábito de muchos médicos generales, y de terapeutas profanos en Psiquiatría, la depresión avanza y todos sus daños (a nivel de pareja, familia, comunidad y trabajo) se multiplican. Y cuando por fin se deciden a remitirlo, casi siempre es demasiado tarde y el paciente tiene afectado hasta su juicio de realidad.

Si ni siquiera en las Facultades de Medicina y Psicología se trata con respeto a la Psiquiatría (de hecho, en muchas de ellas quienes dan las clases de Psicopatología, Semiología y Psicología Clínica no son psiquiatras, y mucho menos, psiquiatras con entrenamiento en psicoterapia), ¿qué puede esperar quien está pasando por una depresión? Para rematar, cuando algunas universidades sí ofrecen a sus estudiantes la posibilidad de aprender de un psiquiatra psicoterapeuta, es frecuente el fenómeno de que ellos mismos menosprecien la oportunidad, no se esmeren en realizar sus actividades de rotación y asistan de mala gana, pues creen que se trata de una especialidad "menor", de poca importancia. 

De otro lado, es insuficiente la información de la que dispone la opinión pública con respecto a los trastornos depresivos, la Psiquiatría y la Psicoterapia. El común de la gente del Tercer Mundo ni siquiera sabe qué hacen los médicos psiquiatras, y se dejan guiar por prejuicios, habladurías, interpretaciones distorsionadas y clichés. Aunque cada vez hay menos personas que por ignorancia se llenen de pavor o se irriten si un buen amigo les aconseja consultar un psiquiatra y empezar una psicoterapia, la verdad es que, todavía hoy, millones de personas sólo tengan una idea del psiquiatra por referencias literarias o cinematográficas. ¡Y cuánto tiene que pasar para que un paciente sea llevado a donde un verdadero terapeuta, y no donde un diletante sin estudios suficientes!

Por eso es mandatorio educar, sensibilizar, darle otras luces y otras perspectivas a la comunidad.

El siguiente paso, asumida la depresión como una dolencia verdadera, y logrado en el imaginario colectivo que el tener una enfermedad mental y el buscar su tratamiento no sean vistos de manera despectiva, es ver qué se hace con la depresión.

Los pacientes merecen ser tratados adecuadamente. Un enfoque integral y transdisciplinario, del que mucho se habla pero poquísimas veces se aplica en situaciones reales y concretas, es fundamental. No bastan las medidas farmacológicas, ni las medidas psicoterapéuticas, ni las psicosociales, por sí mismas. Se requiere, para un tratamiento contundente, abordarlo todo, y abordarlo bien. Lo que he intentado hacer desde que en 2010 propuse el modelo de Psicoterapia Formativa (un enfoque integral, encaminado a la felicidad y la plenitud vital, formador de una personalidad armónica y ecualizada, potenciador de los aspectos saludables tanto en el paciente como en el doctor, con una praxis filosófica y una posibilidad de redefinición y renovación existencial), es que a todos los pacientes, y a todas las personas, se les mire como seres completos y capaces de cambiar su situación, y que se les deje de mutilar o reducir a determinado síntoma o  etiqueta diagnóstica. Y eso incluye, por supuesto, a todos los seres humanos que tienen algún trastorno depresivo.

Todo el mundo debe saber que no es suficiente una medicación, y que sería muy ingenuo esperar una especie de panacea o fármaco milagroso que borre todos los síntomas depresivos. Si el psiquiatra no es un buen psicoterapeuta, está frito. Del mismo modo, si no se tienen en cuenta los contextos familiar y social del paciente, poco se hace.

El adecuado abordaje es el más completo, el más abarcativo posible. Un tratamiento total. Involucrando a la familia y a los amigos del paciente. Modificando sus ambientes. . Brindándole una asesoría completa, que tenga en cuenta también sus necesidades básicas (entorno, vivienda, seguridad social, empleo). Potenciando su vida de pareja (y, por ende, educándolo en la asertividad, en la comunicación clara y eficiente, en el disfrute de una sexualidad responsable, en la construcción de un proyecto en común). Dándole una mano desde lo médico, lo psicológico, lo trascendente, lo artístico, lo literario, lo lúdico, lo deportivo, lo cinestésico y lo ocupacional. Eso es lo que pretendo con la Psicoterapia Formativa: que no se quede por fuera del tratamiento psiquiátrico ni un sólo campo de la vida del paciente. En su calidad de psicoterapia filosófica y teológica, le apunta a la existencia en su conjunto. Ningún aspecto existencial puede quedar desatendido. 

Y es por ello se equivoca el que pretende ejercer la Psiquiatría si no cuenta con las condiciones adecuadas (formación tanto en psicoterapia como en neurociencias, integridad, responsabilidad, honradez, bondad, solidaridad, calidad de vida y aspiraciones espirituales satisfechas, una personalidad bien estructurada, una vida espiritual fuerte, humildad para aprender del paciente, buena disposición, genuino deseo de ayuda, y un entendimiento lo más completo posible de la naturaleza y la condición humanas). Por eso se hunde en pantanos peligrosísimos el psiquiatra que no cuente con la suficiente preparación, o que ignore la necesidad de una vida religiosa fecunda, o que desconozca la indispensabilidad de unos principios sólidos y una moral intachable. Por eso se pierde la oportunidad de aprovechar el vínculo, la alianza y la sinergia terapéuticos, quien no tenga claro su horizonte ético, o quien se de a sí mismo una mala calidad de vida (limitándose en sus aspectos creativos, lúdicos, espirituales y estéticos) y descuide su propio derecho a la felicidad.

Integral. Completo. Transdisciplinario. Total.  Así debe ser el abordaje de un paciente que se encuentra padeciendo un trastorno depresivo (y, a decir verdad, cualquier tipo de padecimiento). Mal hace el que se jacta de ofrecer salud mental si no tiene en cuenta todas las dimensiones de la existencia, si descuida lo artístico, lo recreativo o lo trascendente en su paciente (y en sí mismo), si no aprehende a la persona humana, al hombre en su totalidad, sino que cae en parcialismos, reduciendo su acción a lo simplemente farmacológico, o centrándose en intervenciones meramente sintomáticas, o descuidando los entornos académico, laboral, familiar y social del paciente, o dedicándose a lo puramente psíquico sin tener en cuenta lo médico y biológico. 

Pero no cesa ahí el acompañamiento. Un buen psiquiatra tiene que ayudarle a descubrir a su paciente nuevas potencialidades. A darle fuerza a todos los aspectos positivos de su paciente. A validar lo que está haciendo bien, y apoyarlo a que lo haga aún mejor. A desempolvar habilidades y talentos que yacían olvidados. Esa es una psicoterapia bien hecha: la que permite aprender, crecer, madurar (insisto, tanto al paciente como al psiquiatra). La que abre nuevos horizontes para todos los integrantes del proceso terapéutico.

El paciente tiene que utilizar esa vivencia de enfermedad como una vía hacia la felicidad, la armonía, la madurez, la realización personal: en suma, hacia la plenitud existencial. Y llegamos a un punto clave:¿Qué partido le puede uno sacar, como persona, a la depresión? Esto es, ¿cómo puedo usarla yo, como psiquiatra o como paciente, para aprender de mí, de los otros y del mundo? Y a partir de dichos aprendizajes, ¿cómo puedo (podemos) crecer?

Porque la depresión, si bien es una enfermedad grave, que afecta el desempeño del paciente y perjudica todas sus dimensiones vitales, si tiene el tratamiento adecuado, puede traer consigo una oportunidad. Una maravillosa oportunidad. Como toda crisis, tiene un enorme potencial para el crecimiento y la sana estructuración de la personalidad. Puede convertirse en el nacimiento de nuevas y hermosas perspectivas. La terapéutica apropiada abre esas posibilidades ocultas, y permite que la depresión sea una bonita ocasión para que el paciente emerja más fuerte, más equilibrado y más pleno.

La depresión también puede ser una oportunidad para la introspección. La gente vive acelerada, en una premura incesante, angustiada por ese montón de trivialidades, disturbios y agitaciones que, lamentablemente, en nuestra época muchos confunden con la vida. La prisa, el estrés, las emociones desbordadas, la ausencia de tiempos y espacios para el encuentro con el alma (como la reflexión, la oración, la meditación o la introspección), el narcisismo generalizado, la sobrecarga emocional, la pobre autonomía y la ausencia de pensamiento crítico (que llevan al ahogamiento en un barullo de información tan masiva, caótica y contradictoria, que termina siendo desinformadora), los afanes, el materialismo, la exigencia social de hacer de la propia vida un espectáculo de masas, la cultura light, las múltiples ocupaciones, la insolidaridad y todos los aspectos negativos de la neoposmodernidad, con frecuencia asfixian al hombre y lo sumen en el más completo desmantelamiento espiritual. Suprimen la creatividad, no dejan tiempo para pensar (y, mucho menos, para filosofar), le hacen creer a la gente que no se puede orar, ni disfrutar en familia, ni trabajar en lo verdaderamente esencial y valioso (formarse para la plenitud, reconectarse con Dios, crecer, vivir una vida sosegada, equilibrada y fructífera), ni darse siquiera un respiro en medio de tanta estupidez, violencia y superficialidad del mundo.

Enfatizo: en medio del ritmo febril al que nos empuja esta época, a muchos seres humanos no les queda tiempo para el pensamiento. Eso es una canallada. El resultado es una enorme masa poblacional cada vez más insegura y trastornada, cada vez más desorientada y ansiosa de placeres efímeros que no logran paliar su infelicidad crónica, cada vez más agresiva y desinteresada del prójimo, cada vez más raquítica moral y mentalmente. A todas luces, hay que hacer un alto en el camino, y salirse a tiempo de ese huracán de afanes en el que está inmersa casi toda la Humanidad. Y, por supuesto, pensar. No hay mejor vía hacia la maduración que ese ejercicio de mirar hacia adentro, contemplar la propia mente, profundizar en el propio psiquismo. Por eso hoy en día, los que se quieren un poco, buscan con fruición atisbos de vida serena y contemplativa (que tanto escasea en la banalidad de la cultura light del siglo XXI): retiros y ejercicios espirituales, actividades religiosas y de ayuda a los demás, lecturas edificantes, viajes pedagógico-culturales, actividades deportivas en las que la diversión prime sobre la competencia, juegos y momentos de sano esparcimiento en familia. Los que no, pueden encontrar la ocasión para estar consigo mismos en la vivencia depresiva. Es decir, la enfermedad puede ser el último recurso que use su atormentado psiquismo para hacerlos soltar el pie del acelerador. Puede ser el camino para empezar a quererse un poquito. 

La persona que experimenta una depresión puede aprovecharla para desentenderse, por una temporada, de las tontas distracciones de la cotidianidad. Puede descubrir una segunda vocación, retomar una sana afición, volver a establecer prioridades en su vida, reconectarse con sus verdaderas aspiraciones. Así, el trastorno depresivo se convierte en un significativo aprendizaje, que le permite al paciente arrancar ese cambio positivo de vida que siempre quiso, y emprender una tarea creativa que le ayude a aliviarse y sea también un bello legado a las generaciones venideras.  

En aras de la productividad, obsesión de muchas sociedades, la mayoría de la gente ha perdido el rumbo. No tiene más dirección que aquella que, de manera tiránica y desconsiderada, sus empresas o jefes le marcan. Eso es algo sumamente triste. Algunos historiadores marcan un supuesto final de la esclavitud y la servidumbre en la línea del tiempo, pero se equivocan. Hoy en día, a millones de personas en el mundo les restringen su derecho a la felicidad y a la plenitud, las acosan laboralmente, les vulneran sus derechos en sus organizaciones, las persiguen por sus creencias, les niegan las condiciones mínimas para el digno ejercicio de sus profesiones.

Ahí también puede ofrecer un noble servicio la vivencia depresiva, si se le aprovecha adecuadamente (en el marco de un tratamiento integral, por supuesto). Si se le sabe sacar el jugo, un episodio depresivo ayuda a poner en perspectiva todo lo que se hace, todo lo que se deja de hacer y todo lo que se podría hacer con la propia vida. Y la liberación puede ser maravillosa. 

La depresión puede ser, de este modo, emancipadora. Nos puede cuestionar de manera filosófica. Nos puede hacer pensar si en realidad estamos viviendo la vida que queremos, o simplemente estamos aplazando nuestros sueños para cumplir los sueños de otros. Nos puede indicar si vamos por el camino correcto o si, por el contrario, estamos abusando de nuestro cuerpo. Nos puede señalar si lo que hacemos redunda en nuestro crecimiento personal, o es simple codicia o afán de poder. Nos puede llevar a amarnos más y mejor, dejando de lado la aprobación o la desaprobación de un montón de sujetos y nimiedades francamente irrelevantes para nuestra vida.

Me encanta cuando un paciente, elaborado el proceso, suelta un montón de cargas que lo tenían aplastado y se lanza a vivir, por fin, la vida feliz que se merece. Me fascina, porque también lo he experimentado. Se dice que después de la tempestad llega la calma, pero qué grato es aprender también a cantar y bailar bajo la lluvia, y, una vez la lluvia cesa, aprovechar la ocasión para cambiarse esa ropa vieja que quedó mojada. 

Es una dicha aprender de la depresión para enfocarse en lo que de verdad nos importa, nos hace bien, nos realiza y nos trae felicidad. Eso nos permite ir en pos de nuestras metas, con determinación y confianza absolutas, orientados al logro y llenos de entusiasmo. Y dejar de mendigar aceptación y popularidad, en un mundo y una época tan terriblemente necios, que nos venden como supuesto éxito vital una existencia de borregos, adormecida y atemorizada, presta a acatar las cosas que repite una y otra vez el rebaño de congéneres, matándose y sacrificando lo realmente valioso por locuras como la de creer que la gloria está en hacer muchísimo dinero (para despilfarrarlo enseguida, en todo tipo excesos, banalidades y tonterías) y en presumir de esa enorme cantidad de gastos en fotos ridículas publicadas en redes sociales.

La depresión también puede ser una oportunidad para el descubrimiento de que se tiene un alma que hay que cuidar. Un alma que, bien encaminada, puede ser capaz de cosas sublimes y maravillosas. Un alma que, agradecida, aspirará de ahí en adelante a lo más alto.   

Vivimos una época peculiar, de materialismo extremo. Mucha gente anda por ahí creyendo que la felicidad se puede comprar, y que se es más exitoso en la medida en que se es más adinerado. Mucha gente vive en la más completa ignorancia, despreocupada de los cuidados del alma y de las cuestiones trascendentes. En medio de tanto afán por amasar fortunas, no me extraña que hoy en día casi todo el mundo se sienta insatisfecho, descontento y a la deriva. Y pobre, sumamente pobre.

Aprender de la depresión es empezar a darse cuenta que existe un psiquismo esperando a ser alimentado de verdad. Que ser es más importante que tener o dominar. Que se le puede dar otro tipo de ingresos a la existencia. Que no sólo de pan vive el hombre.

A veces la gente sólo se percata de la existencia de la vida psíquica, o se toma la molestia de cultivarla, si siente la conmoción existencial generada por un trastorno depresivo. Lo ideal sería no necesitar de semejante aliciente, pero a veces es lo único que puede despertar a las personas de los pantanos del materialismo.

De otro lado, un uso sabio de la experiencia depresiva conlleva la oportunidad de hacernos más empáticos, más compasivos, mucho mejores personas. Lo he visto en miles de seres humanos. Es como si el haber pasado por dicha situación los hubiese despertado de su individualismo (otro gran defecto de esta época) y les hubiese mostrado, por fin, que existe todo un entramado de seres en el Universo, y que es gracias a ellos que pueden mantener la existencia propia.

Por eso animo a mis pacientes a que utilicen ese poder transformador que tiene la depresión en sí misma. Es algo que no sólo se debe superar. También se puede vivir, elaborar, y disfrutar. Así es. ¡No todo tiene que ser dolor y sufrimiento! También la enfermedad puede ser una sabia maestra. Aliento a mis pacientes a que no le tengan miedo a sacar provecho de dicha crisis existencial. Se puede experimentar, a partir de ella, un interesante renacimiento. Podrán emerge menos atados a las imperfecciones del mundo y de la época, menos envenenadas por el egoísmo y el resentimiento, más motivadas a cuidar y servir a los demás.

Todos los médicos (tanto si son psiquiatras como si no) se hacen mejores personas, y por supuesto mejores profesionales, si han sabido aprovechar la ocasión. Lo importante es eso. Aprovecharla. Si simplemente se centran en quitarse los “molestos síntomas”, y no hacen un proceso verdadero, seguirán siendo como eran. Por eso me gusta, cuando trabajo con médicos o con psicólogos que se deprimen, reflexionar y trabajar en el cómo pueden renacer mucho mejor capacitados para atender con calidad, profesionalismo y amor.

Otra oportunidad que brinda la depresión, si se le afronta como camino, es la de aprender a no juzgar a la ligera a las personas que estén padeciéndola. Uno no logra entender completamente y con claridad a estas personas que están sufriendo un cuadro clínico depresivo si antes no ha probado al menos un poco de esa hiel. Yo mismo era de los que criticaba a los suicidas. La misma vida se ha encargado de ponerme, en varias situaciones, en la provechosa tarea de repensar, reconceptualizar y redefinir, y de ir dejando todos esos prejuicios de antaño. El que llegó a cometer suicidio merece toda nuestra misericordia. No tenemos ningún derecho a juzgarlo. En cierta medida, es un recordatorio de lo enfermo de nuestro funcionamiento como civilización.

Tras haber salido de las tinieblas de la depresión, las personas pueden empezar a valorar mejor todo lo que tienen de luminoso en sus vidas. Ya han visto la oscuridad. En consecuencia empiezan a percatarse, de manera más vívida, de tanta luz que hay en ellos, y en los demás.

Muchos pacientes, al recuperarse de su depresión, me han comentado que después de ese evento se vuelven más agradecidos con sus vidas, con sus familias, con sus amistades, con los dones con los que han sido bendecidos. Cuando he escuchado lo anterior, no he cesado de animarlos a que sigan descubriendo ese camino. A veces llegan bastante lejos. Se convierten en personas sumamente bondadosas e iluminadas, llenas de amor por el prójimo.

Otro escenario de aprendizaje está dado por la pérdida y el duelo. Sí, los seres humanos somos bastante dados a hacer apegos, y nos da bastante duro el experimentar la ida, el cambio o la desaparición de lo que consideramos nuestras cosas más preciadas. Y la depresión bien aprovechada puede servir como un antídoto frente a esta situación.

Hay quienes se deprimen por cosas que en su momento consideran “lo más importante”… y al cabo de unos años, mirando en retrospectiva, llegan hasta a reírse por haber dado tanta importancia a esas cosas. Descubren que estaban apegados a cosas superfluas, o a personas o situaciones que no podían durar eternamente.

Lo ideal en la psicoterapia es que los pacientes capten que no se les puede exigir infinitud a los seres que en realidad son finitos, impermanentes y perecederos. Y que, por eso mismo, se debe aprovechar la magia del presente. Si en verdad aman a una persona, si en verdad están satisfechos viviendo en un lugar o trabajando en una institución, deben dar lo mejor de sí mismos en ese instante.  

Es hermoso constatar que muchos pacientes logran comprender lo anterior, y empiezan a valorar enormemente el aquí y el ahora. Van dejando tanta inhibición, tanta insensatez, y se vuelven más generosos a la hora de ayudar y dar muestras de cariño. Entienden que un abrazo afectuoso en vida es mucho más útil que una enorme corona de flores cuando ya ese ser amado ha muerto.

Ese tipo de pacientes que han aprendido de la depresión empiezan a gozarlo todo, a disfrutar mejor cada experiencia, cada pequeño placer de la vida, como leer algo bueno, relajarse y sonreír al escuchar una canción o acariciar una mascota. Y no se dejan enturbiar la vida por sujetos que quieran hacerles daño robándoles esos dulces momentos de virtuoso placer.

La experiencia de la depresión puede ser una lección con respecto a no aferrarnos a lo que es perecedero o puede tener un final. Del aferramiento surge buena parte de ese miedo enorme que le tienen muchos a la muerte, y de esa desconsideración y brusquedad con la que suelen tratar al anciano o al moribundo, y de ese estéril afán por verse jóvenes.

Esta época está tan llena de confusión que hay millares de sujetos, en todo el mundo, pretendiendo ser inmortales y dándole la espalda a las realidades ineludibles del envejecimiento, la caducidad y la muerte. Por eso vemos abuelas intentando pasar por lolitas, viejos verdes haciendo el ridículo, madres acostándose con los novios de sus hijas, cincuentones al borde del infarto en el gimnasio. Y jóvenes tan pánfilos, tan despistados, tan anulados por la moral de rebaño (que les inculca a diario que tienen que acomodarse a ciertos estereotipos de belleza y tener un cuerpo de modelos), que no tienen noción de lo creativo, y mucho menos de lo religioso o trascendente, sino que, presas de la inseguridad y del deseo de aprobación, se sacan y publican en redes sociales una foto tras otra. Y por eso los vemos, a todos ellos, aterrorizados y confundidos, cuando requieren ser hospitalizados o se encuentran de cara a la enfermedad y la muerte, y su mundo de fantasía narcisística se les viene abajo.

Cuando una persona ha pasado por un episodio depresivo y ha aprendido bien la lección, se enfrenta ya a la enfermedad y a la probabilidad de morir con mayor naturalidad, con interesante estoicismo, como si supiera de antemano que eso ya iba a pasar, que “estaba ya en el presupuesto”. Y lo más sorprendente es que tiene mayores oportunidades de sobrevivir, y hasta de curarse.

Otra interesante oportunidad de la experiencia depresiva es la de empezar a ver más allá, de abrirse a la trascendencia. He constatado, a lo largo de mi carrera, que muchos de los que no tenían ninguna idea de Dios, de Cielo o de Infinito, o que incluso sentían aversión por ellos, emergen de un episodio depresivo con mayor apertura, sedientos de vida espiritual.

Y sí. Muchos agnósticos y ateos, tras superar la depresión, empiezan un interesante camino de vivencia religiosa. Descubren ese aspecto de su personalidad que había quedado escindido, que habían dejado de lado. Empiezan un proceso de integración, de recuperación de esas partes de ellos mismos que creían inexistentes o innecesarias. Muchos me han manifestado que a partir de entonces sus vidas han sido más completas, más fecundas, más dignas de ser vividas.

*

En resumen, la depresión es una entidad real con un diagnóstico y un tratamiento definidos. Una realidad de doble naturaleza: hunde y estanca si no es manejada profesionalmente, pero también empuja a la transformación y a la plenitud existencial si se trata adecuadamente y se aprovecha como oportunidad, como camino.

Los más básicos no saldrán de un episodio depresivo sino atemorizados, deseosos de que jamás vuelva a ocurrir. Pero los más sublimes saldrán con unas ganas inmensas de ayudar, de comprender amorosamente y de acompañar a otras personas que estén pasando por algún tipo de sufrimiento.



David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)

Médico cirujano, Pontificia Universidad Javeriana
Especialista en Psiquiatría, Pontificia Universidad Javeriana
Neuropsicólogo, Universidad de Valparaíso
Neuropsiquiatra, Pontificia Universidad Católica de Chile
Filósofo, Universidad Santo Tomás de Aquino
Teólogo, Obispado Castrense de Colombia
Padre de la Psicoterapia Formativa


Cómo citar este artículo: Campos Vargas, D.A. (2023). La depresión como aprendizaje. Revista de Psicoterapia Formativa. Marzo de 2023.

Publicación original: Campos Vargas, D.A. (2015). La depresión como aprendizaje. Pensamiento y Literatura. Septiembre de 2015.

domingo, 29 de enero de 2023

IMPACTO CLÍNICO DE LA ORACIÓN EN PACIENTES CON TRASTORNOS DEPRESIVOS, MEDIDO ENTRE JUNIO Y DICIEMBRE DE 2022 EN DOS INSTITUCIONES HOSPITALARIAS DEL QUINDÍO, por David Alberto Campos Vargas, Ana Ximena Murillo Mosquera y Maria Camila Aristizábal Urina

 

IMPACTO CLÍNICO DE LA ORACIÓN EN PACIENTES CON TRASTORNOS DEPRESIVOS, MEDIDO ENTRE JUNIO Y DICIEMBRE DE 2022 EN DOS INSTITUCIONES HOSPITALARIAS DEL QUINDÍO

 

David Alberto Campos Vargas*, Ana Ximena Murillo Mosquera**, Maria Camila Aristizábal Urina***

 

 

Resumen

 

La Psicoterapia Formativa tiene uno de sus fundamentos en la vida religiosa, entendida como relación con Dios, como conexión con lo sagrado y lo trascendente, y hecha realidad concreta en una vida espiritual encaminada a la plenitud, la formación de una personalidad armónica y la configuración de una conducta sana, amorosa y adaptativa. Uno de los aspectos clave de esta religiosidad y esta religación con lo sublime y lo divino es la oración. La Psicoterapia Formativa, al potenciar la espiritualidad y fomentar el crecimiento en todas las dimensiones humanas, favorece la felicidad y la realización existenciales, y con ello, configura una vida de plenitud.

Los pacientes que tienen algún padecimiento psiquiátrico de tipo depresivo, es decir, que cumplen con los criterios diagnósticos de alguno de los trastornos depresivos definidos como entidades nosográficas (Trastorno Depresivo Mayor Episodio Único Leve, Trastorno Depresivo Mayor Episodio Único Moderado, Trastorno Depresivo Mayor Episodio Único Grave Sin Síntomas Psicóticos, Trastorno Depresivo Mayor Recurrente Episodio Actual Leve, Trastorno Depresivo Mayor Recurrente Episodio Actual Moderado, Trastorno Depresivo Mayor Recurrente Episodio Actual Grave, Trastorno Depresivo Mayor Recurrente en Remisión Parcial, Otros Trastornos Depresivos Recurrentes, Distimia, Duelo, Trastorno Adaptativo de tipo Depresivo), se benefician de orar a diario dentro de su tratamiento. La oración les permite tener una relación con Dios activa y eficiente, los acerca a lo sacro y favorece la plenitud existencial; asimismo, rezar disminuye la intensidad de sus síntomas depresivos, mejora la autoestima, incrementa la esperanza, serena el ánimo, infunde confianza en que las cosas mejorarán en un futuro, amortigua la severidad de los síntomas depresivos, hace que se logre la remisión clínica en menos tiempo y aumenta la sensación de bienestar y calma en los pacientes.

Estos hallazgos aportan nueva evidencia que respalda uno de los ejes conceptuales de la Psicoterapia Formativa: la vida religiosa como uno de las dimensiones conducentes a la plenitud existencial, la realización personal, la felicidad, la integración y la ecualización del psiquismo, la reestructuración de la personalidad, la optimización del desempeño en todas las dimensiones de la vida y la redefinición de la forma de ser en el mundo.

 

Palabras clave: Oración, Trastornos Depresivos, Salud Mental, Bienestar, Esperanza, Optimismo, Autoestima, Calidad de Vida, Psicoterapia, Psiquiatría, Psicoterapia Formativa.

 

Abstract

 

Formative Psychotherapy has one of its foundations in religious life, understood as a relationship with God, as a connection with the sacred and the transcendent, and made a concrete reality in a spiritual life aimed at fulfillment, the formation of a harmonious personality and the configuration of a healthy, loving and adaptive behavior. One of the key aspects of this religiosity and this reconnection with the sublime and the divine is prayer. Formative Psychotherapy, by enhancing spirituality and promoting growth in all human dimensions, favors happiness and existential fulfillment, and with this, shapes a life of plenitude.

Patients who have the diagnostic criteria for any of the depressive disorders, they benefit from praying daily within their treatment. Prayer allows them to have an active and efficient relationship with God, brings them closer to the sacred and favors existential plenitude; likewise, praying decreases the intensity of your depressive symptoms, improves self-esteem, increases hope, calms your spirits, instills confidence that things will improve in the future, softens the severity of depressive symptoms, and leads to clinical remission in less time and increases the feeling of well-being and calm in patients.

These findings provide new evidence that supports one of the conceptual axes of Formative Psychotherapy: religious life as one of the dimensions leading to existential plenitude, personal fulfillment, happiness, integration and equalization of the psyche, restructuring of the personality, the optimization of performance in all dimensions of life and the redefinition of the way of being in the world.

 

Keywords: Prayer, Depressive Disorders, Mental Health, Well-being, Hope, Optimism, Self-esteem, Quality of Life, Psychotherapy, Psychiatry, Formative Psychotherapy.

 

 

Introducción

 

Para la Psicoterapia Formativa, la buena vida religiosa es primordial, pues permite la realización personal y la felicidad, los dos fundamentos de la plenitud existencial.

Al concebir la psicoterapia como un proceso total, formativo e integrador, la Psicoterapia Formativa busca sacar provecho de todos los aspectos de la vivencia humana que permitan un fecundo acercamiento a Dios, con todos los beneficios que ello conlleva.  

El psicoterapeuta y el paciente formativos buscan una vida plena, el desarrollo de virtudes como la fe, la esperanza, el amor, la sabiduría, la fortaleza psíquica, la armonía, la resiliencia, la caridad, la prudencia, la justicia y la solidaridad, la transformación vital, la formación de cogniciones y conductas que contribuyan a la felicidad, la reflexión y la praxis filosófica.

En línea con lo anterior, los psicoterapeutas formativos promovemos en nuestros pacientes la oración, la vida sacramental, las lecturas edificantes (con énfasis especial en las Sagradas Escrituras), las obras de misericordia, la religiosidad (entendida como relación y amistad con el Señor), la práctica de ejercicios espirituales, el despliegue de una vida acorde con los valores del Evangelio, la meditación (centrada en el infinito amor del Todopoderoso, en pasajes de la Biblia o en las enseñanzas de los doctores de la Iglesia), el despliegue de conductas altruistas y solidarias, la aplicación de máximas y ejemplos de santos y beatos (y, en general, de todos los seres humanos que destacaron por su servicio al prójimo, más allá de la religión que profesaron), la asistencia a retiros espirituales y la forja de un talante activamente bondadoso.

En caso de pacientes pertenecientes a corrientes religiosas no cristianas, o agnósticos o ateos, la Psicoterapia Formativa respeta la individualidad y las creencias individuales, y se adapta a lo que cada persona consienta y acepte. He observado que los pacientes no cristianos pero pertenecientes a otras religiones monoteístas cumplen a cabalidad con las tareas encaminadas a forjar una vida más plena propuestas por este modelo psicoterapéutico, en el marco, obviamente, de sus creencias. Los que pertenecen a religiones politeístas o misceláneas o se enmarcan dentro de la llamada Nueva Era, les fascinan las oraciones propias de sus tradiciones y la meditación. A los budistas y a quienes son creyentes pero no tienen una filiación religiosa específica, la meditación y las buenas obras les resultan sumamente útiles para alcanzar las metas terapéuticas. Los trece años de existencia de la Psicoterapia Formativa son ricos en casos de ateos que se sienten muy bien al leer textos inspiradores, al efectuar ciertos tipos de oración y meditación (aquellos que no implican una congregación o un acto devocional), y al realizar obras de caridad, actos de altruismo y todas las conductas que contribuyan a hacer de ellos mejores personas.

Del deseo de someter una variable específica del tratamiento de la Psicoterapia Formativa (la oración) al rigor, la objetividad y la racionalidad del método científico nació esta investigación. Quisimos determinar si la oración en sí misma constituía una ventaja, si no tenía ningún impacto, o si, por el contrario, resultaba perjudicial, en aquellas personas que estaban afrontando al menos uno de los distintos trastornos depresivos que existen como categorías diagnósticas.

El objeto de este estudio fue entonces aclarar si la oración traía o no consecuencias claramente medibles y constatables a la salud mental de los consultantes diagnosticados con algún trastorno depresivo. Los autores investigaron, en consecuencia, el efecto de la oración en los pacientes con algún tipo de trastorno depresivo del Hospital San Juan de Dios y del Hospital Mental de Filandia, entre julio y diciembre de 2022

 

 

Antecedentes

 

 

Platón fue el primer pensador en abordar lo divino desde una perspectiva sistemática. Señaló que Dios era el Supremo Bien, el culmen y la perfección absoluta de la bondad, la belleza y la justicia. Dicho Dios era un recordatorio de dichos ideales, y una invitación a buscarlos y vivirlos. También consideró que el hombre podría asemejarse a Él en la medida en que desarrollara dichas virtudes (en la medida en que se hiciera más bondadoso, bello y justo). De esta forma, el tener presente al Sumo Bien en sus vidas movería a los seres humanos a desarrollar una vida virtuosa.

Marco Tulio Cicerón entendió la religión como releer, volver, retornar, recorrer los senderos que dan soluciones y consuelan a los hombres. San Pablo captó que la religiosidad y la conducta debían ser una unidad coherente para que la oración resultara agradable a Dios, y mostró la oración en sus distintas facetas (saludo, petición, súplica, acción de gracias) como uno de los caminos más eficientes para relacionarse con Dios, adquirir alegría y paz espiritual, llevar una existencia armónica, crecer en gracia y actuar conforme al Evangelio.

Lactancio comprendió la religión como religare: una religación, una reconexión con lo trascendente, con lo que va más allá de la realidad material. San Agustín de Hipona logró exponer con absoluta claridad los beneficios tanto personales (introspección, moderación, equilibrio, sabiduría, encuentro con las verdades eternas) como sociales (el triunfo de la bondad y la justicia) de lo religioso, e incentivó la oración como uno de los mecanismos más eficaces para el crecimiento espiritual.

Santo Tomás de Aquino, sintetizando las tradiciones filosóficas y teológicas de numerosos pensadores neoplatónicos (Plotino), cristianos (Tertuliano, Clemente de Alejandría, Orígenes, san Juan Damasceno, san Gregorio Nacianceno, san Ambrosio de Milán, san Agustín de Hipona, Pedro Abelardo, san Buenaventura), hebreos (Maimónides) y musulmanes (Avicena, Averroes), encontró que la religión incentivaba el cultivo del espíritu, la vida virtuosa y la conducta conducente al mayor bien a nivel individual y colectivo. También describió los efectos positivos de los distintos tipos de oración para el hombre: claridad mental, incremento de las virtudes, mayor entendimiento de las situaciones de la vida, acercamiento a Dios, plenitud y felicidad.

Iniciando la Edad Moderna, grandes místicos escribieron extensamente sobre las bondades y los frutos de la oración. Cabe mencionar a san Juan de Ávila, san Juan de la Cruz, santo Tomás de Villanueva, santa Teresa de Ávila, Antonio de Molina, Luis de la Palma, beato Luis de Granada, san Juan de Ribera, Diego de Estella, Luis de la Puente, beato Bartolomé de los Mártires y san Pedro de Alcántara, quienes describieron además los gozos y las delicias experimentados por quienes rezaban y meditaban a menudo.

Personajes famosos por haber sido enfermeros y haber narrado cómo aquellos pacientes asiduos a la oración mejoraban clínicamente, sobrellevaban mejor el dolor crónico y hasta se curaban milagrosamente, fueron san Ignacio de Loyola, san Juan de Dios, santa Catalina de Siena, san Camilo de Lelis, san Martín de Porres y san Pedro Claver. Ellos mismos experimentaron, a pesar de sus quebrantos de salud y gracias a su fervorosa vida espiritual, un vigor, un entusiasmo y una fortaleza extraordinarios para poder socorrer a los dolientes y necesitados que tuvieron a su cargo.

En la época de los grandes pedagogos y fundadores de instituciones educativas (san José de Calasanz, san Juan Bautista de La Salle, san Marcelino Champagnat, san Antonio María Claret, san Juan Bosco), se evidenció que la religiosidad hacía que los jóvenes fueran más reflexivos, organizados, maduros, sociables, solidarios y felices. La oración y la meditación fueron ampliamente usadas en estos colegios, como herramientas para formar personas éticas, felices consigo mismas y dispuestas a ayudar al prójimo.

Con la creación de clínicas especializadas en la atención a pacientes psiquiátricos, numerosos pedagogos, médicos, enfermeros, consejeros y terapeutas encontraron que la religiosidad en general, y la oración en particular, aliviaban enormemente el sufrimiento, optimizaban la adaptación y disminuían las conductas autolesivas. Cabe citar a san Benito Menni, Sandor Ferenczi, Alfred Adler, Maria Montessori y Franz Alexander.  

Eminencias de la psiquiatría, la psicología y la psicoterapia estudiaron los efectos positivos de la religión en el psiquismo humano. Carl Gustav Jung fue un convencido de la religiosidad como poderoso factor de sanación; animó a sus pacientes a tener una activa vida religiosa y a conectarse con lo mítico y lo sacro; fue un erudito en temas teológicos e introdujo a quienes lo consultaron en prácticas de oración y meditación, así como en la lectura de distintos textos de corte espiritual, tanto de tradiciones cristianas como de otras confesiones. Asimismo, Jung encontró que los íconos religiosos eran símbolos poderosísimos, que hacían emerger experiencias milenarias compartidas (arquetipos del inconsciente colectivo) y permitían a los pacientes acceder a la idea de totalidad y unión de los opuestos, y estimuló la búsqueda de experiencias religiosas como camino hacia la individuación y maduración de la personalidad. Richard Wilhelm, Jolande Jacobi, Barbara Hannah, Joseph Lewis Henderson, Marie-Louise von Franz y Aniela Jaffé, que se nutrieron de la Psicología Analítica postulada por Jung, también describieron cientos de casos en los que la oración, la meditación, la asistencia a servicios religiosos (oraciones colectivas y sacramentos católicos, cultos protestantes, pujas hinduistas y budistas, ofrendas jainistas) y otros intentos de contacto con Dios y lo sagrado (romerías y peregrinaciones, danzas religiosas, ritos de paso, actos votivos), resultaron benéficos para la salud mental de los pacientes: redujeron sus síntomas, los ayudaron a madurar, les dieron consuelo y fortaleza en los momentos difíciles, fueron ocasión para encontrar su sentido de vida y les permitieron mayores funcionalidad y adaptación al entorno.

Ludwig Wittgenstein, un filósofo que estuvo interesado en temas psicológicos, entendió que la religión le permite al hombre valorar e interpretar lo que considera profundo e importante. Nicholas Wosteltorff, además de lo anterior, postuló que la creencia religiosa es muy útil socialmente, dada su función regulativa: guía a cada quien a formarse una imagen de cómo debería ser el mundo, y a actuar correctamente, en consonancia con dicho ideal. Otros pensadores que abordaron la fe, la espiritualidad y la trascendencia fueron Jacques Maritain, Max Scheller, Karl Jaspers y Gabriel Marcel. Todos ellos encontraron que la espiritualidad cristiana animaba a llevar una conducta amorosa, solidaria y compasiva, y que el marco religioso promovía la calma y la confianza aún en situaciones extremas. Es más: hallaron que la religión constituía un asidero, un apoyo de valor incalculable, allí donde las fuerzas netamente humanas se veían limitadas o superadas (como en las situaciones límite descritas por Jaspers, en las que se pone en jaque la misma existencia).   

Erik Erikson afirmó que las religiones son fundamentales para el desarrollo de una identidad y una personalidad sanas, puesto que los rituales religiosos marcan el compás de distintos momentos de la existencia (bautismo en la niñez, confirmación en la adolescencia, matrimonio en la adultez, unción de los enfermos en la aceptación de la enfermedad y la preparación para la muerte) y la religión es el vehículo a través del cual su respectiva cultura promueve en el individuo la forja de las virtudes necesarias para cada etapa de la vida.    

Joseph John Campbell ayudó a sus pacientes (y sus numerosos lectores) alentando la religiosidad como oportunidad de autoconocimiento, y describió de qué manera las imágenes religiosas conectaban lo mítico, lo psíquico y lo sacro, y permitían la emergencia de lo que Jung denominaba el arquetipo del héroe. Entretanto, Erich Neumann describió su importancia en el desarrollo personal y la exploración de lo inconsciente conducente al descubrimiento del sí-mismo y la conciencia plena.

Viktor Frankl evidenció que la religiosidad va de la mano con la trascendencia y el sentido de la vida, permite aceptar los golpes de la vida y da fuerzas para continuar adelante. Constató que la religión podía impulsar a todos los hombres a ser mejores personas (pues forjaba en ellos el deseo de ayuda a los demás, la caridad y la solidaridad social) y a construir una existencia más genuina (dando autenticidad y significado).

Elizabeth Kübler-Ross señaló la importancia de las creencias religiosas a la hora de afrontar distintos tipos de duelo (afrontar la muerte de un ser querido, un divorcio, la aparición de una dolencia física grave) y aceptar las enfermedades terminales y la muerte con serenidad, esperanza e incluso alegría. También postuló que la vida espiritual debía ser parte indispensable de los cuidados paliativos.

Posteriormente, varios representantes de la Psicología Transpersonal (Timothy Leary, Stanislav Grof, Ken Wilber, Anthony Sutich) describieron los provechos para la vida psíquica (integración del psiquismo, ampliación de la conciencia, experiencia de lo sacro, estados amplificados de amor, relajación, conocimiento interior profundo) de los distintos tipos de experiencia religiosa.

Más recientemente, Anselm Grün ha fusionado conceptos junguianos, espiritualidad católica y terapia sistémica, logrando una alta tasa de éxito en cuanto a orientación y consejería psicológica de matrimonios y familias; dicho autor insiste en la oración, la lectura de la Biblia y el uso de los sacramentos (especialmente Confesión, Comunión y Eucaristía) para el logro de una vida equilibrada y de un completo bienestar corporal, mental y espiritual. Desde la Psiquiatría y la Psicoterapia actuales, Boris Cyrulnik ha continuado transitando el camino abierto por Jung, Jaspers y Frankl.

 

 

Conceptos fundamentales

 

 

Los trastornos depresivos son un grupo de enfermedades psiquiátricas de origen multifactorial, que afectan especialmente la esfera emocional de la persona. Su semiología, en consecuencia, es rica en síntomas afectivos: tristeza, anhedonia, llanto fácil o incontrolable, labilidad afectiva, sensaciones de fracaso, impotencia, decaimiento, culpa, derrota, malestar o desesperanza, disforia, hipersensibilidad, nostalgia, remordimiento (tanto por lo que se hizo como por lo que se dejó de hacer), ansiedad, dolor (moral, psíquico y hasta físico) e inquietud psicomotora (o, por el contrario, enlentecimiento psicomotor). También hay sintomatología cognitiva (cogniciones negativas, ideas de minusvalía, ideas de culpa, ideas de fracaso, ideas de desesperanza, ideas de muerte, ideas de suicidio), volitiva (desmotivación, hipobulia, abulia), somática (cefalea, angina, dorsalgia, lumbalgia, prurito, diarrea o estreñimiento, fibromialgia) y relacional (irritabilidad, brusquedad en las respuestas, tendencia al aislamiento, y deterioro en el desempeño familiar, laboral, académico y social), por lo que se puede afirmar que en todo trastorno depresivo se da una afectación global (psíquica, física y espiritual) de la persona.

El diagnóstico de los trastornos depresivos es eminentemente clínico. Se llega a él a través del encuentro con el paciente y la correspondiente entrevista clínica semiestructurada. Hay unos signos y síntomas específicos, como los arriba mencionados, evidenciables en la entrevista psiquiátrica.

El paciente con Trastorno Depresivo Mayor Episodio Único Leve tiene ánimo triste, llanto ocasional, anhedonia, insomnio de conciliación, desánimo, disminución del apetito, ligero enlentecimiento de las funciones cognitivas, debilitamiento del juicio, ideas de minusvalía, bradipsiquia, bradilalia y ligera bradicinesia.

En el Trastorno Depresivo Mayor Episodio Único Moderado se encuentra la tristeza como emoción predominante (a veces en concomitancia con ansiedad), ganas de llorar frecuentes, sensación de vacío, anhedonia, insomnio y sueño fragmentado, hipobulia, hipodinamia, hipersensibilidad e irritabilidad (incluso por asuntos de poca monta), cansancio y falta de energía, falta de apetito, fallas en la atención, problemas para concentrarse, bradipsiquia, deterioro en el juicio y la toma de decisiones, dificultad para razonar correctamente, ideas de minusvalía, ideas de inutilidad, ideas de muerte pasivas, bradilalia y bradicinesia.

El Trastorno Depresivo Mayor Episodio Único Grave sin Síntomas Psicóticos exhibe una tristeza desesperada, ansiedad marcada, llanto constante (y, con frecuencia, la sensación de sentirse peor después de haber llorado), anhedonia, sensación de vacío y fracaso existencial, insomnio (tanto de conciliación como de reconciliación) y sueño fragmentado, abulia, adinamia, franca disforia, cansancio, anergia, falta de apetito, fallas gruesas en la atención, la concentración y la memoria, bradipsiquia, juicio severamente comprometido por el estado afectivo, raciocinio alterado, toma de decisiones deteriorada, fijación en fracasos del pasado, autorreproches ideas de minusvalía, ideas de inutilidad, ideas de minusvalía, ideas de culpa, ideas de muerte activas, ideas suicidas de estructuración variable (a veces francamente elaboradas), bradicinesia e incluso acinesia.

El Trastorno Depresivo Mayor Episodio Único Grave con Síntomas Psicóticos suele presentarse con una tristeza y un abatimiento profundos, signos físicos como la omega melancólica, las comisuras labiales hacia abajo o la postura cabizbaja por tener la mirada en el suelo, anhedonia, sensación de vacío y fracaso existencial, insomnio (tanto de conciliación como de reconciliación), abulia, adinamia, anergia, ausencia de apetito, fallas gruesas en la atención, la concentración y la memoria, bradipsiquia, juicio y raciocinio abolidos, estancamiento mental, incapacidad para tomar decisiones, fijación en tropiezos y pérdidas del pasado, vivencia del presente como un fracaso, autorreproches constantes y muchas veces injustos (por lo desmedidos y exagerados), ideas de minusvalía, ideas de inutilidad, ideas de minusvalía, ideas de culpa, ideas de muerte activas, ideas suicidas estructuradas y acinesia. Pueden presentarse alucinaciones egodistónicas e ideas delirantes de corte depresivo.

En el Trastorno Depresivo Mayor Recurrente Episodio Actual Leve se encuentran dos o más episodios depresivos, mostrando el episodio actual ánimo triste, llanto ocasional, anhedonia, insomnio de conciliación, desánimo, disminución del apetito, ligero enlentecimiento de las funciones cognitivas, debilitamiento del juicio, ideas de minusvalía, bradipsiquia, bradilalia y ligera bradicinesia.

El Trastorno Depresivo Mayor Recurrente con Episodio Actual Moderado es un trastorno depresivo recurrente (ya se trata de más de dos episodios depresivos) que está presentando un episodio depresivo actual consistente en ánimo triste, anhedonia, llanto fácilmente provocado y/o frecuente, sensación de vacío, insomnio y sueño fragmentado, hipobulia, hipodinamia, hipersensibilidad e irritabilidad (incluso por asuntos de poca monta), cansancio y falta de energía, falta de apetito, fallas en la atención, problemas para concentrarse, bradipsiquia, deterioro en el juicio y la toma de decisiones, dificultad para razonar correctamente, ideas de minusvalía, ideas de inutilidad, ideas de muerte pasivas, bradilalia y bradicinesia.

Trastorno Depresivo Mayor Recurrente con Episodio Actual Grave es el trastorno depresivo recurrente que está cursando en el momento de la evaluación con ánimo triste, anhedonia, llanto espontáneo y frecuente, ideas de minusvalía, ideas de culpa, ideas de desesperanza, ideas de muerte, ideas de suicidio, insomnio marcado (usualmente de tipo mixto: tanto de conciliación como de reconciliación), bradipsiquia, bradilalia, bradicinesia, facies francamente depresiva con omega melancólica, astenia, abulia y adinamia. Puede también acompañarse de ideas delirantes, usualmente de corte nihilista o hipocondríaco, alucinaciones egodistónicas y en ocasiones inquietud o agitación psicomotora.

El Trastorno Depresivo Mayor Recurrente en Remisión es aquel trastorno depresivo recurrente adecuadamente controlado, y por lo tanto asintomático al momento de ocurrir la entrevista. 

Otros Trastornos Depresivos Recurrentes es la categoría diagnóstica utilizada para aquellos trastornos depresivos recurrentes que no cumplen con la totalidad de los criterios de los trastornos depresivos recurrentes anteriormente expuestos. 

La Distimia es un trastorno depresivo consistente en tener ánimo triste la mayor parte del día, la mayor parte de los días, durante más de dos años (por lo que lleva al establecimiento de una personalidad neurótica de corte depresivo, con marcado pesimismo y una forma negativa de ver la vida y el mundo).

El Duelo es un trastorno depresivo reactivo, secundario a una pérdida (y, por lo tanto, resulta normal y esperable la mayoría de las veces). Constituye una Reacción de Ajuste. Se habla de Duelo Patológico cuando es de una intensidad, una duración y una presentación clínica desmedidas.

El Trastorno Adaptativo de tipo Depresivo es un trastorno depresivo resultante de un estrés significativamente intenso o prolongado, que aparece dentro de los tres primeros meses de exposición a dicho factor estresante, con elevado malestar subjetivo y deterioro clínico evidenciable en una alteración del desempeño en las esferas personal, conyugal, familiar, laboral y/o social.

La oración, por otra parte, se ha definido como una experiencia privilegiada, en la que se da una conversación amistosa con Dios (un diálogo del hombre con el Creador), la cual consolida la buena relación con Él. Orar es estar en unión con el Señor dentro de las peculiaridades de cada uno (el Todopoderoso que ama a su criatura predilecta, y el ser humano débil pero esperanzado, que gracias a su fe sabe o al menos intuye que será escuchado).

Se han dado varias definiciones sobre la oración: la petición a Dios de bienes convenientes (san Juan Damasceno), un coloquio al mismo tiempo amistoso y humilde con el Señor (san Gregorio Nacianceno), una oportunidad de acercarse a quien es el Todopoderoso (san Juan Crisóstomo), un pensar en Dios con piedad y afecto humilde (san Agustín de Hipona), el piadoso afecto de la mente que piensa en Dios (san Buenaventura), la elevación de la mente a Dios para alabarlo y pedirle las cosas convenientes para la salvación eterna (santo Tomás de Aquino), un encuentro de amor con el Amado (san Juan de la Cruz), un abandono en los brazos de Dios (san Juan Pablo II), una oportunidad para renovar y revigorizar la fe (Benedicto XVI).

Es muy ilustrativa la comprensión (nítida y acertada, al mismo tiempo psicológica, antropológica y teológica) que tenía Benedicto XVI sobre la oración. Desde cuando era profesor de Teología. Joseph Ratzinger se centró en la vivencia del hombre orante. Algunos de sus hallazgos han sido estos: a) la oración es un estilo de vida que enseña a escuchar y acatar la palabra y la voluntad del Señor (a confiar en Él y a dejarnos conducir por Él); b) orar es hacer lo que Cristo ha querido enseñarnos: conectarnos con el Padre; c) la oración es un encuentro personal, íntimo y profundo, con un Dios amoroso que siempre está a la espera de poder amar a Su criatura; d) cuando la persona ora, entra en comunión con el Amor pleno, y aprende a amar; e) la oración como encuentro no la podemos circunscribir a una técnica, a un método o a una ceremonia: es la sintonía, en el pensamiento y en la voluntad, entre el ser humano y su Señor; f) orar no puede ser un acto interesado en el que a cambio de cumplir una serie de rituales se puedan esperar ciertos resultados, pues Dios no es manipulable ni comprable, y siempre están en juego la libertad y la gracia; g) rezar es un medio para acrecentar la unión con el Todopoderoso, que fortifica la fe y renueva la esperanza; h) aunque la criatura nunca podrá poseer por entero a su Creador, sí puede participar de la vida del Creador, conocerlo mejor y familiarizarse con Él a través de la oración; i) mediante la oración el corazón del hombre logra deshacerse de las preocupaciones del mundo; j) el cristiano que reza no pretende cambiar los planes de Dios o corregir lo que Dios ha previsto: busca más bien el encuentro con el Padre de Jesucristo, pidiendo que esté presente, con el consuelo de su Espíritu, en todos los momentos de su vida; k) orar con fe y deseo de seguir la voluntad del Todopoderoso impide la degradación del hombre, le permite vivir con la mirada fija en Él, y lo salva de la esclavitud de doctrinas fanáticas y terroristas; l) rezar es un medio para avivar el deseo de estar cerca de Dios y vivir genuinamente los valores del Evangelio; m) la oración es una escuela de fe, esperanza y caridad; n) el que ora se transforma: le da cada vez más cabida al Señor en su vida, y aprende qué es lo que verdaderamente puede pedirle; o) rezar alivia el sufrimiento, nos alegra y nos hace libres ante la seducción de los falsos ídolos que han encandilado al mundo; p) la oración nos transforma en una permanente confesión de fe; q) cuando oramos asiduamente aprendemos a no anteponer nada al Amor; r) orar es alimentar la vida interior y aumentar la pertenencia al Señor; s) el que reza encuentra sostén en las situaciones difíciles de la vida.

Las finalidades y los tipos de oración pueden abarcarse en estos grupos: adoración, acción de gracias, petición, perdón y ofrecimiento. Todas las religiones presentes en el planeta fomentan al menos una de estas modalidades de contacto con lo sagrado. Las oraciones pueden ser novedosas, espontáneas, improvisadas y producto de la inspiración personal, o antiguas (como el Padre Nuestro, creada por el propio Jesucristo), inspiradas por el Espíritu Santo a los devotos especialmente cercanos a Dios, recitadas con fervor a lo largo de los siglos y constituyentes del tesoro de una tradición que nunca pasa de moda. En el cristianismo original (católico) ambas maneras de rezar son válidas. En el cristianismo ortodoxo, casi totalmente compatible con el catolicismo en cuanto al dogma, también. En las corrientes iniciales del protestantismo (luteranismo, calvinismo, anglicanismo), oraciones como el Padre Nuestro o el Gloria son claramente aceptadas. Dentro de los adeptos de las variopintas sectas derivadas de aquellas, muchos se resisten a las oraciones tradicionales; sin embargo, tan pronto conocen el origen bíblico de ellas, su resistencia cede un poco.

En el contexto colombiano, quienes se definen como creyentes son casi todos cristianos. El cristianismo católico, con 9 de cada 10 personas (90%), es dominante por amplia mayoría. Y casi la totalidad del 10% restante se divide entre las cada vez más numerosas ofertas del cristianismo protestante. Un pequeño porcentaje se identifica con algunas religiones de Lejano Oriente (especialmente budismo, taoísmo e hinduismo), pero son realmente escasos los colombianos que están oficialmente afiliados a ellas. Pensando en ello, entraron al estudio cuatro oraciones: el Padre Nuestro, el Alma de Cristo, la Coronilla de la Divina Misericordia y el Gloria.

 


Diseño del Estudio

 


Del universo estudiado (pacientes del Hospital Mental de Filandia y del Hospital San Juan de Dios) y la población seleccionada (aquellos pacientes que entre junio y diciembre de 2022 fueron atendidos por los autores del estudio, en el servicio de hospitalización de Medicina Interna del Hospital San Juan de Dios o en el servicio de consulta externa de Psiquiatría del Hospital Mental de Filandia), la muestra elegida (los pacientes mayores de edad que quisieron ingresar al estudio, dieron su consentimiento y cumplieron con los criterios de inclusión) tuvo la oportunidad de ser evaluada en al menos dos oportunidades, durante el semestre en el que se realizó la investigación.      

 


Tipo de Estudio

 


Se realizó una investigación cualitativa, con un modelo de estudio descriptivo tipo cohorte, evaluando durante 6 meses la evolución de cada paciente a través de entrevista clínica semiestructurada mensual, en mínimo 2 y máximo 6 entrevistas.

Cada entrevista tuvo una duración de al menos veinte minutos, y constó de los siguientes momentos: a) saludo; b) recolección de datos subjetivos (lo referido por el paciente y sus acompañantes) y objetivos (examen mental del consultante); c) confirmación (triangulada con sus acudientes) de que se estuvieran haciendo a diario todas las oraciones evaluadas en el estudio; d) redacción de la nota de control en la Historia Clínica; e) indicaciones, recomendaciones y signos de alarma.

 


Población

 


El Quindío llega ya a los 575.000 habitantes; la mayoría son de raza mestiza (57%) y blanca (28%), y el resto de raza mulata (10%), negra (4%) e indígena (1%). Se destaca como centro turístico y cafetero de Colombia. Sus municipios son: Armenia (ciudad capital), Calarcá, Filandia, Salento, Montenegro, Quimbaya, La Tebaida, Pijao, Génova, Córdoba, Buenavista y Circasia.

El Hospital Mental de Filandia es el principal hospital psiquiátrico del Quindío; cuenta con cuatro sedes (dos de las cuales están ubicadas en Armenia, y dos en Filandia), ofrece los servicios de consulta externa y hospitalización por Psiquiatría, fue fundada en 1969 y desde 2021 atiende alrededor de 4.500 pacientes al año.

El Hospital San Juan de Dios es el hospital general más grande del Quindío; se encuentra entre los límites de los barrios El Nogal y El Retiro en la ciudad de Armenia, es una institución de tercer nivel de complejidad y cuenta con servicios de Urgencias, Hospitalización, Unidad de Cuidado Intensivo y Unidad de Cuidado Intensivo Neonatal, fue fundado en 1911 y desde 2021 atiende aproximadamente 30.000 pacientes al año.

En este estudio participaron 620 pacientes, pertenecientes al servicio de hospitalización en Medicina Interna del Hospital San Juan de Dios o al servicio de consulta externa del Hospital Mental de Filandia. Todos ellos fueron pacientes procedentes de Armenia (ciudad capital), Calarcá, Filandia, Salento, Montenegro, Quimbaya, La Tebaida, Pijao, Génova, Córdoba, Buenavista o Circasia (es decir, todos ellos tienen su domicilio en el departamento del Quindío).   

 


Criterios de Inclusión

 


Entraron a la investigación los pacientes que tuvieran estas características: a) estar en el servicio de hospitalización de Medicina Interna del Hospital San Juan de Dios, o en el servicio de consulta externa de Psiquiatría del Hospital Mental de Filandia; b) no estar tomando ningún tipo de psicofármaco (para que los resultados clínicos fueran claramente achacables a la intervención investigada, y no a otras intervenciones o tratamientos); c) no estar recibiendo ningún tipo de psicoterapia diferente a Psicoterapia Formativa, por Psiquiatría o por Psicología (también con el objetivo de que los resultados clínicos fueran claramente derivados de la intervención investigada, y no a otras intervenciones o tratamientos); d) no estar recibiendo ningún tipo de tratamiento por terapia ocupacional por algún profesional de esta profesión (con el fin de evitar que otras intervenciones pudieran alterar el resultado); e) tener más de 18 años (ser mayor de edad en la República de Colombia); f) no tener algún tipo de retraso mental, discapacidad cognitiva o trastorno del desarrollo (condiciones que podrían alterar el curso clínico o los resultados); g) no tener algún tipo de enfermedad psiquiátrica grave como Esquizofrenia, Trastorno mental y del comportamiento secundario a lesión/disfunción cerebral, Demencia, Trastorno de Esquizoafectivo, Trastorno Afectivo Bipolar, y Trastorno mental y del comportamiento secundario a uso de sustancias psicoactivas (condiciones que podrían alterar el curso clínico, los resultados o el seguimiento de cada paciente a lo largo del año de estudio); h) haber asistido a alguno de los dos hospitales entre el primero de junio de 2022 y el 31 de diciembre de 2022; i) haber dado su consentimiento para hacer parte del estudio.

 

 

Criterios de Exclusión

 

 

No entraron a la investigación los pacientes que tuvieran estas características: a) tener citas con otros profesionales de la Salud Mental; b) recibir cualquier tipo de psicofármaco; c) recibir cualquier tipo de psicoterapia diferente a la Psicoterapia Formativa, por Psiquiatría o por Psicología; d) recibir cualquier tipo de terapia ocupacional por algún profesional de esta profesión; e) tener menos de 18 años (ser menor de edad en la República de Colombia); f) tener algún tipo de retraso mental, discapacidad cognitiva o trastorno del desarrollo; g) tener algún tipo de enfermedad psiquiátrica grave como Esquizofrenia, Trastorno mental y del comportamiento secundario a lesión/disfunción cerebral, Demencia, Trastorno de Esquizoafectivo, Trastorno Afectivo Bipolar, y Trastorno mental y del comportamiento secundario a uso de sustancias psicoactivas.

 

 

Intervención

 

 

Los 620 pacientes que quisieron participar en el estudio tenían estas características: a) 471 eran de raza mestiza, 109 de raza blanca, 32 mulatos y 8 de raza negra; b) todos tenían edades comprendidas entre los 18 y los 69 años; c) eran 290 de sexo masculino y 330 de sexo femenino; d) 16 de ellos pertenecían al estrato socioeconómico 6 (clase alta), 54 al estrato socioeconómico 5 (clase acomodada), 210 al estrato socioeconómico 4 (clase media), 203 al estrato socioeconómico 3 (clase media), 120 al estrato socioeconómico 2 (clase baja) y 33 eran de estrato socioeconómico 1 (población muy vulnerable); e) todos ellos tenían al menos un diagnóstico de trastorno depresivo. En cuanto a la filiación religiosa, 501 eran cristianos católicos, 109 eran cristianos protestantes (de variadas denominaciones), 4 eran agnósticos y 6 eran ateos.

A los 620 pacientes que quisieron participar en el estudio, dieron su consentimiento y cumplieron con los criterios de inclusión, se les dijo que implementaran estas oraciones todos los días: a) en la mañana, al despertar, el Alma de Cristo; b) a las tres de la tarde, la Coronilla de la Misericordia; c) antes de acostarse a dormir, un Padre Nuestro y un Gloria.

Con dicho esquema se logró el objetivo de no herir susceptibilidades ni violentar la fe de los pacientes que participaron del estudio, pues se eligieron cuatro oraciones antiguas compatibles con todos los subtipos de cristianismo (el Alma de Cristo, el Padre Nuestro, la Coronilla de la Divina Misericordia y el Gloria). Con respecto a las formas tradicionales de oración, se les explicó a todos los pacientes el por qué el Alma de Cristo y la Coronilla de la Divina Misericordia eran claramente cristocéntricas; asimismo, se les señaló el Padre Nuestro como la oración enseñada por Cristo como ejemplo perfecto para acercarse al Padre, y el Gloria como un reconocimiento a las tres Sagradas Personas: Padre, Hijo (Jesucristo) y Espíritu Santo. Al mostrarles el fundamento bíblico de todas las oraciones, la totalidad de los pacientes cristianos no católicos aceptó hacerlas, aunque sin mayor entusiasmo y sin esperar mayor cosa de ellas. Los pacientes agnósticos y ateos no tuvieron problema con realizarlas, pues dijeron que se habían enrolado en el estudio por curiosidad y estaban completamente abiertos a lo hacer lo que se les indicara.

A aquellos pacientes que no conocían alguna(s) de estas oraciones, se les entregó un modelo impreso con cada una de dichas oraciones.

Se monitoreó a lo largo del semestre al menos en dos ocasiones a cada uno de los pacientes, a través de entrevista presencial o telefónica (control por teleasistencia o teleexperticia), para cerciorarnos de que los creyentes no católicos o los no creyentes no se fueran a sentir incómodos o molestos en ningún momento de la investigación, por tener que realizar oraciones católicas, y para constatar que sí estuvieran haciendo la totalidad de las oraciones a lo largo del día, todas las semanas.

El hecho de que 119 de los 620 enrolados en el estudio hicieran oraciones tradicionales del catolicismo sin pertenecer a dicha confesión religiosa resultó ser interesante para la investigación, puesto que permitió escudriñar si la oración en sí misma era útil para los pacientes con trastornos depresivos, aún sin el respaldo afectivo, sin la congruencia ideológica y sin la sugestión como motores de mejoría sintomática. 

 

 

Resultados

 

 

De los 620 pacientes que participaron en el estudio, 617 evidenciaron una ostensible mejoría clínica, tanto a nivel subjetivo como a nivel objetivo (entrevista clínica semiestructurada); dentro de ellos estuvieron todos los no creyentes (pacientes agnósticos y ateos).

Sólo 3 de los participantes manifestaron que no observaron una mejoría sustancial, pero tampoco exacerbación o recrudecimiento de sus síntomas. Expresaron que lograron sentirse mejor, más esperanzados, y que definitivamente, la oración alejó las ideas tanáticas pasivas (el quererse morir, pero no por suicidio sino presentando una muerte repentina, preferiblemente al dormir). Se trató de tres pacientes femeninas, de 19, 24 y 28 años de edad, dos de ellas de confesión cristiana católica y una de ellas de confesión cristiana protestante, que presentaban múltiples estresores psicosociales (disfunción de pareja, disfunción familiar, desempleo y diagnóstico médico reciente) concomitantes con su cuadro clínico.

Ningún paciente señaló un retroceso clínico o empeoramiento de su sintomatología con la intervención estudiada (oración).

Todos los pacientes manifestaron que orar los hizo sentir mejor, más calmados y serenos. Asimismo, relataron que rezar a diario disminuyó en menos de una semana la intensidad de sus síntomas depresivos, mejoró su autoestima, incrementó su esperanza, infundió confianza en que las cosas mejorarán en un futuro, amortiguó la severidad de los síntomas depresivos, hizo que lograran la remisión clínica en menos de una semana, y aumentó la sensación de bienestar en todos ellos.

En sólo tres de los participantes no cambió el diagnóstico, porque no se redujeron ostensiblemente los síntomas tras seis meses de intervención (oración). En todos los demás, se vio un cambio clínico tan notorio que se vio un descenso en la severidad de la categorización nosográfica: 496 de los 620 pacientes pasaron de tener Episodio Depresivo Moderado a Episodio Depresivo Leve, y 124 pacientes dejaron de tener criterios diagnósticos compatibles con Distimia al finalizar el estudio.

 

 

Conclusiones

 

 

1. En esta investigación, se encontró que la oración es útil para disminuir ostensiblemente la sintomatología depresiva en la casi totalidad (617 de 620) de los pacientes estudiados.

2. Se evidenció que la oración aumenta la autoestima y hace sentir muy bien a la casi totalidad de los pacientes estudiados.

3. El estudio mostró que la oración disminuye la severidad del cuadro clínico en los distintos trastornos depresivos.

4. En línea con lo anterior (disminución de la sintomatología depresiva, aumento de la autoestima, sensación de bienestar, disminución de la severidad del cuadro clínico), es también posible que la oración disminuya la posibilidad de que las personas que tengan algún trastorno depresivo cometan suicidio. Sin embargo, se requiere de un ulterior estudio con una muestra más grande y con población más comprometida a nivel clínico (con trastornos depresivos graves y con ideación suicida activa) para constatar esta hipótesis. El asunto es que, en estos escenarios, el uso concomitante de psicofármacos será inevitable, por lo que sería apropiado un diseño que cubra dicha contingencia.

5. Este trabajo constató algo que muchos investigadores ya habían conceptualizado en años anteriores: que la oración es un factor decisivo para optimizar la salud mental, la autoestima, el bienestar y la calidad de vida. También corroboró los hallazgos que uno los autores había publicado en 2021.

6. Esta investigación corroboró lo que otras investigaciones similares habían encontrado: rezar es, en líneas generales, un hábito benéfico para la salud.

7. Esta exploración demostró que los efectos benéficos de la oración son independientes de las creencias religiosas o la filiación religiosa del paciente.

8. Resultó interesante que aún los pacientes agnósticos o ateos puedan sacar provecho de la oración, al menos en términos de reducción de la severidad de los síntomas depresivos. Deberán realizarse estudios posteriores, con muestras mayores, para esclarecer este fenómeno.

9. La oración demostró ser un factor positivo y saludable en la población estudiada (asistentes a la consulta externa de Psiquiatría del Hospital Mental de Filandia u hospitalizados en el servicio de Medicina Interna del Hospital San Juan de Dios de Armenia, en los meses comprendidos entre junio de 2022 y diciembre de 2022, que cumplieran con los criterios de inclusión). Será muy interesante realizar otros estudios similares en otros sectores poblacionales para observar el impacto de dicha intervención (la oración diaria y constante) en la salud mental de la población general.

 

 

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David Alberto Campos Vargas

Médico cirujano, Pontificia Universidad Javeriana

Especialista en Psiquiatría, Pontificia Universidad Javeriana

Neuropsicólogo, Universidad de Valparaíso

Neuropsiquiatra, Pontificia Universidad Católica de Chile

Psicoterapeuta, Sociedad de Psicoterapia Formativa

Filósofo, Universidad Santo Tomás de Aquino

Teólogo, Obispado Castrense de Colombia

Fundador de la Psicoterapia Formativa

Profesor, Universidad del Quindío – VitalCare

 

Ana Ximena Murillo Mosquera

Médica cirujana, Universidad del Quindío

Especialista en Psiquiatría, Universidad Militar Nueva Granada

Psiquiatra de Enlace, Pontificia Universidad Javeriana

Psicoterapeuta, Sociedad de Psicoterapia Formativa

Profesora, Universidad del Quindío

 

Maria Camila Aristizábal Urina

Médica, Universidad Alexander von Humboldt

Estudiante – Sociedad de Psicoterapia Formativa

 

Cómo citar este artículo: Campos Vargas, D.A., Murillo Mosquera A.X., Aristizábal Urina, M.C. (2023) Impacto clínico de la oración en pacientes con trastornos depresivos, medido entre junio y diciembre de 2022 en dos instituciones hospitalarias del Quindío. Revista Virtual de Psicoterapia Formativa, enero de 2023.

 

 


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