miércoles, 12 de abril de 2023

DESNUTRICIÓN INFANTIL Y SU INTERACCIÓN CON CARACTERÍSTICAS DE APEGO Y PATRONES CULTURALES , por Lodys Loreth López Mosquera, Faudy Jholey Puerta Londoño y Aura María Gil Villa


DESNUTRICIÓN INFANTIL Y SU INTERACCIÓN CON CARACTERÍSTICAS DE APEGO Y PATRONES CULTURALES 


Lodys Loreth López Mosquera, Faudy Jholey Puerta Londoño, Aura María Gil Villa



Resumen


Se ha descrito que la desnutrición infantil es el resultado de eventos biológicos y socioeconómicos que influyen en el desarrollo del niño; sin embargo, es importante resaltar el papel del cuidador y la manera de vincularse o asumir su papel dentro de las prácticas alimentarias propias y las aprehendidas en su entorno, y cómo ello influye positiva o negativamente en la patogenia de la desnutrición infantil. Por esta razón, con la presente revisión de tema se pretende abordar diferentes temáticas que permitan demostrar la posible influencia que tienen las características de apego, patrones culturales y su interacción con la desnutrición. datos y fuentes bibliográficas como Pubmed, Scielo, Medigrafic, UptoDate, Realdyc, Clinicalkey, Medline y DOAJ. 

Resultados: Las prácticas culturales maternas inciden en la forma como éstas asumen la enfermedad de sus hijos; algunas reconocen el deterioro de salud y otras, por sus características vinculares actúan negligentes o sobreprotectoras, sin reconocer integralmente las necesidades de sus hijos. 


Palabras clave: conducta alimentaria, niño, cultura, relaciones madre-hijo.


Introducción


La desnutrición se define como el resultado de una ingesta inadecuada de alimentos, de una absorción y/o uso biológico deficiente de los nutrientes consumidos. (De Onís, Onyango, Borghi, Siyam, Amani, Nashida, Siekmann, 2006) (Urke,, Torill, Mittelmark, 2011). La desnutrición se clasifica según su etiología, tipología, grados y tiempo de evolución. 

La desnutrición según etiología, se divide en:  1-primaria, por carencia nutritiva y/o psicoafectiva; 2-secundaria, resultado de una enfermedad de base y a un aprovechamiento inadecuado de nutrientes (Papp Paz, Campos Cavada, 2010). 

Por su parte, la desnutrición según su tipología se divide en 3 tipos: 

1-Marasmo: Pérdida de masa muscular y agotamiento de las reservas de grasa corporal (De Onís, Onyango, Borghi, Siyam, Amani, Nashida, Siekmann, 2006). Se caracteriza por piel delgada- seca, debilidad, apatía, irritabilidad(Moneta, 2014). 

2- Kwashiorkor: Se caracteriza por atrofia muscular, grasa corporal normal o aumentada y edema periférico (anasarca)(De Onís, Onyango, Borghi, Siyam, Amani, Nashida, Siekmann, 2006); frecuente en niños con deficiencia de proteínas, especialmente albúmina. 

3-Mixto: (Marasmo- Kwashiorkor) (Desnutrición edematosa) características de ambos tipos, por inadecuada ingesta dietética o por una enfermedad infecciosa común de la niñez(Klish, Nichols, 2015). La transición entre marasmo-kwashiorkor se asocia particularmente a alta morbilidad y mortalidad (Ramirez Prada, Delgado, Hidalgo Patiño, Pérez Navero, Gil Campos, 2011). 

A partir de 1970, la desnutrición empieza a difundirse como enfermedad pediátrica y fue incluida desde 1978 por los organismos internacionales en la atención primaria de la salud. El sector salud percibía la desnutrición como multi-causal y compleja, donde interactuaban factores socioeconómicos, culturales y psicológicos, asumiendo como  principal causa la falta de recursos económicos suficientes para una dieta equilibrada, unido a “desajustes familiares e individuales” (Uribe Gil, López Alcaraz, 2007). 

En esta revisión se resaltarán otras causas que influyen sobre la desnutrición como las características de apego, la relación padre-madre-hijo y los patrones culturales, donde también se describen factores como la atención biomédica y sus interacciones en el desarrollo de la desnutrición infantil y como ello favorece o no la salud de ese niño.


Desnutrición infantil 


Se llama desnutrido a un niño que tiene un consumo deficiente de alimentos y una ingesta energética inferior a los requerimientos básicos durante periodos prolongados. Se habla de desnutrición de primer grado cuando el niño ha perdido desde el 15% hasta el 25% de peso, con respecto al peso que le corresponde tener para su edad determinada; de desnutrición de segundo grado cuando la périda de peso fuctúa entre el 25 y el 40%; y de desnutrición de tercer grado a la pérdida de peso mayor del 40% con respecto a lo esperado para la edad (Gómez, 2003).


Desnutrición en niños en América


En todo el mundo, la MPE (malnutrición proteico-energética) severa, es la principal causa de muerte entre los niños menores de cinco años de edad (Klish, Nichols, 2015).

En el contexto latinoamericano, Centroamérica presenta los mayores índices de desnutrición crónica (déficit de talla parala edad): 18,6% de los niños. Sudamérica con 11,5% y el Caribe con 6,7%(Papp Paz, Campos Cavada, 2010). Guatemala representa la mayor prevalencia de desnutrición crónica infantil (48%), seguido por Haití y Honduras, ambos con 30%. Sin embargo, en los últimos 20 años han descendido los casos de desnutrición. (FAO, 2013). 

Para el  2006 la Unicef  subraya que en Latinoamérica, la desnutrición es mayor en niños de zonas rurales: entre 1.5 y 3.7 veces más alta que la un niño que vive en  zona urbana; y se cuadriplica en niños indígenas(Bachelete, 2006)(Papp Paz, Campos Cavada, 2010).


Desnutrición de los niños en Colombia 


Colombia enfrenta una transición nutricional en la que persisten los problemas de desnutrición mientras aumenta el problema de sobrepeso y obesidad (Neufeld, Pinzón,  Tolentino, 2010). Hasta el año 2011 la tasa de mortalidad por desnutrición en menores de cinco años más alta del país la tuvo el departamento de Guainía: por cada 100.000 menores se produjo aproximadamente una muerte(Ministerio de Salud y Protección Social, 2014).

Los registros notificados por el SIVIGILA (Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Publica) de mortalidad por y asociada a desnutrición en la semana epidemiológica 42 de 2014, arrojan que el departamento de Guajira representa el porcentaje más alto en Colombia, con 15.4% (Martínez Durán, 2015). En los reportes de niños menores de 1 año, el mayor porcentaje también se da en la Guajira, con un 14.2%.

Para la semana epidemiológica 13 de 2015 se reportaron los casos de mortalidad por desnutrición. El 46,5% de las muertes son en menores de un año; la mayor mortalidad se registra a los 2 meses de vida(De la Hoz Restrepo, 2014). El 53,5% de las muertes pertenecen al grupo de edad de 1 a 4 años y la mayor mortalidad se registra a los 12, 15, 16 y 17 meses de edad.


Desnutrición de los niños en Antioquia 


En 1998 los reportes de mortalidad por desnutrición fue 13,4%; en 1999 11,4%; el año 2000 se presentaron 557 casos. En el año 2007, el reporte fue de 6,8%. Entre el año 2010-2011 fueron 2.33 casos por 100.000 menores de 5 años para un total de 12 defunciones. (Toro, Cardona, 2013). 

En el municipio de Medellín, en cuanto a la morbilidad, el porcentaje de niños valorados entre 0 y 5 años por desnutrición crónica (Talla Baja para la edad) para el año 2005 fue 12%. En el año 2010, 8,5% (Gaviria Correa, 2012)(Profamilia, 2010; Toro, Cardona, 2013). A partir del año 2009, las cifras han permanecido por debajo del 5%. A pesar de ello la desnutrición sigue siendo una preocupación para el sistema de salud.  Por ello la implementación de programas como Maná, donde se busca mejorar la calidad de la alimentación, sigue siendo un factor determinante.


                                              Materiales y Métodos

  

Tipo de estudio: descriptivo, donde se incluyen madres con hijos que padezcan desnutrición de 0 a 5 años, excluyendo las madres con hijos que padezcan desnutrición mayores de esta edad y las madres con hijos sanos en este rango de edad.

Se revisaron 53 textos publicados desde el año 2004 a 2023, obtenidos de diferentes bases de datos.


Características del apego madre-hijo teorías de apego


Durante el desarrollo psico-evolutivo del niño, el apego es lo primero que se constituye dentro de la relación madre-hijo, el cual es determinante en el desarrollo de la personalidad y salud mental del niño (Uicab-Pool, Ferriani Carvalho y Gomes, Pelcastre-Villafuerte, 2009).Posteriormente se forma el vínculo afectivo el cual le permite al niño asegurar una organización interna estable. Al principio la meta es física y poco a poco es sustituida por componentes psicológicos “sentir la cercanía” del cuidador(Uribe- Urizar, 2012). 

El apego se concibe como un mecanismo pre- programado que activa todo una gama de comportamientos posibilitando la vinculación bebé-madre cuyo objetivo biológico es el de proveer la proximidad, protección y seguridad de parte del cuidador y que permitirá al niño la exploración de lo desconocido como también le genera un marco de confianza en el otro y en la vida (Uribe- Urizar, 2012). 


Teoría de René Spitz 


Los niños que no experimentan una buena relación con su madre durante el primer año de vida, tiende a manifestar trastornos en su desarrollo físico y psíquico, debido a que la presencia de la madre actúa como un estímulo para las respuestas del infante, lo cual favorece en la estructuración del yo del niño. El cuidado materno es indispensable en el comienzo de la vida, sin él, el pequeño ser no podría existir y crecer sanamente (Restrepo Vásquez, 2012).


Teoría de John Bowlby


La formación del vínculo depende de un cuidador constante y atento que pueda comunicarse con el bebé de pocos meses y no solo se preocupe de cubrir sus necesidades de limpieza o alimentación. Esta necesidad de atención permanente sugiere una entrega casi total por parte de la madre o el cuidador (Moneta, 2014). La naturaleza del vínculo es el resultado de un conjunto de pautas de conductas características, que se desarrollan en el entorno corriente durante los primeros meses de vida  y que tienen el efecto de mantener al niño en una proximidad más o menos estrecha con su figura materna(Oliva Delgado, 2004). 

En la creación del apego, el contacto físico positivo (ejemplo: abrazar, besar, mecer, etc.), causan respuestas neuroquímicas específicas en el cerebro que llevan a la organización normal de los sistemas cerebrales responsables del apego (Torrado, Silva, Pirachicán, 2012). Un apego saludable en la madre, es construido a partir de experiencias de vínculo repetitivas durante la infancia, ello provee una base sólida para futuras relaciones saludables en el niño. Las formas de apego son promovidas por las condiciones familiares. Al niño vincularse con una madre ansiosa, inconstante e imprevisible, puede perturbarse gravemente al momento de la estructuración de su personalidad(Moreno- Zavaleta y Granada- Echeverri, 2013)(Carmona-Fonseca, Correa, 2014).


Teoría de Winnicott


La relación del niño con su madre es el nexo más importante que tiene lugar durante la primera infancia. Es la madre quien lo alimenta y lo asea, la que le abriga y le presta las atenciones que constituyen la respuesta frente a sus primeras necesidades de bienestar(Betancourt, Rodríguez, y Gempeler, 2007). El padre aporta la determinación de la estabilidad emotiva de la madre y la ayuda a mantenerse en el estado de euforia que constituye el mejor clima moral para el desarrollo del niño(Betancourt et al., 2007). La presencia de la pareja de la madre y el apoyo familiar son factores protectores  que favorecen positivamente una relación satisfactoria en el binomio madre-hijo, sin embargo en la medida que la adolescente o adulta aumenta el número de hijos y se deteriora el nivel socioeconómico, esto conlleva a mayor morbimortalidad materno infantil, desnutrición, malos cuidados hacia los niños y mal control pediátrico(Carmona-Fonseca, Correa, 2014) (Uribe Gil, López Alcaraz, 2007).

La ausencia de la relación materno-filial se llama privación materna. Un niño sufre privación cuando vive en el mismo hogar de su madre y ésta es incapaz de proporcionarle el cuidado amoroso que necesita o cuando siendo adoptado la madre es inadecuada. Por tanto en la relación madre-hijo debe establecerse una auténtica concordancia entre las demandas reales del niño y la capacidad de la madre para responder a esas demandas(Repetur Safrany, Quezada Len, 2005). (Browniee, Savage-King, Henderson, 2010)(Betancourt et al., 2007). 


Interacción de las prácticas culturales 


Prácticas culturales – alimentación 


Las prácticas de alimentación para los niños pequeños son determinadas del ambiente inmediato, del sistema de creencias, actitudes y tradiciones de la familia que por el grado de acceso a los diferentes alimentos.  Si bien, la escasez de recursos imposibilita la adopción de ciertas prácticas necesarias para un buen cuidado y nutrición de los niños pequeños (Delgado, Calvache, Silva del Cairo, 2006). La pobreza hace vulnerables social y biológicamente a la familia y al individuo; una de sus consecuencias biológicas es la baja estatura de la población infantil y la desnutrición que hace a los niños mucho más vulnerables a cualquier tipo de enfermedad (Rey del Castro Alarco, 2009).

No es solo la falta de recursos la que conlleva a la desnutrición en los niños, sino que es un problema más complejo, por ejemplo, puede tenerse el recurso, pero muchas veces se desconoce su utilización o la forma de utilizarlo. Si los alimentos están muy diluidos, no se alimenta con la frecuencia necesaria o si las raciones son inadecuadas llevan al deterioro de la salud del infante. Tanto los alimentos como las prácticas alimentarias  necesitan apoyo para convertirse en  buenas prácticas de alimentación (Restrepo, 2007). El cual puede variar de familia en familia, o también está muy condicionado a las prácticas culturales o a las prioridades que cada familia tiene de acuerdo a su nivel de satisfacción de necesidades, asociadas al concepto de percepción  que permite al organismo, a través de los sentidos, recibir y elaborar las informaciones provenientes del exterior y convertirlas en totalidades organizadas y dotadas de significado para el sujeto (Betancourt et al., 2007).  

Los cuidadores de niños desnutridos suelen ser menos responsivos, pocos hábiles e inconsistentes para detectar las necesidades básicas del niño(Delgado, Calvache, Silva del cairo, 2006). Se observa que la desnutrición es una enfermedad poco visible, primero porque no es vista como una enfermedad, aunque presente deterioro físico, por ello el niño no es el centro de atención al momento de deteriorarse. La enfermedad se torna para la madre en una situación en donde nada tolera y no se permite al niño el mínimo aplazamiento de sus deseos, lo cual se relaciona con las costumbres alimentarias de la primera infancia de la madre(Agudo, Jones, Berti, y Macías, 2010)(Herkovits, 2012).


Prácticas culturales – lactancia materna


La lactancia materna es la medida más efectiva y menos costosa para evitar desnutrición durante los primeros meses de vida (Alzate Meza, Arango, Castaño Castrillón, Muñoz Salazar, Ocampo Muñoz, Rengifo Calderón, Tovar Orozco, y Vallejo-Chávez, 2011). La ausencia o insuficiencia de lactancia materna exclusiva (seis meses) expone al niño o niña a ingerir alimentos que no satisfacen los requerimientos nutricionales de esa etapa de desarrollo (Ortiz-Anderlluchi, Peña Quintana, Albino Beñacar y Mönckeberg Barros, Serra-Majem, 2006). La leche materna es considerada el mejor alimento que se le puede brindar a los recién nacidos gracias a su adecuada composición para el ritmo de crecimiento y el desarrollo sensorial y cognitivo del infante (Orlate, 2003).  

La lactancia materna, además de proporcionar al niño un alimento completo y adecuado para su edad, también proporciona al niño seguridad afectiva. La lactancia materna constituye por tanto una relación estrecha entre el afecto y la nutrición. El amor materno en la infancia es tan crucial para la salud mental como lo son las vitaminas y las proteínas en la salud física (Browniee, Savage-King, Henderson, 2010). 

Según   OMS  (Organización Mundial de la Salud) y  UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) una Alimentación infantil óptima, consiste en lactancia materna exclusiva durante los primeros 6 meses de vida (180 días) (Uribe- Urizar, 2012). Si la técnica de lactancia es adecuada, esta cubre las necesidades de nutrientes y energía para la mayor parte de los niños. Iniciar la alimentación complementaria, a partir de los 6 meses de edad, manteniendo la lactancia materna hasta los dos años de edad o más(Restrepo, 2007).

La leche materna está compuesta en un 88% de agua lo que suple la sed del bebe.  Los alimentos complementarios frecuentemente son introducidos demasiado temprano o demasiado tarde y son, en general, nutricionalmente inadecuados e inseguros(Morillo y Montero, 2010).  El período entre el nacimiento y los dos años de edad es una ventana de tiempo crítica para la promoción del crecimiento, la salud y el desarrollo óptimos, pues ésta es la edad pico en la que ocurren fallas de crecimiento, deficiencias de ciertos micronutrientes y enfermedades comunes de la niñez. 

Las familias tienen pocos conocimientos sobre la ventaja de alimentar desde el inicio a los niños. Con frecuencia las madres perciben que tienen problemas en la producción de suficiente leche. Es por esto que la mayoría terminan de manera precoz la lactancia materna exclusiva e introducen líquidos u otros alimentos demasiado pronto, de uno a cuatro meses de edad, en la dieta del infante (Cattáneo, 2002). 

Existen varias razones para no iniciar la lactancia en el tiempo oportuno y el abandono de la lactancia exclusiva antes de que el lactante cumpla seis meses de edad(Leal Soliguera, 2007). Una de ellas es la percepción que no puede producir leche en el momento del nacimiento y no es lo suficiente para permanecer con lactancia materna exclusiva hasta el tiempo apropiado(Cattáneo, 2002). Mientras otras madres consideran que dar lactancia materna inmediatamente después del parto causa dolor de estómago a los niños/as (Cattáneo, 2002).


Prácticas culturales - alimentación complementaria


La introducción de otros alimentos en la dieta distintos de la leche materna o de fórmula se realiza alrededor de los 6 meses de edad, ya que la introducción antes de los 4 meses se asociaría a un riesgo aumentado de enfermedades autoinmunes y alergia alimentaria, y retrasarla más allá de los 7 meses no tendría efecto protector (Ribes Koninckx, Dalmau Serra, Moreno Villares,  Díaz Martín, Castillejo de Villasante, Planco Allue, 2012).

La alimentación complementaria tiene como objetivo satisfacer las necesidades nutricionales del niño que no alcanzan a ser cubiertas con la leche materna exclusiva, en el aporte de energía y algunos micronutrientes, esta se hace progresivamente hasta alcanzar una alimentación normal integrada a la alimentación familiar; en la que hace una transición desde la alimentación láctea a otros alimentos, siendo este  el momento ideal para generar hábitos de alimentación adecuados y estimular el desarrollo psico-emocional que promueve un crecimiento óptimo (Kliegman, 2014). La alimentación complementaria óptima está relacionada no sólo con el qué se come, sino también con el cómo, cuándo, dónde y quién alimenta al niño(Toro, Cardona, 2013). 

Las prácticas de alimentación inadecuadas durante los primeros dos años de vida tienen consecuencias negativas inmediatas,  Durante el período de la alimentación complementaria, los niños se encuentran en un riesgo elevado de desnutrición y tendrán consecuencias como carencias nutricionales y retraso en el crecimiento(Rey del castro Alarco, 2009)(Rytter, Heilskov & Briend, Friis, 2014).Esto implica que todos los responsables del cuidado inviertan tiempo y recursos para favorecer el óptimo crecimiento y desarrollo de los niños(Uribe Gil, López Alcaraz, 2007). La acción de cuidar se convierte por tanto, en un fenómeno social, es decir, en el que el cuidado no es atribuible solo a la madre natural sino a todos los individuos que de una u otra manera están involucrados en la vida de los niños y niñas pequeños(Uribe Gil, López Alcaraz, 2007)(Orlate, 2003).


Prácticas culturales - sistema biomédico


En el siglo XXI la percepción del sector salud no está muy desligada a la conceptualización acerca de la multi-causalidad de la desnutrición. Sin embargo a pesar de ello, hoy día  el problema de la desnutrición siempre es analizado mediante cifras y a las alteraciones clínicas de los niños, mas no hay una conciencia médica que lleve a la contextualización(O´Donnell, Grippo, 2004), las creencias culturales y las características vinculares que se establecen al interior de la relación madre-hijo, factores que se relacionan con el desarrollo de la desnutrición(Fernández Mayor, 2015). 

En los últimos años el sistema biomédico prioriza en una atención limitada solo a la desnutrición aguda, la diarrea, pero se excluye al sujeto que adolece, la disponibilidad de alimentos con los que cuenta el sistema familiar y  las creencias culturales que muchas veces es la que orienta sobre qué hacer y por el otro lado aparece el sistema biomédico que les indica, les culpabiliza y responsabilizan sobre la enfermedad de sus hijos- hijas(Fernández Mayor, 2015). Esto implica un discrepancia entre el sistema biomédico y la madre, se genera así un desencuentro intercultural en el que confluyen el lenguaje y las diferencias entre las prácticas médicas: sistema tradicional y el occidental(Colomb, 2009).

Sin embargo, en la actualidad, el sistema médico reconoce que existen fallas en la detección y manejo de la desnutrición relacionada a aspectos como la desarticulación de las prácticas culturales en las que interacciona él bebe con su madre(Orlate, 2003); otros factores que intervienen son la no realización de controles antropométricos de manera rutinaria y generalizada; no continuidad en la atención, muchas de estas se pierden y con ello el conocimiento de la evolución de ese niño; poca relación médico-paciente asociada a una pobre escucha, inespecificidad para abordar las problemáticas del crecimiento y del desarrollo, muchas veces por falta de insumos básicos, subestimación de la problemática reflejada en la inexistencia de un código específico destinado al registro del estado nutricional de los niños atendidos(Orlate, 2003)(Kouam, Delisle, Ebbing, Israël, Salpéteur & Ait Aïssa , Ridde, 2014)(Herkovits, 2012). 

Los profesionales de la salud pueden desempeñar un rol crítico para brindar apoyo, influenciando las decisiones relacionadas con las prácticas alimentarias de las madres y las familias, es importante que los profesionales de salud tengan conocimientos y habilidades básicas para ofrecer una apropiada orientación y consejería, que ayuden a resolver problemas de alimentación de los niños(Agudo, Jones et al., 2010)(O´Donnell,  Grippo, 2004). 


Prácticas culturales y el rol de la madre 


La madre, tiene dificultad para reconocer el papel tan importante que juega su figura dentro de su cultura y sociedad para ser vista como madre, asumir su rol y establecer un vínculo psico-afectivo con su hijo, de ser quien le provee nutrición física, afecto, acercamiento y reconocimiento social(Cattáneo, 2002). Lo cual está ligado a su representación materna, auto-concepto y/o percepción que la madre adolescente o adulta ha internalizado acerca de sí, de su personalidad y la forma como se ve así misma dentro de sus diferentes roles (mujer, adolescente, madre, esposa, hija, hermana, estudiante, trabajadora)(Uribe Gil, López Alcaraz, 2007)(Orzuza Maris, 2011). Ante la repetición de estímulos como el caso del deterioro de sus hijos algunas han perdido la capacidad de asombrarse y de motivarse al observar que su hijo está enfermo que las necesita y que tienen un apego ansioso.  Sus indiferencias al observar que esto es común, llegan a un estado de saturación como si hubiesen perdido la capacidad de respuesta (Amugsi,  Mittelmark y Lartey, 2013). Donde muchas veces los más pequeños se quedan a cargo de hermanos preadolescentes, la tarea es asumida con serias deficiencias higiénicas y dietéticas( Restrepo Vásquez, 2014).  La conducta de las madres de los niños desnutridos se caracteriza por una menor receptividad y reciprocidad en los contactos con sus hijos, muchas veces es asociado a la configuración familiar la cual es disgregada y poca contención para el cuidado de estos(Restrepo Vásquez, 2012) (Betancourt et al., 2007).

La acción de cuidar se convierte por tanto, en un fenómeno social, es decir, en el que el cuidado no es atribuible solo a la madre natural sino a todos los individuos que de una u otra manera están involucrados en la vida de los niños y niñas pequeños(Colomb, 2009). Esto implica que todos los responsables del cuidado inviertan tiempo y recursos para favorecer el óptimo crecimiento y desarrollo de los niños(Fernández Mayor, 2015)(Uicab-Pool,  Ferriani -Carvalho y Gomes, Pelcastre-Villafuerte, 2009). 

El uso de medicina popular por parte de las madres aparece sobredimensionada y se le atribuye un carácter intrínseco, sin embargo en la práctica clínica el uso de este tipo de medicina es más de arraigo cultural y lo verdaderamente importante para el profesional como para la madre es reconocer “que muchas cosas que toman son tóxicas”, incluso los chicos corren riesgo de vida en los primeros meses de vida (Rodriguez-Martín et al., 2010)(Orlate, 2003). El “respeto” de los profesionales hacia dichas prácticas está condicionado a su uso complementario y subalterno respecto de la medicina científica, lo que recomiendan y advierten es que mientras no interfiera con la salud del niño se puede alternar con la consulta del médico, por más que en la consulta se le diga que no, al curandero lo van a seguir llevándolo(Orlate, 2003)(Herkovits, 2012).


Discusión y resultados


La formación del vínculo madre- hijo se establece desde lo intrauterino. En un primer momento la madre y el bebé estuvieron unidos en un mismo cuerpo; después del parto la madre debe renunciar al sentimiento de que ella y el niño son la misma cosa. El cuidado materno es indispensable en el comienzo de la vida, sin él, el pequeño ser no podría existir y crecer sanamente(Restrepo Vásquez, 2012). 

Fuera del útero el vínculo se inicia a establecer a partir de la lactancia materna. La cual además de proporcionarle un alimento completo, también le provee seguridad afectiva, siendo un factor protector para el desarrollo físico y emocional del niño(Browniee, Savage-King,  Henderson, 2010)(Alzate-meza, Arango et al., 2011). Así mismo la alimentación complementaria suple aquellas necesidades nutricionales requeridas desde los 6 meses de edad hasta el desarrollo ulterior, lo que generará hábitos de alimentación adecuados. La alimentación no debe ser un campo de batalla debe ser un escenario que promueva un crecimiento óptimo (Kliegman, 2014). 

La alimentación entonces se convierte en un medio entre la madre-niño, cuidador-niño, el padre-niño y familia-niño, para el establecimiento del vínculo inicialmente y luego el apego, este último se hace efectivo, cuando la madre logra suplir y responder adecuadamente a las necesidades físicas y emocionales de sus niños. Cuando esto no ocurre, sea porque la madre o los cuidadores del niño (padre, familia) adoptan comportamientos negligentes o por que traen inherente desde su infancia un apego inseguro o ambivalente, se convierte en una relación privada de afecto, en un no reconocimiento de las demandas del bebé frente aquello que lo aqueja, como consecuencia muchos de estos niños en la adultez tendrán carencias nutricionales, motrices y cognitivas; en cuanto a lo emocional sus formas de vinculación estarán entre la inseguridad, la evitación y ambivalencia. 

Desde el ámbito biomédico, hoy día la atención frente a la desnutrición  presenta un gran desencuentro intercultural; debido, a que gran parte del equipo biomédico desliga el papel inherente de  la cultura en el proceso de salud-enfermedad, en el que se desenvuelven las familias de los niños desnutridos(Juárez, 2006),  asociado al aumento de la incidencia de morbilidad, entre casos nuevos o reiterativos, porque  muchas veces el equipo biomédico atribuye como única etiología la falta de recursos económicos de la familia, sin embargo  no es solo la falta de recursos lo que desencadena la desnutrición sino también la forma como se preparan los alimentos, cantidad y momento de iniciarlos; basado en muchas ocasiones en tradiciones familiares y culturales(Restrepo, 2007).

Esas prácticas culturales han llevado a que la madre y su entorno familiar estén en un ir y venir entre el rezandero y el médico, buscando alternativas de curación frente al deterioro de salud que ha dejado la desnutrición en sus niños-niñas. “Los tratamientos populares pueden ser aceptados por la medicina mientras no interfieran con ella”. En la medida en que no retrasen los diagnósticos o interfieran con el tratamiento médico indicado o dañen la salud (Olarte, 2003; Herkovits, 2012).

Cuando un niño está desnutrido no da espera, debido a las consecuencias físicas, cognitivas y emocionales que ello deja en sus vidas, su atención demanda una respuesta oportuna y rápida(Sobrino, Gutiérrez, Cunha,  Dávila, Alarcon, 2014). Es importante que tanto el equipo biomédico como la familia, logren sensibilizarse frente a la multicausalidad en la que se mueve la desnutrición, si ello se reconoce se podrá hacer intervenciones más adecuadas y oportunas, habrá menos casos de morbimortalidad infantil por desnutrición y mínimas implicaciones en el desarrollo ulterior de los infantes.

Como se ha señalado desde el campo de la psiquiatría y la psicoterapia (Campos Vargas, 2022), una adecuada función paterna resulta fundamental para el bienestar de la madre y del niño, incluso en términos nutricionales. Un buen esposo que es también un buen padre sabe ejercer un liderazgo positivo y benéfico para su esposa y su familia: logra transmitir seguridad y confianza, es ecuánime y amoroso, despliega ternura y cariño, provee no solamente de bienes materiales, sino también de recursos psicológicos y espirituales. De ahí que en las sociedades en las que no se valora el rol masculino, o se asume erróneamente que “los hombres no son necesarios para garantizar la salud de los hijos”, exista mayor riesgo de desnutrición materno-infantil, así como de trastornos de personalidad (especialmente sociopático y fronterizo), trastornos de la conducta, algunos trastornos del espectro autista y dependencia de psicotóxicos. Esto, por supuesto, no es algo que funcione como un sino trágico (Campos Vargas, 2023): puede subsanarse a través de un proceso bien estructurado de transformación y mejoramiento personal que incluya optimización de redes de apoyo, espiritualidad, psicoterapia, ampliación de las interacciones sociales positivas, acceso a la alta cultura, actividades creativas y lúdicas, actividad física y crecimiento en inteligencia emocional (Campos Vargas, 2023).   


1.Médica General. Facultad de Ciencias de la Salud. Corporación Universitaria Remington. Medellín-Colombia. Correo electrónico: loe8761@hotmail.com

2.Médica General. Facultad de Ciencias de la Salud. Corporación Universitaria Remington. Medellín-Colombia. Correo electrónico: faudy019@hotmail.com 

3. Docente investigadora. Grupo de Investigaciones Biomédicas Uniremington. Facultad de Ciencias de la Salud. Corporación Universitaria Remington. Medellín-Colombia. Correo electrónico: aura.gil@uniremington.edu.co


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


Agudo, Y. C., Jones, A. D., Berti, P. R., y Macías, S. L. (2010). Lactancia materna, alimentación complementaria y malnutrición infantil en los Andes de Bolivia. Archivos Latinoamericanos de Nutrición, 60(1), 7–14.

Alzate Meza, M. C., Arango, C., Castaño Castrillón, J.J., Muñoz Salazar, G., Ocampo Muñoz, N A., Rengifo Calderón, S. V., Tovar Orozco, L. M., y Vallejo Chávez, S. H. (2011). Lactancia materna como factor protector para enfermedades prevalentes en niños hasta de 5 años de edad en algunas instituciones educativas de Colombia en 2009. Estudio de corte transversal. Revista Colombiana de Obstetricia y Ginecología, 62(1), 57–63.     

Amugsi, D.A. Mittelmark, M., y Lartey, A. (2013). An analysis of socio-demographic patterns in child malnutrition trends using Ghana demographic and health survey data in the period 1993-2008. BMC Public Health, 13(1), 960.

Bachelet, M. (2006). Desnutrición infantil en América Latina y el Caribe. Desafíos. Boletin de La Infancia Y Adolescencia Sobre El Avance de Los Objetivos Del Desarrollo Del Milenio.

Betancourt, L., Rodríguez, M., y Gempeler, J. (2007). Interacción madre-hijo , patrones de apego y su papel en los trastornos del comportamiento alimentario. Universitas Médica, 48(3), 261–266

Browniee, A., Savage-King, F., Henderson, P. (2010). La alimentación del lactante y del niño pequeño: capítulo modelo para libros de texto dirigidos a estudiantes de medicina y otras ciencias de salud.

Campos Vargas, D.A. (2021). Fundamentos de Psicoterapia Formativa. Armenia: SPF Ediciones. 

Campos Vargas, D.D. (2022). Psicoterapia Formativa en tiempos de crisis. Armenia: SPF Ediciones.

Campos Vargas, D.A. (2023). Salud Mental en Pediatría. Armenia: SPF Ediciones. 

Carmona-Fonseca, J., Correa B, A. M. (2014). Determinación social de la desnutrición y el retardo sicomotor en preescolares de Urabá (Colombia). Un análisis con la Epidemiología Crítica. (Spanish). Revista Facultad Nacional Salud Pública, 32(1), 40–51.

Cattáneo, A. (2002). Alimentación, salud y pobreza: la intervención desde un programa de desnutrición. Archivos Argentinos de Pediatria, 100(3), 222–232

Colomb, V. (2009). Desnutrición en el niño. EMC - Pediatría, 44(3), 1–6. 

De la Hoz Restrepo, F. (2014). Boletin epidemiológico semana.Sivigila,Instituto Nacional de Salud.Colombia, (42), 44

De Onís, M., Onyango, A.W., Borghi, E., Siyam, Amani., Nashida, C., Siekmann, J. (2007). Development of a WHO growth reference for school-aged children and adolescents. Bulletin of the World Health Organizatio, 85 (9), 660–667.

Delgado, M.F., Calvache, J.A, Silva del Cairo, C. (2006). Prácticas hogareñas en el cuidado de la madre y el recién nacido en la costa pacífica caucana. Antípoda, (3), 227–254.

FAO (2013). Panorama de la seguridad alimentaria y nutricional en América Latina y el Caribe. Hambre en América Latina y el Caribe: Acercándose a los objetivos del Milenio.

Fernández Mayor, A. M. (2015). Trabajo de Resignificación y sensibilización del vínculo madre-hijo migrante de la costa pacífica. Pontificia Universidad Javeriana.

Gaviria Correa, A. (2012). Diagnóstico situacional de la infancia y la adolescencia en el municipio de Medellín.

Gómez, F. (2003). Desnutrición. Salud Pública de México., 45(4) 576–582.

Herkovits, D. (2012). Las fronteras de la medicalización: tensiones en torno a la identificación y valoración de la desnutrición infantil en un centro de atención primaria de la ciudad de Buenos Aires-. Ciencias &salud Colectiva, 17(9), 2543–2545

Jaimes Sanabria, M. B. (2013). Analisis de la situación en Colombia 2013. Ministerio de Salud.

Juárez, L. M. (2006). La prevención de la desnutrición en el oriente de Guatemala. Nuevos cuidados, mismas representaciones.Index enferm.15(55), 22-25

Kliegman, R. M. (2014). Nelson. Tratado de Pediatría. ed.19 (1), (pp. 171–181).

Klish, W.J., Nichols, B. L. (2015). Severe malnutrition in the Children in resource-limited countries: treatment. UP ToDate, (1), 1–18. 

Kouam, C.E., Delisle, H., Ebbing, H. J., Israël, A. Salpéteur, C., Ait Aïssa, y M., Ridde, V. (2014). Perspectives for integration into the local health system of community-based management of acute malnutrition in children under 5 years: a qualitative study in Bangladesh. Nutrition Journal, 13(1), 1–15.

Leal Soliguera, M. C. (2007). Bajo peso al nacer : una mirada desde la influencia de factores sociales. Policlínico “Gregorio Valdés Cruz.” 

Martinez Durán, M. E. (2015). Boletin epidemiológico semanal. Sivigila,Instituto Nacional de Salud.Colombia, (45), 54

Moneta C., M. E. (2014). Apego y pérdida: redescubriendo a John Bowlby. Revista Chilena Pediatria, 85(3), 265–268. 

Moreno- Zavaleta, M. T., y Granada- Echeverri, P. (2013). Interacciones vinculares en el sistema de cuidado infantil. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez Y Juventud, 12(1), 121–139.

Morillo, J. B., & Montero, L. (2010). Lactancia materna y relación materno filial en madres adolescentes. Enfermería Global, (19), 1–9.

Neufeld, L. Pinzón, L. Tolentino, L. (2010). Estrategia de país Nutrición en Colombia : estrategia de país 2011-2014.

O´Donnell, A. M., Grippo, B. (2004). Desnutrición, medio ambiente y desarrollo infantil. Vertex Revista Argentina de Psiquiatría, 15(56), 130–135. 

Oliva Delgado, A. (2004). Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría Y Psicología Del Niño Y Adolescente, 4(1), 65–81. 

Orlate, M. S. (2003). Saber médico y desnutrición infantil en el Gran La Plata( Provincia de Buenos Aires , Argentina ). Trabajo, salud y género. Estudios en sectores medios y pobres.

Ortiz-Anderlluchi, A., Peña Quintana, L., Albino Beñacar, A., y Mönckeberg Barros, F., Serra-Majem, L. (2006). Desnutrición infantil, salud y pobreza: intervención desde un programa integral. Nutrición Hospitalaria, 21(4), 533–541.

Ortiz, A., y Serra Majem, L. (2007). Desnutrición infantil en el mundo: ¿sentimiento de culpa o de verguenza? Acta Cientifica Estudiantil, 5(3), 109

Orzuza Maris, S. (2011). Mujeres que conviven con la desnutrición infantil. Análisis desde sus condiciones de vida. Psiencia Revista Latinoamericana de Ciencia Psicologica, 3(1), 98–104.

Papp Paz, J., Campos Cavada, I. (2010). Hábitos y conductas en la alimentación de lactantes menores hospitalizados por desnutrición grave. Archivos Venezolanos de Puericultura Y Pediatría., 73(2), 9–17.

Profamilia. (2010). Mortalidad infantil y en la niñez. ENDS (Encuesta nacional de demografía y salud).Colombia. p191. 269-301

Ramirez Prada, D., Delgado, G., Hidalgo Patiño, C.A., Pérez- Navero, J., Gil Campos, M. (2011). Using of WHO guidelines for the management of severe malnutritionto cases of marasmus and kwashiorkor in a Colombia children´s hospital. Nutrición Hospitalaria, 26(5), 977–983.

Repetur Safrany, K., Quezada Len, A. (2005). Vínculo y desarrollo psicológico: la importancia de las relaciones tempranas. Revista Digital Universitaria, 6(11), 1–15.

Restrepo, S. L. (2007). Percepciones frente a la alimentación y nutrición del escolar. Perspectivas En Nutrición Humana, 9(1), 23–35. 

Restrepo Vásquez, C. (2012). La relación entre madre-hijo en la desnutrición infantil tipo marasmo. Revista Colombiana de Ciencias Sociales., 3(2), 302–315.

Restrepo Vásquez, C. I. (2014). Fallas maternas: la historia del no cuidado en la dinámica relacional de madre con hijos con desnutrición tipo marasmo. Revista Colombiana de Ciencias Sociales., 5(2), 350–366.

Rey del Castro Alarco, M. L. (2009). Representaciones de apego en madres adolescentes de nivel socioeconómico bajo. Universidad católica del Perú. 

Ribes Koninckx, C., Dalmau Serra, J., Moreno Villares, J.M., Díaz Martín, J.J., Castillejo de Villasante, G., Planco Allue, E. L. (2015). La introducción del gluten en la dieta del lactante. Recomendaciones de un grupo de expertos. Analesdepediatría, 83(5):355.e1-355.e7. 

Rodriguez-Martín, A., Novalbos-Ruiz, J. P., Jiménez-Rodriguez, A., Baglietto Ramos, M., Romer-Sánchez, J. M., y Álvarez Hernández, J. (2010). Implicaciones de la desnutrición en atención primaria. Nutrición Hospitalaria, 25(3), 67–79. 

Rytter Heilskov, M. J., K. L., Briend, A., y Friis, H. (2014). The immune system in children with malnutrition—a systematic review. PLoS ONE, 9(8), 1–19. 

Sobrino, M., Gutiérrez, C., Cunha, A. J., Dávila, M., Alarcon, J. (2014). Desnutrición infantil en menores de cinco años en Perú : tendencias y factores determinantes. Revista Panamericana Salud Pública., 35(2), 104–112. 

Toro O, J. H., Cardona, D. (2013). Mortalidad por desnutrición en menores de cinco años : cinco años antes y después de la. Revista Facultad Nacional Salud Pública, 31(1), 2013.

Torrado, O.P., Silva- G, M., Pirachicán, M. (2012). Vínculos entre las creencias y prácticas de los cuidadores de una población vulnerable , con la malnutrición y las alteraciones del neurodesarrollo en la infancia temprana. Revista Colombiana de Enfermería, 7(7), 43–53.

Uicab Pool, G., Ferriani Carvalho, M., Gomes, R., y Pelcastre-Villafuerte, B. (2009). Representations of eating and of a nutrition program among female caregivers of children under 5 years old in Tizimin, Yucatan, Mexico. Revista Latino-Americana de Enfermagem, 17(6), 940–6. 

Uribe Gil, G., López Alcaraz, G., A. (2007). El mal de ojo y su relación con el marasmo y kwashiorkor: el caso de las madres de Turbo, Antioquia. Universidad de Antioquia, 25(2), 72–82.

Uribe- Urizar, M. (2012). Vinculo Afectivo y sus Trastornos. CSMIJ Galdakao, 1–16. 

Urke, H. B., Torill, B., y Mittelmark, M. B. (2011). Socioeconomic status and chronic child malnutrition: wealth and maternal education matter more in the Peruvian Andes than nationally. Nutrition Research, 31(10), 741–747.


Cómo citar este artículo: Gil Villa, A.M., López Mosquera, L.L., y Puerta Londoño, F.J. (2023). Desnutrición infantil y su interacción con características de apego y patrones culturales. Revista de Psicoterapia Formativa. Abril de 2023


viernes, 31 de marzo de 2023

LA DEPRESIÓN COMO APRENDIZAJE, por David Alberto Campos Vargas


LA DEPRESIÓN COMO APRENDIZAJE


David Alberto Campos Vargas, MD*


Está claro que la depresión es una enfermedad médica. No tiene que ver con falta de voluntad ni con debilidad. Es un síndrome psiquiátrico, con evidentes escenarios clínicos y un manejo médico para cada uno de ellos.

Lo que pasa es que como no se trata de una herida abierta y visible, como no evidencia hemorragia, mucha gente ignorante se encarga de torturar a quienes la padecen con cuentos tan cándidos como ofensivos. En consecuencia, los que sufren de esta enfermedad, además de tener que lidiar con ella, tienen entonces que enfrentarse a la incomprensión, los comentarios estresantes y poco empáticos, y a veces la manifiesta hostilidad de sus familiares y conocidos.

Los distintos tipos de depresión son una clara condición médica con un correlato biológico innegable. Insisto: el problema no radica en una supuesta pusilanimidad personal, ni en una supuesta debilidad de carácter, ni en una supuesta mediocridad de espíritu. Por eso la pueden padecer personas con una formidable fuerza de voluntad, personas luchadoras y determinadas. Por eso la pueden padecer personas fuertes, vigorosas y rebosantes de energía. Por eso la pueden padecer personas inteligentes, brillantes y talentosas.

Se deprimen líderes, organizadores, empresarios y deportistas de alto rendimiento. Se deprimen científicos, filósofos, héroes y veteranos. Se deprimen también las personas profundamente espirituales, místicos, pastores, sacerdotes y monjes. No es fragilidad, ni mucho menos una falla en la personalidad. No es un capricho. No es falta de fe. No es pecado. No es cobardía. No es pobre capacidad de esfuerzo, La depresión es enfermedad, y como tal, debe abordarse profesionalmente.

La depresión no es un invento de esta época; siempre ha existido, a lo largo de la Historia: lo que sucede es que hasta hace muy poco tuvo por fin un lugar claro en la nosografía y la psicología médica. La gravedad de una depresión mal manejada no es alharaca de psiquiatras. A diario, en todas partes del mundo, la gente se suicida. Casi siempre, detrás de esos suicidios, está la depresión. También a diario, millares de personas llegan tarde a trabajo, o no asisten, o, si llegan, lo hacen a media máquina. En más de la mitad de ellas, existe algún tipo de depresión.

Esta enfermedad afecta el rendimiento, la productividad y la eficiencia. Enlentece, en todos los contextos. Las personas y las familias, las ciudades y las naciones, son afectados por ella, a nivel económico, social y político. La depresión también empaña y limita al espíritu del hombre, y por eso subyace a muchas existencias alejadas de la plenitud, siendo el común denominador de proyectos de vida frustrados o estancados. Debido a eso, estoy convencido que la depresión no diagnosticada o mal manejada es una de las condiciones médicas que más relacionada está con la infelicidad del ser humano y los problemas del mundo. Si todos los seres humanos tuvieran una vida plena, difícilmente desplegarían conductas de insolidaridad, mezquindad y violencia.  

Teniendo en cuenta lo anterior, se hace imperioso que las personas consulten a tiempo. Que se haga un diagnóstico y que se inicie un tratamiento razonable, pertinente y certero. Sin embargo, también por ahí los mitos hacen mucho daño. Además de los consabidos cuentos, como que “todo es ponerle ganas”, o que "eso es falta de fe", o que “no hay que ser desagradecidos con la vida”, o las patéticas intervenciones con las que intentan “motivarlos” ("A mí nunca me ha dado eso", "Yo sí sé enfrentar los problemas, y por eso nunca he pensado en matarme", "Eso es que a usted lo(a) consintieron mucho, y se volvió mimado(a)"), los que rodean al paciente no saben brindarle ayuda. 

Y, por desgracia, los que sí reconocen que la depresión de su allegado es una dolencia, dan todo tipo de rodeos antes de buscarle una cita con el especialista en Psiquiatría. Lo habitual es que primero lo lleven con una vecina rezandera, un yerbatero, o un brujo. Siguen pasando los días. Si la persona aún no ha atentado contra su vida, siguen perdiendo tiempo valioso: la llevan a alguna comunidad parroquial, la saturan con material multimedia de "motivación", la bombardean con mensajes bienintencionados pero agotadores. Continúa corriendo el tiempo. 

Si aún no ha atentado contra su vida, llevan al deprimido donde un supuesto "experto” (que suele ser un charlatán que ni siquiera es médico, y que ejerce de manera ilícita y flagrante), o lo intentan “curar” en algún sitio de teguas o chamanes. De ahí, más angustiado aún, el pobre paciente prosigue su trágica romería y es llevado con algún guía religioso. Si se trata de una persona ética y sensata, dicho guía le indica que consulte a un especialista, pero no siempre ocurre así. 

Y si no se ha suicidado ya, el paciente consulta a un médico general o a un psicólogo al cabo de varias semanas de haber iniciado sus síntomas. A veces ya la enfermedad ha remitido un poco, y el paciente, si aún vive, tiene que lidiar con comentarios ofensivos como: “¿Si ve?, usted no tenía nada”, o "Fíjese, nadie le ha dado con el diagnóstico, eso es que usted no tiene nada".

Y qué desgracia, muchos médicos generales y psicólogos subestiman la gravedad de la situación. En vez de proceder con eficiencia, y solicitar valoración por Psiquiatría, muchos "terapeutas" hacen alguna intervención floja (un consejito trillado, una frase que consideran “motivacional”, y que ya ha oído antes el sufrido paciente, o una falsa "terapia" poco estructurada), y llenos de narcisismo (o peor aún, a veces con el afán de hacerse un dinero a costa del paciente), evitan derivarlo a tiempo con un psiquiatra. En vez de remitir con prontitud a ese ser humano que sufre, muchos médicos generales se contentan con formular un sedante (casi siempre el menos adecuado). No tienen ni idea de la Psiquiatría, pues se formaron con la tonta idea de que no es una especialidad útil, y pasaron por ella sin mayor interés en el pregrado. O peor aún, de que es algo "fácil", que no es sino decir una burrada y recetar algo que deje fundido al paciente. Por culpa de ellos, muchos pacientes con depresión son sometidos a un sufrimiento innecesario. Por ese mal hábito de muchos médicos generales, y de terapeutas profanos en Psiquiatría, la depresión avanza y todos sus daños (a nivel de pareja, familia, comunidad y trabajo) se multiplican. Y cuando por fin se deciden a remitirlo, casi siempre es demasiado tarde y el paciente tiene afectado hasta su juicio de realidad.

Si ni siquiera en las Facultades de Medicina y Psicología se trata con respeto a la Psiquiatría (de hecho, en muchas de ellas quienes dan las clases de Psicopatología, Semiología y Psicología Clínica no son psiquiatras, y mucho menos, psiquiatras con entrenamiento en psicoterapia), ¿qué puede esperar quien está pasando por una depresión? Para rematar, cuando algunas universidades sí ofrecen a sus estudiantes la posibilidad de aprender de un psiquiatra psicoterapeuta, es frecuente el fenómeno de que ellos mismos menosprecien la oportunidad, no se esmeren en realizar sus actividades de rotación y asistan de mala gana, pues creen que se trata de una especialidad "menor", de poca importancia. 

De otro lado, es insuficiente la información de la que dispone la opinión pública con respecto a los trastornos depresivos, la Psiquiatría y la Psicoterapia. El común de la gente del Tercer Mundo ni siquiera sabe qué hacen los médicos psiquiatras, y se dejan guiar por prejuicios, habladurías, interpretaciones distorsionadas y clichés. Aunque cada vez hay menos personas que por ignorancia se llenen de pavor o se irriten si un buen amigo les aconseja consultar un psiquiatra y empezar una psicoterapia, la verdad es que, todavía hoy, millones de personas sólo tengan una idea del psiquiatra por referencias literarias o cinematográficas. ¡Y cuánto tiene que pasar para que un paciente sea llevado a donde un verdadero terapeuta, y no donde un diletante sin estudios suficientes!

Por eso es mandatorio educar, sensibilizar, darle otras luces y otras perspectivas a la comunidad.

El siguiente paso, asumida la depresión como una dolencia verdadera, y logrado en el imaginario colectivo que el tener una enfermedad mental y el buscar su tratamiento no sean vistos de manera despectiva, es ver qué se hace con la depresión.

Los pacientes merecen ser tratados adecuadamente. Un enfoque integral y transdisciplinario, del que mucho se habla pero poquísimas veces se aplica en situaciones reales y concretas, es fundamental. No bastan las medidas farmacológicas, ni las medidas psicoterapéuticas, ni las psicosociales, por sí mismas. Se requiere, para un tratamiento contundente, abordarlo todo, y abordarlo bien. Lo que he intentado hacer desde que en 2010 propuse el modelo de Psicoterapia Formativa (un enfoque integral, encaminado a la felicidad y la plenitud vital, formador de una personalidad armónica y ecualizada, potenciador de los aspectos saludables tanto en el paciente como en el doctor, con una praxis filosófica y una posibilidad de redefinición y renovación existencial), es que a todos los pacientes, y a todas las personas, se les mire como seres completos y capaces de cambiar su situación, y que se les deje de mutilar o reducir a determinado síntoma o  etiqueta diagnóstica. Y eso incluye, por supuesto, a todos los seres humanos que tienen algún trastorno depresivo.

Todo el mundo debe saber que no es suficiente una medicación, y que sería muy ingenuo esperar una especie de panacea o fármaco milagroso que borre todos los síntomas depresivos. Si el psiquiatra no es un buen psicoterapeuta, está frito. Del mismo modo, si no se tienen en cuenta los contextos familiar y social del paciente, poco se hace.

El adecuado abordaje es el más completo, el más abarcativo posible. Un tratamiento total. Involucrando a la familia y a los amigos del paciente. Modificando sus ambientes. . Brindándole una asesoría completa, que tenga en cuenta también sus necesidades básicas (entorno, vivienda, seguridad social, empleo). Potenciando su vida de pareja (y, por ende, educándolo en la asertividad, en la comunicación clara y eficiente, en el disfrute de una sexualidad responsable, en la construcción de un proyecto en común). Dándole una mano desde lo médico, lo psicológico, lo trascendente, lo artístico, lo literario, lo lúdico, lo deportivo, lo cinestésico y lo ocupacional. Eso es lo que pretendo con la Psicoterapia Formativa: que no se quede por fuera del tratamiento psiquiátrico ni un sólo campo de la vida del paciente. En su calidad de psicoterapia filosófica y teológica, le apunta a la existencia en su conjunto. Ningún aspecto existencial puede quedar desatendido. 

Y es por ello se equivoca el que pretende ejercer la Psiquiatría si no cuenta con las condiciones adecuadas (formación tanto en psicoterapia como en neurociencias, integridad, responsabilidad, honradez, bondad, solidaridad, calidad de vida y aspiraciones espirituales satisfechas, una personalidad bien estructurada, una vida espiritual fuerte, humildad para aprender del paciente, buena disposición, genuino deseo de ayuda, y un entendimiento lo más completo posible de la naturaleza y la condición humanas). Por eso se hunde en pantanos peligrosísimos el psiquiatra que no cuente con la suficiente preparación, o que ignore la necesidad de una vida religiosa fecunda, o que desconozca la indispensabilidad de unos principios sólidos y una moral intachable. Por eso se pierde la oportunidad de aprovechar el vínculo, la alianza y la sinergia terapéuticos, quien no tenga claro su horizonte ético, o quien se de a sí mismo una mala calidad de vida (limitándose en sus aspectos creativos, lúdicos, espirituales y estéticos) y descuide su propio derecho a la felicidad.

Integral. Completo. Transdisciplinario. Total.  Así debe ser el abordaje de un paciente que se encuentra padeciendo un trastorno depresivo (y, a decir verdad, cualquier tipo de padecimiento). Mal hace el que se jacta de ofrecer salud mental si no tiene en cuenta todas las dimensiones de la existencia, si descuida lo artístico, lo recreativo o lo trascendente en su paciente (y en sí mismo), si no aprehende a la persona humana, al hombre en su totalidad, sino que cae en parcialismos, reduciendo su acción a lo simplemente farmacológico, o centrándose en intervenciones meramente sintomáticas, o descuidando los entornos académico, laboral, familiar y social del paciente, o dedicándose a lo puramente psíquico sin tener en cuenta lo médico y biológico. 

Pero no cesa ahí el acompañamiento. Un buen psiquiatra tiene que ayudarle a descubrir a su paciente nuevas potencialidades. A darle fuerza a todos los aspectos positivos de su paciente. A validar lo que está haciendo bien, y apoyarlo a que lo haga aún mejor. A desempolvar habilidades y talentos que yacían olvidados. Esa es una psicoterapia bien hecha: la que permite aprender, crecer, madurar (insisto, tanto al paciente como al psiquiatra). La que abre nuevos horizontes para todos los integrantes del proceso terapéutico.

El paciente tiene que utilizar esa vivencia de enfermedad como una vía hacia la felicidad, la armonía, la madurez, la realización personal: en suma, hacia la plenitud existencial. Y llegamos a un punto clave:¿Qué partido le puede uno sacar, como persona, a la depresión? Esto es, ¿cómo puedo usarla yo, como psiquiatra o como paciente, para aprender de mí, de los otros y del mundo? Y a partir de dichos aprendizajes, ¿cómo puedo (podemos) crecer?

Porque la depresión, si bien es una enfermedad grave, que afecta el desempeño del paciente y perjudica todas sus dimensiones vitales, si tiene el tratamiento adecuado, puede traer consigo una oportunidad. Una maravillosa oportunidad. Como toda crisis, tiene un enorme potencial para el crecimiento y la sana estructuración de la personalidad. Puede convertirse en el nacimiento de nuevas y hermosas perspectivas. La terapéutica apropiada abre esas posibilidades ocultas, y permite que la depresión sea una bonita ocasión para que el paciente emerja más fuerte, más equilibrado y más pleno.

La depresión también puede ser una oportunidad para la introspección. La gente vive acelerada, en una premura incesante, angustiada por ese montón de trivialidades, disturbios y agitaciones que, lamentablemente, en nuestra época muchos confunden con la vida. La prisa, el estrés, las emociones desbordadas, la ausencia de tiempos y espacios para el encuentro con el alma (como la reflexión, la oración, la meditación o la introspección), el narcisismo generalizado, la sobrecarga emocional, la pobre autonomía y la ausencia de pensamiento crítico (que llevan al ahogamiento en un barullo de información tan masiva, caótica y contradictoria, que termina siendo desinformadora), los afanes, el materialismo, la exigencia social de hacer de la propia vida un espectáculo de masas, la cultura light, las múltiples ocupaciones, la insolidaridad y todos los aspectos negativos de la neoposmodernidad, con frecuencia asfixian al hombre y lo sumen en el más completo desmantelamiento espiritual. Suprimen la creatividad, no dejan tiempo para pensar (y, mucho menos, para filosofar), le hacen creer a la gente que no se puede orar, ni disfrutar en familia, ni trabajar en lo verdaderamente esencial y valioso (formarse para la plenitud, reconectarse con Dios, crecer, vivir una vida sosegada, equilibrada y fructífera), ni darse siquiera un respiro en medio de tanta estupidez, violencia y superficialidad del mundo.

Enfatizo: en medio del ritmo febril al que nos empuja esta época, a muchos seres humanos no les queda tiempo para el pensamiento. Eso es una canallada. El resultado es una enorme masa poblacional cada vez más insegura y trastornada, cada vez más desorientada y ansiosa de placeres efímeros que no logran paliar su infelicidad crónica, cada vez más agresiva y desinteresada del prójimo, cada vez más raquítica moral y mentalmente. A todas luces, hay que hacer un alto en el camino, y salirse a tiempo de ese huracán de afanes en el que está inmersa casi toda la Humanidad. Y, por supuesto, pensar. No hay mejor vía hacia la maduración que ese ejercicio de mirar hacia adentro, contemplar la propia mente, profundizar en el propio psiquismo. Por eso hoy en día, los que se quieren un poco, buscan con fruición atisbos de vida serena y contemplativa (que tanto escasea en la banalidad de la cultura light del siglo XXI): retiros y ejercicios espirituales, actividades religiosas y de ayuda a los demás, lecturas edificantes, viajes pedagógico-culturales, actividades deportivas en las que la diversión prime sobre la competencia, juegos y momentos de sano esparcimiento en familia. Los que no, pueden encontrar la ocasión para estar consigo mismos en la vivencia depresiva. Es decir, la enfermedad puede ser el último recurso que use su atormentado psiquismo para hacerlos soltar el pie del acelerador. Puede ser el camino para empezar a quererse un poquito. 

La persona que experimenta una depresión puede aprovecharla para desentenderse, por una temporada, de las tontas distracciones de la cotidianidad. Puede descubrir una segunda vocación, retomar una sana afición, volver a establecer prioridades en su vida, reconectarse con sus verdaderas aspiraciones. Así, el trastorno depresivo se convierte en un significativo aprendizaje, que le permite al paciente arrancar ese cambio positivo de vida que siempre quiso, y emprender una tarea creativa que le ayude a aliviarse y sea también un bello legado a las generaciones venideras.  

En aras de la productividad, obsesión de muchas sociedades, la mayoría de la gente ha perdido el rumbo. No tiene más dirección que aquella que, de manera tiránica y desconsiderada, sus empresas o jefes le marcan. Eso es algo sumamente triste. Algunos historiadores marcan un supuesto final de la esclavitud y la servidumbre en la línea del tiempo, pero se equivocan. Hoy en día, a millones de personas en el mundo les restringen su derecho a la felicidad y a la plenitud, las acosan laboralmente, les vulneran sus derechos en sus organizaciones, las persiguen por sus creencias, les niegan las condiciones mínimas para el digno ejercicio de sus profesiones.

Ahí también puede ofrecer un noble servicio la vivencia depresiva, si se le aprovecha adecuadamente (en el marco de un tratamiento integral, por supuesto). Si se le sabe sacar el jugo, un episodio depresivo ayuda a poner en perspectiva todo lo que se hace, todo lo que se deja de hacer y todo lo que se podría hacer con la propia vida. Y la liberación puede ser maravillosa. 

La depresión puede ser, de este modo, emancipadora. Nos puede cuestionar de manera filosófica. Nos puede hacer pensar si en realidad estamos viviendo la vida que queremos, o simplemente estamos aplazando nuestros sueños para cumplir los sueños de otros. Nos puede indicar si vamos por el camino correcto o si, por el contrario, estamos abusando de nuestro cuerpo. Nos puede señalar si lo que hacemos redunda en nuestro crecimiento personal, o es simple codicia o afán de poder. Nos puede llevar a amarnos más y mejor, dejando de lado la aprobación o la desaprobación de un montón de sujetos y nimiedades francamente irrelevantes para nuestra vida.

Me encanta cuando un paciente, elaborado el proceso, suelta un montón de cargas que lo tenían aplastado y se lanza a vivir, por fin, la vida feliz que se merece. Me fascina, porque también lo he experimentado. Se dice que después de la tempestad llega la calma, pero qué grato es aprender también a cantar y bailar bajo la lluvia, y, una vez la lluvia cesa, aprovechar la ocasión para cambiarse esa ropa vieja que quedó mojada. 

Es una dicha aprender de la depresión para enfocarse en lo que de verdad nos importa, nos hace bien, nos realiza y nos trae felicidad. Eso nos permite ir en pos de nuestras metas, con determinación y confianza absolutas, orientados al logro y llenos de entusiasmo. Y dejar de mendigar aceptación y popularidad, en un mundo y una época tan terriblemente necios, que nos venden como supuesto éxito vital una existencia de borregos, adormecida y atemorizada, presta a acatar las cosas que repite una y otra vez el rebaño de congéneres, matándose y sacrificando lo realmente valioso por locuras como la de creer que la gloria está en hacer muchísimo dinero (para despilfarrarlo enseguida, en todo tipo excesos, banalidades y tonterías) y en presumir de esa enorme cantidad de gastos en fotos ridículas publicadas en redes sociales.

La depresión también puede ser una oportunidad para el descubrimiento de que se tiene un alma que hay que cuidar. Un alma que, bien encaminada, puede ser capaz de cosas sublimes y maravillosas. Un alma que, agradecida, aspirará de ahí en adelante a lo más alto.   

Vivimos una época peculiar, de materialismo extremo. Mucha gente anda por ahí creyendo que la felicidad se puede comprar, y que se es más exitoso en la medida en que se es más adinerado. Mucha gente vive en la más completa ignorancia, despreocupada de los cuidados del alma y de las cuestiones trascendentes. En medio de tanto afán por amasar fortunas, no me extraña que hoy en día casi todo el mundo se sienta insatisfecho, descontento y a la deriva. Y pobre, sumamente pobre.

Aprender de la depresión es empezar a darse cuenta que existe un psiquismo esperando a ser alimentado de verdad. Que ser es más importante que tener o dominar. Que se le puede dar otro tipo de ingresos a la existencia. Que no sólo de pan vive el hombre.

A veces la gente sólo se percata de la existencia de la vida psíquica, o se toma la molestia de cultivarla, si siente la conmoción existencial generada por un trastorno depresivo. Lo ideal sería no necesitar de semejante aliciente, pero a veces es lo único que puede despertar a las personas de los pantanos del materialismo.

De otro lado, un uso sabio de la experiencia depresiva conlleva la oportunidad de hacernos más empáticos, más compasivos, mucho mejores personas. Lo he visto en miles de seres humanos. Es como si el haber pasado por dicha situación los hubiese despertado de su individualismo (otro gran defecto de esta época) y les hubiese mostrado, por fin, que existe todo un entramado de seres en el Universo, y que es gracias a ellos que pueden mantener la existencia propia.

Por eso animo a mis pacientes a que utilicen ese poder transformador que tiene la depresión en sí misma. Es algo que no sólo se debe superar. También se puede vivir, elaborar, y disfrutar. Así es. ¡No todo tiene que ser dolor y sufrimiento! También la enfermedad puede ser una sabia maestra. Aliento a mis pacientes a que no le tengan miedo a sacar provecho de dicha crisis existencial. Se puede experimentar, a partir de ella, un interesante renacimiento. Podrán emerge menos atados a las imperfecciones del mundo y de la época, menos envenenadas por el egoísmo y el resentimiento, más motivadas a cuidar y servir a los demás.

Todos los médicos (tanto si son psiquiatras como si no) se hacen mejores personas, y por supuesto mejores profesionales, si han sabido aprovechar la ocasión. Lo importante es eso. Aprovecharla. Si simplemente se centran en quitarse los “molestos síntomas”, y no hacen un proceso verdadero, seguirán siendo como eran. Por eso me gusta, cuando trabajo con médicos o con psicólogos que se deprimen, reflexionar y trabajar en el cómo pueden renacer mucho mejor capacitados para atender con calidad, profesionalismo y amor.

Otra oportunidad que brinda la depresión, si se le afronta como camino, es la de aprender a no juzgar a la ligera a las personas que estén padeciéndola. Uno no logra entender completamente y con claridad a estas personas que están sufriendo un cuadro clínico depresivo si antes no ha probado al menos un poco de esa hiel. Yo mismo era de los que criticaba a los suicidas. La misma vida se ha encargado de ponerme, en varias situaciones, en la provechosa tarea de repensar, reconceptualizar y redefinir, y de ir dejando todos esos prejuicios de antaño. El que llegó a cometer suicidio merece toda nuestra misericordia. No tenemos ningún derecho a juzgarlo. En cierta medida, es un recordatorio de lo enfermo de nuestro funcionamiento como civilización.

Tras haber salido de las tinieblas de la depresión, las personas pueden empezar a valorar mejor todo lo que tienen de luminoso en sus vidas. Ya han visto la oscuridad. En consecuencia empiezan a percatarse, de manera más vívida, de tanta luz que hay en ellos, y en los demás.

Muchos pacientes, al recuperarse de su depresión, me han comentado que después de ese evento se vuelven más agradecidos con sus vidas, con sus familias, con sus amistades, con los dones con los que han sido bendecidos. Cuando he escuchado lo anterior, no he cesado de animarlos a que sigan descubriendo ese camino. A veces llegan bastante lejos. Se convierten en personas sumamente bondadosas e iluminadas, llenas de amor por el prójimo.

Otro escenario de aprendizaje está dado por la pérdida y el duelo. Sí, los seres humanos somos bastante dados a hacer apegos, y nos da bastante duro el experimentar la ida, el cambio o la desaparición de lo que consideramos nuestras cosas más preciadas. Y la depresión bien aprovechada puede servir como un antídoto frente a esta situación.

Hay quienes se deprimen por cosas que en su momento consideran “lo más importante”… y al cabo de unos años, mirando en retrospectiva, llegan hasta a reírse por haber dado tanta importancia a esas cosas. Descubren que estaban apegados a cosas superfluas, o a personas o situaciones que no podían durar eternamente.

Lo ideal en la psicoterapia es que los pacientes capten que no se les puede exigir infinitud a los seres que en realidad son finitos, impermanentes y perecederos. Y que, por eso mismo, se debe aprovechar la magia del presente. Si en verdad aman a una persona, si en verdad están satisfechos viviendo en un lugar o trabajando en una institución, deben dar lo mejor de sí mismos en ese instante.  

Es hermoso constatar que muchos pacientes logran comprender lo anterior, y empiezan a valorar enormemente el aquí y el ahora. Van dejando tanta inhibición, tanta insensatez, y se vuelven más generosos a la hora de ayudar y dar muestras de cariño. Entienden que un abrazo afectuoso en vida es mucho más útil que una enorme corona de flores cuando ya ese ser amado ha muerto.

Ese tipo de pacientes que han aprendido de la depresión empiezan a gozarlo todo, a disfrutar mejor cada experiencia, cada pequeño placer de la vida, como leer algo bueno, relajarse y sonreír al escuchar una canción o acariciar una mascota. Y no se dejan enturbiar la vida por sujetos que quieran hacerles daño robándoles esos dulces momentos de virtuoso placer.

La experiencia de la depresión puede ser una lección con respecto a no aferrarnos a lo que es perecedero o puede tener un final. Del aferramiento surge buena parte de ese miedo enorme que le tienen muchos a la muerte, y de esa desconsideración y brusquedad con la que suelen tratar al anciano o al moribundo, y de ese estéril afán por verse jóvenes.

Esta época está tan llena de confusión que hay millares de sujetos, en todo el mundo, pretendiendo ser inmortales y dándole la espalda a las realidades ineludibles del envejecimiento, la caducidad y la muerte. Por eso vemos abuelas intentando pasar por lolitas, viejos verdes haciendo el ridículo, madres acostándose con los novios de sus hijas, cincuentones al borde del infarto en el gimnasio. Y jóvenes tan pánfilos, tan despistados, tan anulados por la moral de rebaño (que les inculca a diario que tienen que acomodarse a ciertos estereotipos de belleza y tener un cuerpo de modelos), que no tienen noción de lo creativo, y mucho menos de lo religioso o trascendente, sino que, presas de la inseguridad y del deseo de aprobación, se sacan y publican en redes sociales una foto tras otra. Y por eso los vemos, a todos ellos, aterrorizados y confundidos, cuando requieren ser hospitalizados o se encuentran de cara a la enfermedad y la muerte, y su mundo de fantasía narcisística se les viene abajo.

Cuando una persona ha pasado por un episodio depresivo y ha aprendido bien la lección, se enfrenta ya a la enfermedad y a la probabilidad de morir con mayor naturalidad, con interesante estoicismo, como si supiera de antemano que eso ya iba a pasar, que “estaba ya en el presupuesto”. Y lo más sorprendente es que tiene mayores oportunidades de sobrevivir, y hasta de curarse.

Otra interesante oportunidad de la experiencia depresiva es la de empezar a ver más allá, de abrirse a la trascendencia. He constatado, a lo largo de mi carrera, que muchos de los que no tenían ninguna idea de Dios, de Cielo o de Infinito, o que incluso sentían aversión por ellos, emergen de un episodio depresivo con mayor apertura, sedientos de vida espiritual.

Y sí. Muchos agnósticos y ateos, tras superar la depresión, empiezan un interesante camino de vivencia religiosa. Descubren ese aspecto de su personalidad que había quedado escindido, que habían dejado de lado. Empiezan un proceso de integración, de recuperación de esas partes de ellos mismos que creían inexistentes o innecesarias. Muchos me han manifestado que a partir de entonces sus vidas han sido más completas, más fecundas, más dignas de ser vividas.

*

En resumen, la depresión es una entidad real con un diagnóstico y un tratamiento definidos. Una realidad de doble naturaleza: hunde y estanca si no es manejada profesionalmente, pero también empuja a la transformación y a la plenitud existencial si se trata adecuadamente y se aprovecha como oportunidad, como camino.

Los más básicos no saldrán de un episodio depresivo sino atemorizados, deseosos de que jamás vuelva a ocurrir. Pero los más sublimes saldrán con unas ganas inmensas de ayudar, de comprender amorosamente y de acompañar a otras personas que estén pasando por algún tipo de sufrimiento.



David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982)

Médico cirujano, Pontificia Universidad Javeriana
Especialista en Psiquiatría, Pontificia Universidad Javeriana
Neuropsicólogo, Universidad de Valparaíso
Neuropsiquiatra, Pontificia Universidad Católica de Chile
Filósofo, Universidad Santo Tomás de Aquino
Teólogo, Obispado Castrense de Colombia
Padre de la Psicoterapia Formativa


Cómo citar este artículo: Campos Vargas, D.A. (2023). La depresión como aprendizaje. Revista de Psicoterapia Formativa. Marzo de 2023.

Publicación original: Campos Vargas, D.A. (2015). La depresión como aprendizaje. Pensamiento y Literatura. Septiembre de 2015.

REFLEXIONES SOBRE LOS DERECHOS LABORALES DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL, por David Alberto Campos Vargas

Reflexiones sobre los derechos laborales de la Inteligencia Artificial David Alberto Campos Vargas, MD, MSc La Inteligencia Artificial (IA) ...