sábado, 10 de octubre de 2020

PSICOTERAPIA FORMATIVA Y CRISTIANISMO EN LAS FAMILIAS CON HIJOS HOMOSEXUALES, por David Alberto Campos Vargas

 

PSICOTERAPIA FORMATIVA Y CRISTIANISMO EN LAS FAMILIAS CON HIJOS HOMOSEXUALES

 

David Alberto Campos Vargas, MD

 

1

 

Corren tiempos recios. El siglo XXI es testigo del mayor ataque a la familia que se haya orquestado jamás. El Maligno, siempre tratando de boicotear el plan amoroso de Dios para la humanidad, intenta en esta época destruir la vida de los hijos, y con ello, desestabilizar los matrimonios y acabar con la armonía en los hogares.

Las fuerzas demoníacas tratan de hacer perder el rumbo a nuestros jóvenes. Intentan apartarlos del Bien y sumergirlos en el Mal. Buscan corromper sus corazones, separándolos de la virtud y hundiéndolos en el pecado.

Nosotros, como cristianos, tenemos una importante misión en esta época tenebrosa: debemos proteger a las nuevas generaciones, y salvaguardarlas de todas las argucias con las que Satanás intenta alejarlos del Señor y de la vida buena.

 

2

 

Una de las estrategias más eficientes a la hora de cuidar a nuestros adolescentes y adultos jóvenes es la de acercarlos al Amor, a la Suprema Bondad: ese Creador que ama tanto a Sus criaturas que llegó a ofrecerse a sí mismo como garantía de salvación. Debemos conectarlos con el Señor, fuente inagotable de bienes y clave para llevar una existencia plena.

El Inmundo lo sabe, y también sus secuaces. Por eso es que están empeñados, en esta neoposmodernidad caótica, en sembrar dentro de sus jóvenes corazones desdén, desagrado y hasta odio hacia Dios y Su Iglesia. Y mal haríamos nosotros, conscientes de esta situación, en jugar a ser instrumentos del Demonio. Ya sabemos que es su abominable interés el de hundir a los jóvenes en el pantano del ateísmo y la inmoralidad. En consecuencia, con nuestros ojos puestos en el Salvador, debemos combatir a los malvados que quieren distanciar a nuestros hijos de Dios.

Las caras del mal en nuestro siglo son múltiples, variopintas, y tan peligrosas como sutiles (pues se ponen máscaras de corrección política, y tratan de camuflarse en valores morales universales como la libertad o la justicia): el neomarxismo, la cultura light, la cultura de la muerte, el materialismo, el hembrismo y el abortismo. Estas inmundicias buscan implementar mundialmente el peor de los totalitarismos (pues es más intolerante con críticos y disidentes que el propio nacionalsocialismo), cínicamente disfrazadas de posturas supuestamente democráticas. Los malhechores no descansan, y acechan a los jóvenes por doquier. Por eso hay que presentarles batalla.

 

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Los enemigos de Cristo y Su Iglesia, reclutados y azuzados por Satán, se han sucedido a lo largo de los siglos. La verdad es incompatible con la mentira; la luz espanta las tinieblas; la bondad repele a los malvados. Toda persona intachable, todo pensamiento sublime, toda obra buena, todo fruto emanado de Dios (que es el Amor completo, eterno y perfecto) resultan fastidiosos para quienes tienen el corazón corrompido y hacen parte de las huestes infernales.

Por eso es que el monstruo de seis cabezas (neomarxismo, cultura light, cultura de la muerte, materialismo, hembrismo y abortismo) de la neoposmodernidad ataca tan fieramente la fe de los jóvenes. Quiere acabar con todo lo que tenga que ver con religión (pues quiere cortar la relación del hombre con la Causa Primera), especialmente con el cristianismo católico, que es el esplendor de la verdad y emana directamente de Jesucristo y Sus apóstoles.

Ante semejante despropósito, la mejor conducta es orar, pedir al Señor los dones necesarios para convencer a estos muchachos (y con un ejemplo sólido y coherente, que sea realización concreta y tenga más impacto que cualquier argumentación), y desenmascarar a tiempo aquellas construcciones sociales e ideológicas basadas en falacias que desde lo “políticamente correcto” tratan de minar la muy cristiana y hermosa tradición de Occidente.

 

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El ataque del Maligno y sus esbirros a la Iglesia ha ido variando a lo largo de la Historia. De los siglos I al IV, bajo la forma de un imperio pagano y perseguidor. De los siglos IV al X, atizando narcisismos, envidias y rivalidades entre el poder temporal y el poder espiritual. De los siglos X al XVI, a través de herejes y sectarios. De los siglos XVI al XIX, usando a monarcas mezquinos y codiciosos. Durante los siglos XIX y XX, con el concurso de políticos ególatras y “pensadores” que eran ateos recalcitrantes. Ahora las maniobras están encaminadas a impedir o al menos debilitar la transmisión de los valores y las creencias religiosas a las nuevas generaciones.

Insisto en que una vida bien vivida, consecuente con el Evangelio, es la mejor manera de contrarrestar la propaganda anticristiana (y particularmente anticatólica) con la que se está bombardeando al mundo desde los medios masivos de comunicación, unas veces sutil y otras veces descarada, y casi siempre basada en calumnias, prejuicios y distorsiones.

En ese orden de ideas, no podemos quedarnos cruzados de brazos. Y mucho menos, ahuyentar a los jóvenes de la Iglesia. Si las hordas del Siniestro quieren despistar y atrapar a los jóvenes, tenemos que enfrentarlas con la determinación y la fuerza de la Verdad Eterna, el Amor Supremo que nos ha dejado Su Palabra, Su Tradición y el Magisterio de Su Iglesia.  

 

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Sea nuestra vida, con la ayuda de Dios, un camino de virtud. Quiero insistir en este punto. Nada es más convincente que el ejemplo. La vía más eficaz para destrozar las mentiras y las redes demoníacas, es mostrarles a los adultos del mañana que el amor al Todopoderoso es la clave para una existencia plena y dichosa.

Ahí donde el neomarxismo intente sembrar duda, incertidumbre y desconfianza, la certeza y la seguridad que sólo son posibles gracias a la fe brillarán con claridad. Ahí donde la cultura light inculque superficialidad, vacío y narcisismo, aparecerá la fuerza del intelecto que sólo el Espíritu Santo puede dar. Ahí donde la cultura de la muerte busque propagar la violencia contra el prójimo, llegarán la caridad y la misericordia que distinguen a nuestro Señor. Ahí donde el hembrismo y el machismo (y sus parientes mejor maquillados, el feminismo y el masculinismo) quieran sembrar el odio entre los sexos, refulgirá el amor puro que capta la belleza de lo complementario y la grandeza de la amistad entre hombres y mujeres. Ahí donde el abortismo apunte a desensibilizar a las comunidades frente al infanticidio, prevalecerá la defensa de la vida y los demás derechos del bebé al que se pretenda aniquilar.

Los jóvenes necesitan que los adultos muestren madurez, sensatez y coherencia. Como seguidores de Cristo, debemos vivir realmente Sus enseñanzas. Siendo testimonios vivos del amor de ese Amor Perfecto que es el Altísimo, lograremos demostrarles que las patrañas de Satanás son tan equivocadas como peligrosas.

 

6

 

Cautivar y convencer sólo es posible con una fe cristiana reflejada en cada acto de la vida cotidiana. El ataque al cristianismo orquestado por el monstruo de seis cabezas de la neoposmodernidad, que busca alejar a los jóvenes de la Iglesia (desprestigiándola, ridiculizándola, estigmatizándola, vilipendiándola, silenciándola, maniatándola, invisibilizándola y aun buscando destruirla, aunque esto sea imposible, pues el mismo Jesucristo dijo que las puertas del Infierno no prevalecerían sobre ella), es contrarrestado con la rotunda evidencia de todos los beneficios que trae el hacer parte de ella. Viendo la dicha que trae a nuestras vidas, estos adultos de mañana podrán contrastar la basura que les inculcan los medios con la realidad innegable de la felicidad de vivir a plenitud la belleza del cristianismo original, y podrán concluir, sin dificultad, que vale la pena frecuentar los sacramentos, acceder a las Sagradas Escrituras completas y bien traducidas, hacer parte de una tradición que se remonta al mismo Señor y sus apóstoles (los primeros obispos), nutrirse de las enseñanzas de sus teólogos y doctores, entusiasmarse con el testimonio heroico de sus mártires y santos, caminar con la maternal compañía de la Virgen Inmaculada… en fin, pertenecer a una comunidad tan numerosa como invencible, porque la anima el propio Espíritu de Dios.

Coherencia. Consecuencia. Rectitud. Plenitud de vida. Una existencia pacífica, noble y fecunda, que muestre todos los frutos de la gracia. Así es como podemos animar a nuestros niños y adolescentes a amar a Cristo y vivir por Cristo, fieles a Su auténtica Iglesia.

Complementando lo anterior, debemos recibir con los brazos abiertos a los jóvenes. Convencidos ya con nuestro ejemplo, deberán sentirse bienvenidos. La Iglesia será entonces Madre y Maestra, tal como la entendía san Juan XXIII, acogedora y sencilla, dinámica y alegre, joven y comprometida, como verdadera esposa del Señor.

 

7

 

La intención del Diablo es llevarse a la juventud entera. Dañarla, sumergirla en la inmoralidad, trastornarla, enfermarla, ensuciarla, confundirla, arrastrarla al Infierno. Siempre ha sido así (baste leer los recuerdos de san Juan María Vianney o san Juan Bosco para saber que el placer del Asqueroso en corromper la juventud no es algo nuevo), pero en esta época parece que lo ha definido como su objetivo primordial.

Que los jóvenes de hoy se acerquen al Señor es, en consecuencia, prioritario. La neoposmodernidad, con respecto a otras épocas, ofrece algunas ventajas en cuanto a valores y actitudes (ecologismo, pacifismo, respeto a la diferencia, superación del antropocentrismo, tolerancia); tiene zonas grises, mixtas, en las que pueden descubrirse elementos positivos y negativos (cosmopolitismo, aperturismo, globalización); y, como todo lo humano, luce también aspectos aterradores (el monstruo de seis cabezas que ya he señalado). Por ende, si estos muchachos quedaran enteramente a merced de su época, sin ninguna intervención nuestra, podrían ser fácil presa del Demonio. Si no hablamos a nuestros hijos de Dios, nadie más lo hará. Si no los invitamos a recobrar la paz y la gracia en los signos que Yahvé nos ha dejado para re-acercarnos a Él, sólo escucharán a quienes ridiculizan los sacramentos. Si no les mostramos en nuestra propia existencia, como algo concreto y tangible (como les gusta a ellos, los neoposmodernos) que es con Cristo que hallamos plenitud, sólo se quedarán con la versión materialista y pesimista de los que niegan la realidad ultraterrena. Si no somos prueba fehaciente de que es gracias a la vida religiosa (la vida de relación con el Todopoderoso) que superamos los problemas y logramos ser plenamente felices, serán arrastrados por el océano de resentimiento y desesperanza que divulgan minuto a minuto los enemigos de la fe.  

Por eso es tan importante que los jóvenes sean parte fundamental de la Iglesia, que descubran la grandeza de su tradición y de sus enseñanzas, que vibren con ella, que conozcan sus frutos y sus obras, que se familiaricen con sus beatos y santos (ejemplos de vida fecunda y moldeada por el Espíritu Santo), que accedan a sus tesoros de erudición y misticismo, que sientan la paz y la alegría de su Evangelio, que contemplen sus verdades, que entiendan sus orígenes y su devenir (captando que, aún en momentos de conflicto y contradicciones, siempre ha estado ahí Jesucristo, tal como en sus inicios, guiando y corrigiendo), que capten su significado tanto en la Historia humana como en la Historia de Salvación, que asuman su misión y su ayuden a pulirla en donde aún hace falta, que puedan disfrutar de todas las bendiciones que ella y Su Fundador tienen para ofrecerles.   

 

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En contra de lo que pretenden las criaturas infernales, las nuevas generaciones deben comprender que la Iglesia tiene las puertas abiertas y está lista a acogerlos con amor y respeto, tal como en los días de san Pedro, su primer Papa, entendiendo que sus singularidades y sus anhelos juveniles son válidos y dinamizan la realidad eclesial.

Caso especial lo constituyen los jóvenes homosexuales. Por una serie de infortunios históricos, y especialmente por la interpretación distorsionada que hacen las sectas de la Sagrada Escritura (apartándose del cristianismo original, católico, apostólico y romano), muchos de ellos se sienten también incomprendidos y discriminados ahí justamente donde deberían ver a un Cristo amoroso y cálido recibiéndolos con ternura. Y esto, unido a la gran telaraña de calumnias, prejuicios y distorsiones que tejen los malvados, y al furor anticristiano de casi todos los gobernantes de la actualidad, los aleja de la Fuente de Vida (nuestro Señor, el Dios que es Amor y Bondad) y los sirve en bandeja al Maligno (empeñado, insisto, en alejar a niños y jóvenes de Jesucristo y Su Iglesia, para socavar la unidad familiar y de paso dañar los matrimonios).

Es triste que gran parte de los hermanos separados hayan asumido actitudes de rechazo a la comunidad homosexual. Eso es contrario al Evangelio. Por fortuna los miembros de la Sociedad de Psicoterapia Formativa que pertenecen al cristianismo protestante jamás incurrirían en semejante error. Pero ellos, lastimosamente, son una parte ínfima de los feligreses de dichas sectas. Se debe trabajar fuertemente también con todas esas congregaciones en las que se ha subdividido el protestantismo (porque el que divide está condenado a dividirse), para sensibilizarlas, liberarlas de prejuicios y flexibilizarlas en sus conceptos. Se debe realizar una psicoeducación masiva (tanto de pastores como de adeptos) para que se vayan superando esas posturas homofóbicas, y se vaya entendiendo que la valoración de todo un segmento poblacional no puede estar basado en citas descontextualizadas del Antiguo Testamento de Biblias mal traducidas y mutiladas. Y es también una pena que algunos grupos de cristianos católicos hayan incurrido en actitudes de estigmatización y exclusión con la comunidad homosexual, cuando tantos y tan connotados teólogos, y aún Pontífices, reiteradamente han llamado a la Iglesia a incluirla y apoyarla, obviamente sin perder su identidad y su tradición milenarias. El catolicismo, como representante del cristianismo primigenio, tiene que dar un ejemplo de cristianismo auténtico comprendiendo, acogiendo y ayudando a los jóvenes homosexuales o confundidos que requieren ante todo calor de hogar. Y las demás denominaciones cristianas deben adherirse a esta noble tarea.

 

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En modo alguno puede defenderse algo tan ridículo como la ideología de género (un adefesio tan aborrecible como lleno de postulados falsos); dicha corriente es una mescolanza de disparates basados en una actitud claramente anticientífica. Tampoco tienen fundamento otras absurdas corrientes posmodernas que desconocen los aspectos biológicos de la identidad sexual, confunden identidad con orientación sexual y también de forma errónea creen que todo reposa en lo socio-cultural (un supuesto tan exagerado como falaz). Y mucho menos válido sería ir en contra de lo establecido por la Iglesia.

El matrimonio católico es heterosexual. Se da entre un hombre y una mujer que se aman tal como son, creen en el amor monogámico y celebran dicho sacramento de forma libre y consentida. Implica un compromiso y un juramento solemne ante Dios: seguir amándose hasta la muerte (más allá de las vicisitudes como la pobreza, la enfermedad o la vejez). Es un sacramento (un signo visible de la gracia) y es también una institución a la que los cónyuges se adhieren buscando la felicidad mutua y la generación y educación de la prole. Modificar estas verdades eternas sería necio y desatinado. No puede haber un matrimonio católico homosexual.

Ahora bien, el fenómeno de la homosexualidad en la especie humana constituye una realidad innegable. Hace parte de la vida psíquica de los seres humanos. No constituye una patología psiquiátrica (aunque puede, obviamente, verse asociada a trastornos de personalidad y otras enfermedades de la psique) y es una variante anormal pero no patológicas de la conducta sexual. Es decir, no hace parte de la conducta mayoritaria, natural y biológicamente esperable del hombre, pues se encuentran por fuera de la normalidad estadística y de las mismas leyes naturales, pero tampoco es un diagnóstico en Psiquiatría (no es, en sí misma, una patología). El matrimonio católico no es ni puede ser de naturaleza distinta al orden biológico que nos ha hecho sobrevivir en la Tierra (la heterosexualidad, la condición más coherente con la reproducción y la supervivencia humanas), pues está perfectamente alineado con el plan del Señor para Su criatura predilecta, y con Sus leyes naturales. En consecuencia, el sacramento como tal es incompatible con la homosexualidad. Pero el matrimonio homosexual de naturaleza estrictamente civil (no sacramental, no católico) es, por supuesto, válido y deseable, pues da estabilidad y favorece la fidelidad en una población con tendencia a ser promiscua.

 

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Como sabiamente me dijo un padre de familia, “al Diablo no le entregaremos a nuestros hijos en bandeja”. Si alejamos a los jóvenes de Cristo, con posturas homofóbicas o intolerantes, no hacemos sino respaldar a quienes están interesados en contaminar sus almas y arrastrarlos a la perdición y viven hablando mal de la Iglesia. Un exceso de conservadurismo puede ser inadecuado.

De otro lado, si claudicamos en nuestras creencias y nos alineamos cándidamente junto los malvados “políticamente correctos” que tratan de confundir lo bueno y lo malo y pretenden maquillar lo abominable con endulzados términos (apoyando al monstruo de seis cabezas del siglo XXI), también cometemos un error. Un exceso de apertura es claramente peligroso.

La clave está en el justo centro. Defender la tradición y la sabiduría de la Iglesia, entendiendo que la grandeza del matrimonio no puede ensuciarse con basura como la ideología de género o el neomarxismo feminista, abortista y enemigo de la heterosexualidad y la familia. Permanecer en la Verdad, sin ceder a los grupos de presión que utilizan el Maligno y sus secuaces. Pero también acoger cariñosamente a los muchachos homosexuales, y a todos los jóvenes en general, sabiendo que sólo en Aquél que es el Bien y la Belleza tendrán vida plena y saludable.

 

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Las metas de la psicoterapia formativa (plenitud existencial, reflexión filosófica, estructuración de una personalidad sana y madura, redefinición, transformación, potenciación de los aspectos espirituales y trascendentes, formación, integración armónica, cohesión del self, praxis, aprendizaje, transmutación integradora, adquisición de nuevos significados y nuevas estrategias de afrontamiento) están en plena sintonía con la apertura a Dios y el encuentro del sentido de la vida en la religión (que es la reconexión, la religazón con el Todopoderoso, fuente de toda felicidad y de toda esperanza), y se nutren especialmente del Cristianismo.

Y es que el proyecto de vida ilustrado por el Señor en Su mensaje y con Su ejemplo representa todo aquello a lo cual aspiran el paciente y el terapeuta: la verdad prístina y potente, la felicidad serena e invencible, el fructífero equilibrio del cual la salud mental es consecuencia lógica e inevitable.

El interés central del psicoterapeuta formativo está en la adecuada formación: la construcción madura, adaptativa y coherente de la personalidad, en aras de alcanzar la dicha de la vida plena (tanto en sí mismo como en sus pacientes); en ese orden de ideas, todo lo que atente contra estos objetivos debe evitarse, y todo lo que contribuya a lograrlos (como el acercamiento a la Iglesia, la riqueza de la vida sacramental que fortalece la gracia y la vivencia devota de un cristianismo sincero y bien fundamentado) debe ser motivado y potenciado en el proceso terapéutico.

 

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En conclusión, mal haríamos en apartar a los jóvenes del proyecto de Dios para este mundo. Ellos se encuentran sedientos de fe y verdad en un mundo que por lo general les ofrece mentira e incertidumbre. Sería un disparate cerrarle las puertas de Su Iglesia (o de sus múltiples ramificaciones) a los jóvenes homosexuales, ya de por sí bastante expuestos a distintos estresores (confusión, incomprensión, estigmatización, matoneo, discriminación y otras dificultades en la socialización). Como ya se ha dicho, los escenarios que deformen y/o perviertan, que traigan desdicha o que dificulten la realización vital no son ni convenientes ni deseables. Es por ello que urge integrarlos y acogerlos cálidamente en parroquias y congregaciones, en grupos de oración, en retiros espirituales y en todas aquellas actividades pastorales que hacen parte de la labor formativa y evangelizadora.

Al homosexual no podemos apartarlo del Señor y de la vida de relación con Él, verdadero y único camino de plenitud existencial. Eso sería ir en contra de los fundamentos del mismo Jesucristo. Nuestro Señor nos ha dejado Su Evangelio, esa Buena Nueva que es la más alta sabiduría, superior a cualquier filosofía habida o por haber. Por ende, lo más justo es que absolutamente todos los seres humanos puedan acceder a Él.

Venciendo a Satanás y sus inmundos colaboradores (que están empeñados en saturar esta neoposmodernidad contradictoria de aparatos teóricos y propagandísticos encaminados a debilitar la Iglesia y a crear una brecha entre ella y la humanidad, a corromper a los hombres del mañana y a poner en riesgo al planeta entero) lograremos hacer de este un mundo mejor, más bello y solidario, más cercano a la esencia de Su Hacedor.

 

David Alberto Campos Vargas

Médico y cirujano – Pontificia Universidad Javeriana

Especialista en Psiquiatría – Pontificia Universidad Javeriana

Neuropsicólogo – Universidad de Valparaíso

Neuropsiquiatra – Pontificia Universidad Católica de Chile

Filósofo – Universidad Santo Tomás de Aquino

Teólogo – Obispado Castrense de Colombia

 

lunes, 25 de mayo de 2020

LOS CUIDADOS DEL CUIDADOR EN LA PANDEMIA: LA SALUD DEL PSICOTERAPEUTA FORMATIVO FRENTE AL SARS-COV2, por David Alberto Campos Vargas


LOS CUIDADOS DEL CUIDADOR EN LA PANDEMIA: LA SALUD DEL PSICOTERAPEUTA FORMATIVO FRENTE AL SARS-COV2

David Alberto Campos Vargas, MD*


En este breve texto, quiero dar unas indicaciones claras para los psicoterapeutas graduados o en proceso de formación.
Siempre con fe y optimismo, sabiendo que la adaptación es posible y que la relación profunda con el Señor dará a cada miembro (egresado, educando, docente) de la Sociedad de Psicoterapia Formativa la fuerza y el tesón necesarios para afrontar la presente coyuntura sanitaria, cariñosamente recomiendo:

1.  Las sesiones deben realizarse de manera virtual (teleconsulta), en aras de salvaguardar la vida, la integridad, la salud y el bienestar tanto del paciente como del terapeuta.

2. Los encuentros pueden realizarse utilizando todos los recursos tecnológicos disponibles: plataformas para reuniones virtuales, videollamadas por redes sociales e incluso llamadas telefónicas (con los pacientes que no tengan acceso a internet en sus viviendas, pero que sí dispongan de servicio de telefonía básica). La clave está en no saturarse mentalmente: una vez atendido el paciente (concluido el encuentro sincrónico), el psicoterapeuta no volverá a interactuar de manera directa con él (ni contestando llamadas, ni respondiendo mensajes) hasta la siguiente sesión. Sí podrá, en cambio, enviarle material de utilidad (seguimiento diacrónico).

3.  El acompañamiento diacrónico a los pacientes (mientras llega la siguiente sesión o encuentro sincrónico) consistirá en el envío de dicho material de apoyo, a través de redes sociales o correo electrónico. Así, el psicoterapeuta formativo podrá enviar tareas, diagramas e imágenes de apoyo, libros, artículos, videos (de ejercicios espirituales, técnicas de respiración o relajación, música relajante, rutinas de aeróbicos y otros ejercicios según la edad y el estado físico del paciente), textos (que contribuyan a consolidar lo trabajado en la cita), íconos o memes que motiven o refuercen cogniciones positivas, audios, recomendaciones y sugerencias (nutricionales, de pareja, referidas a la higiene del sueño, etcétera) y otras actividades complementarias que permitan más aprendizajes significativos en el intervalo entre sesiones. De este modo, el terapeuta no se agotará innecesariamente, el paciente tendrá la certeza de que se le continúa dando apoyo sin anclarse en patrones ansiosos de apego, se hará un seguimiento responsable sin desgastar al tratante y se mantendrá un encuadre sano y respetuoso con los tiempos y horarios de cada uno de los miembros de la diada terapéutica.

4.  Es importante que el psicoterapeuta sepa que no está haciendo nada malo si saca tiempo para sí. La pandemia ha golpeado a todos los psicoterapeutas del mundo. No conozco el primero que no haya experimentado incertidumbre frente a su futuro laboral, temor a que algún familiar se contagie o enferme, insomnio, desasosiego, trastornos depresivos o ansiosos, u otras vicisitudes psicológicas derivadas de esta crisis global. Por ello, mal haría en negarse los espacios que su mismo espíritu le solicite (más tiempo para la oración, la meditación, la distracción, el descanso, el ocio productivo y el confort en general).

5. El psicoterapeuta formativo tiene el mandato de saberse cuidar, porque sólo así podrá estar en capacitar de cuidar de los demás. Al trabajar adentro, se fortalecerá para brindar una mejor atención afuera. No se puede irradiar vitalidad, alegría, armonía y equilibrio si interiormente hay cansancio, tristeza, desasosiego y desorden.    

6. Se debe valorar el encuentro virtual en toda su grandeza. Es obvio que todos estábamos acostumbrados a la presencialidad, a la que considerábamos más “cálida” y “humana”, pero la dura realidad de tantos terapeutas de otras escuelas fallecidos nos obliga a replantearnos nuestras anteriores concepciones relacionadas con este punto. Muchos psiquiatras, psicólogos, consejeros espirituales, trabajadores sociales y terapeutas ocupacionales murieron de Covid 19, especialmente el primer trimestre del año 2020, al no tener conciencia del grave riesgo que implicaba el continuar atendiendo pacientes de forma presencial. Una vez corroborada la transmisión aérea del virus (a través de microgotículas aerosolizadas), y constatados los riesgos de contagio al hablar con otra persona, especialmente en recintos cerrados, se hizo mandatoria la teleconsulta. En la actualidad prácticamente todos los consultorios y hospitales psiquiátricos están realizando telemedicina. Negarse a utilizar la virtualidad, al menos mientras aparece una vacuna, es una conducta masoquista y suicida (en términos del terapeuta) y desconsiderada y potencialmente causante de daño social (desde el punto de vista de sus consultantes), y, por tanto, inadmisible.

7. No es menos una consulta virtual que una consulta presencial. No tiene menos dignidad, ni menos nivel técnico, ni menos impacto en la salud, ni menos capacidad de generar un cambio positivo tanto en el paciente como en el psicoterapeuta. Por lo tanto, es recomendable mantener las tarifas que antes se manejaban.

8. Es saludable reducir a cero el porcentaje de tiempo que se dedica a leer, escuchar y mirar noticias que estén diseñadas para impactar, alarmar y conmover a la opinión pública. El amarillismo de ciertos periodistas está concebido para hacer temblar a sus lectores, radioescuchas y televidentes. Hay factores económicos, sociales y hasta políticos asociados a esa conducta tan poco ética. Este tipo de periodismo, que va de la mano con la cultura light y la civilización del espectáculo, es el menos conveniente para circunstancias históricas como las que estamos viviendo en esta pandemia. El psicoterapeuta formativo debe buscar solamente información científica y pertinente, en fuentes confiables, y que sea útil para cuidar su salud y la de los demás. En ese orden de ideas, deberá privilegiar las noticias relacionadas con las medidas de prevención del contagio, las estrategias para la promoción de la salud y el bienestar, y los avances en el diagnóstico y el tratamiento de la Covid 19. El acercamiento a dichas actualizaciones médicas deberá hacerse a una hora fija, máximo 45 minutos al día, y preferiblemente nunca antes de dormir.

9. Es aconsejable implementar medidas de protección en el lugar en el que se vive, para asegurar la vida, la integridad, la salud y el bienestar de sí mismo y del resto de integrantes de su vecindario. Uno de los sellos distintivos de nuestra forma de entender la psicoterapia es su profundo sentido ético y de responsabilidad social. Todo psicoterapeuta formativo está llamado a ser un líder comunitario, un creador de consciencia y un auténtico gestor de cambio. El uso de mascarilla, el distanciamiento social, el lavado de manos con agua y jabón, la estricta regulación de las personas que ingresen al edificio, conjunto o condominio en el que se viva, las exigencias de higiene a quienes deambulen cerca, la estandarización de normas referentes a las visitas (que sólo deben permitirse si se trata de familiares de personas con discapacidad o enfermedad de difícil manejo que vayan a llevarle medicamentos), la entrega de domicilios exclusivamente en portería, la prohibición de las reuniones y eventos sociales, el cierre de los gimnasios y las zonas húmedas, y todas las otras medidas que pueda contribuir a implementar, en su calidad de científico comprometido con la comunidad, son bienvenidas y, con toda seguridad, tendrán su debida recompensa por parte del Señor.

10. Todo miembro de la Sociedad de Psicoterapia Formativa, además de ser un líder responsable, juicioso y solidario, está llamado a ser también un educador y promotor de la salud en su comunidad, en su ciudad y en su país. Puede utilizar todos los recursos tecnológicos a su disposición para dar a sus vecinos, amigos y conciudadanos a información veraz, lúcida y basada en la evidencia científica.  Asimismo, debe desmentir con coraje todo tipo de bulos, panfletos y mensajes de redes sociales que contribuyan a la desinformación, las posturas anticientíficas y la perpetuación de conductas que atenten contra la salud pública.

11. Ayudar y sentirse útil, dentro de las propias posibilidades (recursos económicos, edad, estado físico, presencia o no de comorbilidades), no solamente mejora la salud mental y disminuye el riesgo de secuelas (insomnio crónico, trastorno de estrés postraumático, depresión), sino que contribuye al propio mejoramiento de la personalidad y permite ir acercándose al Cielo, la meta primordial de la existencia humana. Así, acciones como la donación y/o entrega de medicamentos y mercados a familias necesitadas, voluntariados en líneas de atención y soporte emocional, actividades docentes y de capacitación comunitaria, ayuda a personas ancianas o enfermas en su barrio o vecindario que requieran alimentos u otros productos de primera necesidad (siempre y cuando se garantice el cumplimiento de los protocolos de bioseguridad) ejercidas por docentes, egresados o educandos de la Sociedad, son aplaudidas y enaltecen el buen nombre de esta escuela.

12. Aprovechando las posibilidades de conexión que ofrecen la virtualidad y las redes sociales, el psicoterapeuta formativo debe acercarse a todo tipo de comunidades religiosas, académicas, deportivas y lúdicas que puedan brindarle sano esparcimiento y crecimiento espiritual.

13. Es conveniente incentivar el fortalecimiento de redes de apoyo, tanto para sí mismo como para sus pacientes. Estos tiempos recios se encaran mejor si se tienen amistades prestas a tender una mano. Conectarse y hacer nuevos amigos, afianzar y avivar las relaciones actuales, y reencontrarse con parientes lejanos y viejas amistades, puede ser sumamente provechoso.

14. A nivel matrimonial, familiar y comunitario, el psicoterapeuta formativo debe ser una voz de aliento cuando cunda el desánimo, un líder sensato para evitar la irracionalidad y la zozobra, un guía prudente frente al pavor y la desesperación, un puente cuando surjan las desavenencias, un constructor de paz siempre listo a invitar al trabajo mancomunado y cooperativo.

15. Es importante asumir que llegan momentos de quiebre, en los que el propio psiquismo no da más. Ahí es pertinente detenerse, tumbarse en el sofá o acostarse en la cama, darse una buena siesta, desconectarse por un rato. Después conviene darse una ducha, hacer algo de ejercicio o realizar una actividad agradable y relajante. Al terminar, elevar una plegaria de agradecimiento al Señor, el Dueño de la Vida, y quedarse un tiempo junto a Él, en un estado contemplativo. En esos momentos de reconstrucción, el terapeuta se fortalecerá y se reabastecerá del vigor necesario para volver a la carga, animado y en buena disposición.

16. Cuando lleguen esos momentos de cansancio, el psicoterapeuta formativo debe recordar todas las virtudes cristianas que lo animan, especialmente la humildad y la confianza la Divina Providencia (lo que muchos santos han descrito como “abandonarse en los brazos de Dios”). El estrés frente a las vicisitudes del trabajo y la vida cotidianos, la ira cuando surgen imprevistos o errores (propios o ajenos), la frustración al experimentar que las cosas no salen según lo planeado, y todos los sentimientos de derrota o malestar que puedan surgir, no significan que el terapeuta no sepa hacer su trabajo o sea débil, sino que es un ser humano, imperfecto y necesitado de la ayuda y la misericordia del Todopoderoso.

17. Es aconsejable pedir ayuda. Batallar solo es echarse encima una carga innecesaria, que sólo provoca irritación y desgaste. Es bueno compartir las penas, desahogarse con otro colega, delegar en el trabajo, soltar lastres y aceptar que no todos los resultados van a ser perfectos. Estos tiempos difíciles provocados por la peste china requieren que el psicoterapeuta sea más flexible y comprensivo, más realista y caritativo. Y dichas comprensión y caridad empiezan por sí mismo. Se necesita cierto nivel de autoindulgencia, y tomarse hasta con humor los propios fallos, para no agriarse el carácter.

18. También es necesario hacer múltiples pausas durante el trabajo. No sólo para descansar o distraer la mente, sino también para darle reposo a los ojos (que suelen verse afectados al estar tanto tiempo expuestos a pantallas). Esas pausas pueden ser la ocasión propicia para realizar una oración, hacer ejercicios de estiramiento o hasta darse una siesta.

19. Alimentarse saludablemente (con alimentos ricos en vitaminas, proteínas de alto valor biológico y fibra), con una dieta variada y en cantidad suficiente, hará que la labor del psicoterapeuta formativo sea más llevadera.

20. De la mano con lo anterior, la realización de actividad física y deportiva es fundamental. Es preferible, obviamente, la realización de dicha actividad en un espacio en el que no exista ningún riesgo de contagio: un lugar en el que no tenga el peligro de encontrarse con nadie ajeno al núcleo familiar con el que se está realizando el confinamiento. Por este motivo es idóneo pasar la cuarentena en una finca o casa campestre, en la que se pueda hacer ejercicio con riesgo casi nulo de infección. Ahora bien, si el psicoterapeuta se encuentra confinado en un apartamento o una casa ubicados en el casco urbano de su municipio, y tenga alguna(s) comorbilidad(es) que implique(n) un aumento en el riesgo de fatalidad en caso de contraer el coronavirus, lo aconsejable es que acondicione una habitación como un pequeño gimnasio, y pueda realizar ahí todo el deporte que pueda, solo o acompañado: aeróbicos, rutinas de fortalecimiento cardiovascular, ejercicios de fuerza y resistencia, pilates, taichí, yoga y otros tipos de estiramiento. No es indispensable tener bicicleta estática, caminadora, elíptica u otro tipo de maquinaria. Basta un cuarto limpio con buena luz y ventilación. Los ejercicios puede hacerlos de memoria, si ya tenía el hábito, o puede seguir a un profesor por vía virtual, o a través de un video o un programa de televisión. Si el terapeuta es joven y no padece ninguna enfermedad, puede salir a hacer deporte a un parque o polideportivo en su barrio, conjunto residencial o condominio, siempre y cuando conserve el distanciamiento social, lleve mascarilla y gafas protectoras y se abstenga de tocar superficies.

21. Después de su fecunda y dichosa relación con Dios, lo más importante para un psicoterapeuta formativo es la familia. Si está pasando la cuarentena con sus parientes más cercanos, debe ser siempre una presencia sonriente y optimista pese a las dificultades, un puente y un conciliador cuando surjan desavenencias, una voz de tranquilidad y optimismo frente a la ansiedad colectiva, una mente cabal, científica y razonable frente a los bulos y las cadenas de falsa información que inundan las redes sociales, y, ante todo, una persona amorosa y caritativa, presta a ayudar, siempre dulce y respetuosa en el trato. Allí donde están problemas, malentendidos e incomprensiones, estará listo a sembrar amor y paz. Obviamente, también deberá establecer un contacto constante por vía virtual con el resto de sus familiares, para acompañarlos, aconsejarlos, distraerlos y alegrarles el día. El beneficio es enorme, y para ambas partes. Si el escenario consiste en que el terapeuta se encuentre viviendo solo durante la pandemia, con mayor razón deberá estar en contacto permanente con toda su parentela.  

21. Las buenas amistades (ese sacerdote que es muy amigo de Dios y tiene palabras de piedad y sabiduría, ese hombre de corazón sencillo que sabe aconsejar, esa ex compañera de estudios que siempre sabe alentar y animar en los momentos de intranquilidad) son de vital importancia. Es muy recomendable estar en contacto permanente con ellas: una reunión virtual, una llamada telefónica, una videollamada, un mensaje de texto, un correo electrónico o un saludo a través de redes sociales puede dar alegría, equilibrio, esperanza y sensación de compañía.

22. Resulta provechoso establecer redes de contacto y grupos de apoyo en redes sociales. Vecinos, allegados y amigos, unidos frente a la peste, son una fuente valiosa de consejos, números de teléfono para solicitar domicilios, últimas noticias e información de interés. La clave está en explicitar, desde un principio, que sólo deberá compartirse información verídica y realmente relevante, previamente chequeada y basada en la mejor evidencia científica posible.

23. Es fundamental tener comunicación de buena calidad con personal de salud calificado. Epidemiólogos, salubristas públicos, infectólogos, virólogos, neumólogos, intensivistas y otros médicos con formación académica sólida y pertinente, ayudarán a resolver dudas e interrogantes con respecto a la desinfección del hogar, las normas de higiene, las medidas a implementar a nivel comunitario y otros aspectos médicos que sólo deben resolverse a través de la consulta a expertos (y nunca basándose en mensajitos de nulo valor científico que por desgracia son reenviados compulsivamente a través de redes sociales).

24. Conviene agendar cada día con actividades variadas y estimulantes, para no caer en la “monotonía de pandemia”. Que los fines de semana y festivos continúen siéndolo, y ofrezcan amplias posibilidades lúdicas (jugar, dialogar, reír, leer, escuchar música, cantar, pintar, escribir, bailar, tejer, contarse historias, ver películas, recordar buenos momentos revisando álbumes o videos familiares, orar, relajarse); los días laborales deberán estar, asimismo, salpicados de actividades creativas y espacios para la sana diversión, cosa que no haya fatiga ni agotamiento por el ejercicio de la profesión.  

25. Es útil tener apoyo profesional para expresar y comunicar los diversos pensamientos y sentimientos que emergen en situaciones de crisis global como esta pandemia. El psicoterapeuta formativo debe darse la oportunidad de contactar a un colega para poder recibir ayuda experta en un entorno seguro y confidencial.

26. La espiritualidad conyugal es imprescindible. El confinamiento en casa es una oportunidad bellísima para profundizar en el mutuo conocimiento, el tierno acompañamiento y el acercamiento amoroso día a día. Juntos, y siempre de la mano del Señor, los esposos irán aprendiendo y fortaleciéndose de tal modo que podrán consolidar y hacer crecer su relación. Así, las fases de cuarentena y de reapertura que se sucederán a lo largo de todos los años que dure la pandemia (que podrían ser bastantes), lejos de ser momentos de tensión y conflicto, serán ocasiones para hacer cada vez más grande el amor de pareja.

27. Es maravilloso tener mascotas en estos tiempos recios. Ellos, con su corazón de niños, ofrecen siempre un afecto leal, noble y sincero. Jugar con ellos, acariciarlos, acicalarlos, intercambiar múltiples manifestaciones de cariño, entretenerse alimentándolos o estimulándolos cognitivamente, acompañarse y apoyarse mutuamente (porque es cierto que ellos comprenden y se compenetran de manera especial con nuestro psiquismo), son actividades que brindan gran alegría y satisfacción.

28. En caso de padecer alguna enfermedad o tener una condición médica, el psicoterapeuta formativo debe ser precavido y asegurarse de tener acceso a todos los medicamentos que necesite, y hablar con su aseguradora y su institución prestadora de servicios de salud para que le garanticen todas las citas (idealmente a través de telemedicina, cuando el cuadro clínico lo permita) y la entrega de los fármacos (ojalá a domicilio).  

29. Las faenas de cocina, limpieza y demás tareas domésticas deben realizarse escuchando música, de manera medida (poco a poco, intercaladas con actividades lúdicas y deportivas) y organizada, sin sobrecargarse, para que puedan resultar relajantes y agradables.
    
30. Conviene recordar constantemente que con la ayuda de Dios se podrán superar todas las situaciones asociadas a esta pandemia, y que con fe y oración se logrará la victoria.

*
Médico y cirujano - Pontificia Universidad Javeriana
Especialista en Psiquiatría - Pontificia Universidad Javeriana
Neuropsiquiatra - Pontificia Universidad Católica de Chile
Neuropsicólogo - Universidad de Valparaíso
Filósofo - Universidad Santo Tomás de Aquino
Teólogo - Obispado Castrense de Colombia
Fundador y Director - Sociedad de Psicoterapia Formativa


jueves, 20 de febrero de 2020

PSICOTERAPIA FORMATIVA EN EL ADOLESCENTE, por David Alberto Campos Vargas


PSICOTERAPIA FORMATIVA EN EL ADOLESCENTE


David Alberto Campos Vargas





Introducción


El adolescente lucha por abrirse campo en medio de un mundo que con frecuencia le es hostil o lo considera menos importante de lo que en realidad es. A menudo recibe todo tipo de calumnias y valoraciones negativas, que muchas veces expresan prejuicios profundamente arraigados en el inconsciente colectivo.

A lo largo de los siglos, al adolescente se le ha tratado de encasillar  en un rol de minusvalía, inseguridad, irresponsabilidad y/o haraganería. Se le ha visto como un ser en estado de moratoria, incompleto, vago, pusilánime e indeciso. Nada más injusto. 

Desconociendo sus aspectos más luminosos (solidaridad, sentido de equipo, capacidad de sacrificio, compromiso social, espíritu emprendedor, idealismo) y, en cambio, magnificando sus facetas más oscuras (inconstancia, dispersión, inconsistencia, fragilidad yoica, inestabilidad afectiva), en casi todas las sociedades contemporáneas el desdén hacia los adolescentes se presenta en diversos escenarios. A nivel institucional (empresas, colegios, universidades) los viejos intentan someterlos, y, si se encuentran en posición de subalternos, se niegan a reconocer sus capacidades y con frecuencia tratan de boicotear sus directrices. En el cine y la literatura de mala calidad (epítomes de la cultura light que tiene idiotizada a buena parte de la población en el siglo XXI), es reiterativo el cliché de los adolescentes bobalicones e insensatos que viven en medio de juergas, orgías y conductas temerarias.  En todo el orbe, aún predomina la idea de que el líder debe ser una persona vetusta, y efectivamente el joven, así sepa dirigir y esté lleno de buenas ideas ideas, tiende a ser descartado (pues se tiene el prejuicio de que es incapaz e incompetente para puestos de liderazgo). Para rematar, numerosas figuras de la farándula (los grandes influenciadores de esta época)  divulgan una imagen muy retorcida de los adolescentes, presentándolos como poco más que bestias instintivas, peligrosas e insaciables. 

De otro lado, las psicoterapias tradicionales se suelen quedar cortas en el abordaje del adolescente, e incurren en el error de verlos como “niños que están aprendiendo a ser grandes”, o peor aún, “adultos incompletos”.

A muchos prejuiciosos les sorprendería saber que grandes obras de la literatura, la música y el arte  han sido creadas entre los 12 y los 20 años de edad. O que la Historia ofrece numerosos casos de adolescentes y adultos jóvenes que han sido formidables gobernantes. 

La verdad es que el adolescente merece mucho más respeto. No es, en modo alguno, ese sujeto atolondrado, flojo y lleno de falencias que algunos creen que es. Tampoco es un niño atormentado por los cambios corporales que vivencia, como a menudo se le caricaturiza. 

El adolescente no es un niño crecido ni un adulto pequeño. Constituye un ontos especial, con unas características que exigen al psicoterapeuta formativo consideraciones técnicas especiales.


¿Qué desea un adolescente?


El adolescente desea especialmente tres cosas en su vida: ser valorado en su justa medida, ser respetado en su identidad y sus orientaciones, y sentirse amado. Veamos cómo:

a. El adolescente quiere ser valorado, quiere ser tenido en cuenta. Quiere que lo escuchen, que no menosprecien sus ideas ni sus iniciativas. Quiere superar la incómoda experiencia (que por desgracia vive a menudo) de ser tenido en menos por sus mayores.

Tengamos en cuenta que a nivel jurídico el adolescente ni siquiera es reconocido como ciudadano en muchos países del mundo (en los que la mayoría de edad se adquiere a los 21 años o después), o es tenido por ciudadano de segunda categoría, con derecho a voto pero con impedimentos para ser candidato a cargos públicos.

Recordemos, además, que al adolescente se le discrimina con frecuencia (sobretodo si es varón, pues el sexismo totalitarista del siglo XXI pretende achacarle al sexo masculino toda la culpa de lo malo que sucede en el mundo), se le ridiculiza (especialmente cuando se muestra crítico frente a las estructuras de poder establecidas y ejercidas por adultos), y se le excluye de reuniones de carácter religioso, cultural o comunitario, precisamente por el difundido prejuicio de que “no sabe comportarse”.

El adolescente necesita recibir, especialmente de sus padres y de sus otras figuras de autoridad, las debidas felicitaciones cuando hace las cosas bien. A veces los adultos tienden a olvidarse de esto. Están muy prestos a impulsar y felicitar al niño, aplaudiéndole sus logros… pero con el adolescente se restringen afectivamente, se vuelven demasiado parcos, mezquinos en encomios y/o palabras de ánimo. Tanto a nivel familiar como en el ámbito académico, dejan de elogiarlo y estimularlo. La triste contrapartida es que sí están listos a criticarlo, señalarle sus defectos y regañarlo. Como si de alguna manera asumieran que no pueden validar y acompañar al adolescente, sino fungir como objetos perseguidores.

b. Ser respetado en su identidad y sus orientaciones. Como día a día va cohesionando su self, va avanzando en su proceso de individuación y va definiendo su forma de ser en el mundo, el adolescente es ante todo alguien que está aclarando (aclarándose a sí mismo, y aclarándole al mundo) quién es. En este orden de ideas, poco ayudan los que se mofan de sus intentos de independencia, o los que miran con sorna o desprecio la forma en la que escoge ciertos referentes, ciertas figuras de identificación y ciertas creencias que le están dando justamente el terreno para definirse.

El adolescente es un buscador. Y para edificar su psiquismo, toma aquellas herramientas que el mundo le ofrece. Muchas veces cae en el juego de la cultura hegemónica de la época en la que vive, e incurre en la paradoja de volverse una persona muy poco original pretendiendo alcanzar la originalidad (por ejemplo, cuando se deja atrapar y queda inmerso en la superficialidad y la banalidad propias de la cultura light de la neoposmodernidad que estamos viviendo). Pero, también en muchas ocasiones, el adolescente consigue una identidad y una autonomía propias, y llega a ser único y diferente. Y lo triste es que es ahí cuando con más virulencia sus mayores lo atacan sin misericordia.

c. Sentirse amado. El adolescente, tanto como el niño, el adulto o el anciano, necesita amar y sentir el amor del prójimo. En la adolescencia todas las pulsiones, y de manera especial las que están al servicio de la vida, se hacen sentir poderosamente. El Eros busca expresión y gratificación, y dirige la conducta de forma notable.

Lo curioso es que muchos adultos, influenciados por concepciones erróneas acerca de la adolescencia, la crianza y la educación, hacen todo lo contrario: se distancian afectivamente del adolescente, dejan de lado la ternura y el cariño, se hacen fríos o tiránicos. Por la difundida (y claramente falsa) idea de que la dulzura y las manifestaciones de amor “ablandan” o “tuercen” al adolescente, muchos padres se niegan a sí mismos el placer de manifestar el cariño a ese hijo o a ese familiar que tanto aman. Y, de paso, le producen un daño inmenso.

También, por pura ignorancia, muchos adultos insensatos le dan al adolescente el mensaje (erróneo a todas luces) de que sólo se es en la medida en que se le niegue el ser al prójimo, y que la identidad se hace de forma egoísta y en solitario, compitiendo como una fiera agresiva e ignorando las necesidades del resto de los seres humanos. Con ello, sólo crean trastornados muy poco aptos para la vida en sociedad, egoístas y caóticos, muy proclives a las patologías de la personalidad. 


¿Qué es un adolescente?


El adolescente es una persona que se organiza progresivamente. No desde la carencia, ni desde la ineptitud, sino desde la potencialidad.

Me explico: el adolescente no es un aprendiz de persona humana, es una persona con todas las partes listas para ser ensambladas. Los recursos ya están ahí. Deben ser puestos en marcha.

Usando un concepto aristotélico, puede afirmarse que el adolescente es un ser en potencia. En consecuencia, la psicoterapia debe ser catalizadora, movilizadora, para que dicho ser en potencia se estructure.

El adolescente tiene el sustrato. Requiere, tanto en la psicoterapia como en la vida cotidiana (especialmente en la relación con los individuos que son para él unas figuras significativas, como son los profesores, los padres, los amigos y los héroes personales), encontrar verdaderos catalizadores de esa obra que está forjando: su personalidad, su identidad, su vocación, su sentido de vida.

El adolescente merece una buena psicoterapia, no sólo como un camino creativo y expresivo para quitarse de encima temores y vivencias desagradables, sino también como oportunidad para aclarar dudas relacionadas consigo mismo y el mundo en el que vive, y, sobretodo, para encontrar una sólida cimentación de su existencia. 


Objetivos terapéuticos


Las metas de la psicoterapia formativa (sentido de vida, plenitud existencial, reflexión filosófica, redefinición de sí mismo y del entorno, potenciación de aspectos espirituales y trascendentes, formación, integración armónica, cohesión del self, praxis, aprendizaje, adquisición de nuevos significados y nuevas estrategias de afrontamiento) deben aterrizarse a la especialísima condición del adolescente, situación que requiere de parte del terapeuta prudencia, paciencia y respeto infinitos.

La psicoterapia con el adolescente no puede convertirse en una lucha estéril. Por eso hay que evitar los enfoques demasiado dados a la confrontación y al debate. Tampoco puede ser una mera catarsis, o un simple ejercicio de asociación libre: se trata de una persona que requiere un direccionamiento y unos parámetros claros de qué es lo bueno, lo bello y lo deseable, y qué no. La consejería, la clarificación y el señalamiento, maniobrados con tacto y prudencia, son tan importantes como la interpretación. 

Ahora bien, el terapeuta debe evitar la tentación de hacer de la consejería un ejercicio de adoctrinamiento del adolescente. Respetando la libertad y el criterio del paciente, sólo tiene que mostrarle con sutileza qué es lo adecuado y qué es lo inadecuado, qué es lo sensato y qué es lo insensato a la hora de vivir. 

El adolescente está buscando un sentido a su existencia. Es una realidad en estructuración, un ser que se afirma y consolida en la medida en que se descubre. Por eso la psicoterapia debe darle las herramientas para hacer de su vida una vida interesante, fecunda y genuina, con total claridad con respecto a lo que es bueno y es ético hacer y asumir.

La familia nuclear puede estar presente durante la primera sesión. Esto por un lado disminuye la ansiedad derivada de muchos temores (del paciente y de los propios familiares) relacionados con el desconocimiento de la terapia, y por el otro posibilita tener una variedad de miradas con respecto a la situación del paciente y del sistema familiar. Varios autores de corrientes psicoanalíticas creen que esto es incorrecto porque supuestamente “contamina” o “sesga” al tratante. Lo que yo he visto es todo lo contrario: al entablar también un buen vínculo con la familia, el terapeuta tiene ya otros campos para actuar (y es evidente que la mejoría del sistema familiar se traduce en una mejoría del paciente, y que la mejoría del paciente se traduce en una mejoría del sistema familiar); otro aspecto positivo es que se involucra a los allegados y se les convierte en una verdadera red de apoyo para el adolescente. El sesgo, en vez de aumentar, disminuye, pues no se limita el proceso a una sola versión de los hechos, sino que engloba múltiples aspectos a tratar.

En la medida que transcurre la psicoterapia formativa, el terapeuta puede volver a citar a los familiares cuando las circunstancias le indiquen que es conveniente hacerlo: situaciones de matoneo escolar, conflictos con algún profesor, dificultades en el rendimiento académico o acoso en el ámbito educativo, entre otros. También cuando la familia requiera de una intervención (que deberá ser breve, pero eficaz), o cuando los padres soliciten un encuentro. 

Con respecto a la última situación, el adolescente y su familia deberán tener en cuenta, siempre, que él es el paciente y el protagonista de la psicoterapia. Su confianza en su doctor no puede verse boicoteada por la vivencia de que hay “canales alternos de comunicación”. Por eso es clave que los padres entiendan su rol (de apoyadores y acompañantes) y no traten de reunirse en privado o contactar de forma secreta al tratante. Lo que deseen saber, o lo que deseen decir, debe ser trabajado en compañía del adolescente, que es la piedra angular del proceso. 

Aún cuando existan “secretos familiares” (que las propias familias consideran más feos de lo que realmente son), es necesario recordar que dichos “secretos” enferman, perturban al sistema, y entorpecen el desarrollo de una personalidad sana en el paciente. Todo debe ser sacado a la luz, para ser minuciosamente trabajado, introyectado, asimilado, metabolizado, elaborado y aprendido apropiadamente. Eso sí, el terapeuta tiene que proceder con cautela y profesionalismo. Si eventualmente fueran necesarios varios encuentros para lograrlo, deberá concertarse con la familia que asista con el paciente cada tres o cuatro sesiones. De este modo, no se interrumpe la continuidad de lo trabajado con el paciente, y se evita darle la idea de que el “secreto familiar” o la ansiedad de sus padres priman sobre su proceso.   

Como siempre, son muy importantes la empatía, la transparencia, la franqueza y el respeto por el paciente. Nada de mentiras, ni de actitudes fingidas, ni de acartonamientos, ni de impostaciones. También debe evitarse exagerar con el “buen humor”: el adolescente no necesita un bufón que lo haga reír, sino un experto que lo estimule en su camino de crecimiento personal.

Es tremendamente útil el empoderamiento del paciente, que debe ir de la mano con la diferenciación, la individuación y la concreción de una identidad bien forjada, armónica y ecualizada. 

Cuanto mejor sepa el adolescente quién es, qué talentos tiene y qué desea en la vida, mayores serán sus posibilidades de plenitud existencial. Asimismo, tendrá mayores oportunidades para escapar de los peligros que el entorno le presente (conductas de riesgo, acoso, abuso y otras formas de maltrato, explotación laboral, vanidad, superficialidad, competitividad malsana, consumo de estupefacientes, discriminación, exclusión, frialdad afectiva, etcétera).

También he visto que la cimentación de la autoestima y el entrenamiento en habilidades sociales ayudan a prevenir muchas situaciones desfavorables para el adolescente. Para ello, el psicoterapeuta no debe quedarse con un solo modelo conceptual (ni siquiera basta con el de la psicoterapia formativa), sino que debe integrar con lucidez distintas perspectivas: por ejemplo, a la par que se busca una redefinición y una transformación de la personalidad pueden buscarse el ensanchamiento del Yo, el reprocesamiento a través de EMDR de algunas situaciones vivenciadas como traumáticas por el paciente, y la desensibilización progresiva en los escenarios que detonen su angustia. 

La psicoterapia con el adolescente también incluye la promoción de conductas y hábitos de vida saludables, así como la detección temprana de factores de riesgo. Bien hace el psiquiatra que recuerda lo que aprendió en el pregrado de Medicina. Gracias a eso puede brindar al adolescente una atención completa, dentro de esa integralidad a la que está llamado todo especialista. 

El adolescente debe adquirir dos cualidades básicas de las personas mentalmente sanas: tolerancia a la frustración y capacidad de espera. Con ellas, soportará las distintas dificultades de la vida con pericia, eficiencia y optimismo: las afrontará con madurez, sin caer en terrenos escabrosos como la adicción o la ideación suicida.


Encuadre con el paciente adolescente


El adolescente necesita de un encuadre firme, más no asfixiante. Precisamente porque el adolescente añora límites, ideales y normas claros, la psicoterapia debe ofrecerle la belleza de algo bien estructurado. 

No puede haber lugar para el desorden, ni para la pérdida de límites, porque el sí mismo del paciente exige justamente un equilibrio tranquilizador, un orden reconfortante. En medio de su vivencia de cambio, el adolescente agradece mucho que algo sea estable, predecible y duradero.

Sé que en esta época tan desordenada la firmeza en el encuadre es mal vista por muchos, y hasta criticada. Pero insisto en que es sumamente benéfica en la psicoterapia con el adolescente: tal como el juego en el niño, puede erigirse en una situación organizadora del self, y en un espacio transicional valioso, en el que el adolescente entra para encontrar un equilibrio que no suele ofrecerle su entorno.

El tiempo de cada sesión no puede ser tan prolongado. A lo largo de mi carrera me he ido percatando que una sesión de una hora puede ser a veces insuficiente, pero una sesión de dos horas también llega a agotar al adolescente. Un tiempo prudencial de hora y media permite alcanzar los objetivos de cada sesión, y al mismo tiempo conservar el dinamismo y la frescura que el adolescente exige.

El diván puede ser bastante útil, así el adolescente por lo general se resista a usarlo al inicio. Tal resistencia debe ser respetuosamente comprendida. El terapeuta debe entender ciertas fantasías inconscientes (de dominación, de sometimiento, de acceso sexual, de agresión) que son verdaderos temores en muchos adolescentes. Tampoco puede asumir un rol que los familiares del adolescente por lo general escenifican, y caer en el error de enfadarse y obligarlo. Eso sería una torpeza. He visto que el paciente termina por aceptar la sugerencia de acostarse en el diván al cabo de dos o tres sesiones, cuando ya ha podido vislumbrar en el psicoterapeuta una figura adulta digna de confianza.

Mientras se llega al punto anterior, el diálogo cara a cara o con las sillas dispuestas en forma de L es el primer paso. Como el adolescente a veces puede sentirse intimidado o escrutado por la mirada del terapeuta, darle momentos de “descanso” (mirando a otra parte, durante unos segundos) es usualmente útil.

Algunos adolescentes (especialmente los que han tenido experiencias de abuso o maltrato) pueden sentirse francamente intimidados con la situación terapéutica: a ellos les viene bien permitirles, cada cierto tiempo, expresarse en el silencio, en el dibujo, en el juego, en la música, en la creación literaria. Eso sí, no debe cometerse el error de dejar prolongar el silencio más allá de uno o dos minutos, porque este tipo de adolescentes también tiende a vivirlo como agresivo u opresivo. 

Con respecto al secreto profesional, hay que advertirle al adolescente, desde la primera sesión, que se romperá en el caso en que su integridad personal (o la de un tercero) se encuentre en peligro: ideas de muerte o suicidio estructuradas, consumo de psicotóxicos o fantasías de homicidio estructuradas. El adolescente también debe saber que en los dos primeros escenarios sólo se enterarán sus padres o acudientes, y en el tercero, además, la persona que corre peligro y las autoridades pertinentes (para que se pueda prevenir a tiempo un desenlace funesto).  


Recomendaciones finales


El buen psicoterapeuta debe desempeñar con prudencia su trabajo, siendo discreto y respetuoso, a toda hora, con la información que el adolescente tiene la gentileza de compartirle. El apoyo y el direccionamiento deben ser tan sutiles que el adolescente sienta que su espontaneidad y su libertad son preservadas. Y debe tener una vida espiritual lo suficientemente fuerte como para poder lidiar con los sujetos que tratan de violar la confidencialidad de la historia del paciente (sobretodo cuando ese adolescente se ha convertido en una persona de cierta notoriedad), con la las mezquindades de algunos colegas (que creen que sólo ellos saben tratar este tipo de pacientes), y con las dinámicas patológicas de algunas familias e instituciones educativas.


David Alberto Campos Vargas (Colombia, 1982) 

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